In Memoriam: Charles Aznavour, el embajador de la chanson francesa

In Memoriam: Charles Aznavour, el embajador de la chanson francesa

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Querido Teo:

A los 94 años ha fallecido toda una leyenda de la canción francesa como Charles Aznavour. Un icono de la elegancia, el fraseo y la sensibilidad que llenaba los escenarios y cada actuación a pesar de su enjuta figura, calvicie y mirada perdidamente reconcentrada. Activo hasta el final, acababa de venir de una gira por Asia, vendió más de 200 millones de discos, se casó tres veces y siempre lució con orgullo su origen armenio. Aunque siempre se le recordará por su labor de “embajador de la chanson” entre los que destacan 10 temas inolvidables no hay que olvidar que alternó su carrera musical con la cinematográfica, demasiado exigua para su gusto pero notable al fin y al cabo.

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Aznavour comenzó escribiendo canciones para estrellas como Edith Piaf, Juliette Gréco, o Eddie Constantine, en unos tiempos en el que el oscurantismo amenazaban con no hacerlo salir del anonimato hasta que en 1953 triunfó en el teatro Olympia con el tema Sur ma vie.

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Entre sus trabajos más destacados sin duda sobresale el de “Tirad sobre el pianista” (1960) de François Truffaut donde interpreta a Charlie Kohler, antiguamente un gran concertista de piano, que pasa a trabajar como pianista en un popular cabaret. Charlie se las ha arreglado para ocultar a todos y mantener en secreto su misterioso pasado, hasta que uno de sus hermanos aparece para pedirle ayuda. Fue su mayor protagonista y a partir de ahí se especializó en papeles secundarios en una filmografía en la que también destacan “La cabeza contra la pared” (1959) de Georges Franju, “Un taxi para Tobruk” (1961) de Denys de La Patellière, “La prueba de valor” (1970) de Michael Winner, “Diez negritos” (1974) de Peter Collinson, convertido en el propietario de la tienda de juguetes de “El tambor de hojalata” (1979) de Volker Schlöndorff, recuperando sus orígenes armenios en “Los fantasmas del sombrerero” (1980) de Claude Chabrol, o como el director de orquesta que regresa a Italia tras diez años de ausencia en “Il maestro” (1990) de Marion Hänsel.

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Una de sus últimas apariciones fue en “Ararat” (2002) de Atom Egoyan en la que nadie mejor que él podía representar el símbolo histórico que era narrar una cinta ambientada en el conflicto de Armenia y Turquía a través de la historia contemporánea de dos familias separadas y su búsqueda de la reconciliación y la verdad. Él como un director de cine que viaja a Toronto para rodar una película sobre el olvidado genocidio armenio. Todo un icono, gigante en el escenario, con más de siete décadas de carrera y con una personalidad que le hacía ser, definido por él mismo, política y poéticamente incorrecto.

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Nacho Gonzalo

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