Entre cine y virus

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Querido Teo:

Billy Wilder y Alejandro Amenábar captaron la fuerza incongruente de los corazones vacíos de las metrópolis para “El apartamento” y “Abre los ojos”. “Contagio”, en 2011, significó la aproximación más realista y rigurosa de una situación de alarma por pandemia. El esfuerzo de realismo llegó hasta la colaboración de un conocido virólogo americano, que diseñó un virus preciso, desde su origen hasta su comportamiento y mutaciones. “Estallido”, la propuesta anterior, de 1995, se vio más, pero es un despropósito científico digno de los Marx. La serie documental de Netflix, “Pandemia”, ofrece una buena idea de la lucha de la humanidad contra un enemigo que ayudó a construirnos, que abunda en el cine, y que puede que ni siquiera esté vivo.

Virus era la palabra latina para veneno, cuando cualquier ciudadano del imperio romano estaba a casi 2.000 años de imaginar que existía algo tan minúsculo, sobre el que hoy los científicos no están de acuerdo en considerarlo vivo. Tras charlar con el microbiólogo Manuel Sánchez Angulo, profesor de la Universidad Miguel Hernández y divulgador veterano, tampoco yo lo tengo claro, pero sé que no se trata de veneno, o al menos no sólo eso, ya que, dice Manuel, que en estos momentos hay un virus trabajando para intentar terminar con las células enfermas de los pacientes de cáncer.

Los virus están en el paso anterior al nacimiento de la primera célula en el planeta. Una parte de todo lo que existe fue virus, pero ellos no tienen ningún soporte vital. Carecen de metabolismo y son una bolsa de material genético que se fija a otros organismos más complejos. Penetran en las células, secuestran su mecanismo metabólico y lo usan para replicarse. ¿Por qué no es posible entorpecer el metabolismo de los virus, como se hace con las bacterias? La respuesta es evidente. Destruir su metabolismo es destruir el de la célula que lo soporta.

Manuel Hernández habla de algún virus tan alarmante para el sistema inmune que, al detectarlo, y en su intento de arrasarlo, nuestros propios anticuerpos nos matan destruyendo muchas otras células. Extraigo de Isaac Asimov la mejor imagen que he leído sobre el funcionamiento de un virus: “…tiene la forma de un diminuto renacuajo, con una cabeza roma y una cola. Lo primero que hace es apoderarse de la superficie de una bacteria con su cola. La cola y la superficie de la bacteria se adaptan en forma tan perfecta que se unen algo así como con el clic de un perfecto engranaje. Una vez que el virus se ha adherido a su víctima, con la punta de su cola practica un diminuto orificio en la pared de la célula. Por lo que puede distinguirse con el microscopio electrónico, no parece suceder nada más. El virus, o al menos su caparazón visible, permanece adherido a la parte exterior de la bacteria. Dentro de la célula bacterial tampoco existe actividad visible. Pero, al cabo de veinte minutos, la célula se abre derramando hasta 300 virus completamente desarrollados”.

Entre nosotros y cualquier otro mamífero, sea elefante o murciélago, solo hay un 10% de ADN diferente. En esos cambios que nos diferencian han participado los virus. Les debemos la vida… y matarnos más que todas las guerras de la Historia.

Carlos López-Tapia

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