"La excavación", clasicismo melancólico en defensa de la preservación del arte

"La excavación", clasicismo melancólico en defensa de la preservación del arte

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Querido Teo:

Si ya habitualmente las películas de Netflix llegan con poca promoción si encima no tienen intenciones de premios casi se convierten en un estreno anecdótico que no irá más allá de su primer fin de semana. Ese ha sido el caso de "La excavación", un drama con ese estilo británico tan característico que se adentra en el hallazgo arqueológico más importante de la Historia de Inglaterra, el llamado tesoro de Sutton Hoo. Una historia ambientada en los albores de la II Guerra Mundial en la que hay amor y querencia por la preservación cultural en una cinta rodada con solvencia pero que no llama mucho la atención en su conjunto.

La cinta nos presenta a Edith Pretty, viuda de un coronel y que con su hijo pequeño vive en el sureste de Inglaterra en una casa cercana a unos terrenos en Sutton Hoo, Suffolk, los cual compró ésta junto a su marido poco antes de que él muriera, apasionados ambos como eran a la arqueología y a la cultura de los egipcios y las pirámides.

En 1938 Edith contrató los servicios de Basil Brown, un excavador autodidáctica que sustituye con pasión, saber y maña el carecer de formación académica, con el fin de averiguar que hay debajo de esos enormes túmulos de tierra que campan en la propiedad. Lo que descubren meses después, ya en 1939, supera todas sus expectativas, un barco funerario anglosajón del siglo VII previo a la cultura vikinga. El hallazgo llamará la atención no sólo de los alrededores y de oportunistas varios sino del mismísimo Museo Británico que intentará hacerse con lo que allí se descubra.

“La excavación” se basa en hechos reales adaptando la novela de John Preston de 2007 respirando academicismo y melancolía ya que es ese propósito hacia lo desconocido el que introduce en una burbuja a todos los que poco a poco acaban relacionados con la misión. La guerra estaba cerca e Inglaterra se encontraba a punto de tomar partido ante el avance de los nazis pero, frente a la incertidumbre del futuro, los tesoros que hay debajo de esa tierra llevan a cierta evasión obsesiva contagiados del empeño de Edith (Carey Mulligan), la perseverancia de Basil (Ralph Fiennes) o la energía contagiosa del pequeño Robert, el hijo de Edith, un chico de espíritu aventurero pero también necesitado de afecto ante la falta de su padre.

“La excavación” se adentra en el intimismo de los personajes, más conectados por lo que tienen en común que por lo puramente pasional, utilizándose el recurso instrospectivo de escuchar algunas conversaciones entre ellos en voz en off a través de sus miradas y silencios lo que, junto a su fotografía apoyada en el entorno natural y a cargo de Mike Eley, nos recuerda al cine de Terrence Malick. Aunque en la película se intente jugar al principio con una cierta atracción romántica entre Edith y Basil, que en realidad no ocurrió, ésta no es más que fruto de una conexión de comprensión y cercanía que establecen en ese momento, casi como dos almas a contracorriente en un momento en el que los demás están más preocupados por el futuro enfrentamiento bélico. Un propósito que les llevará a ser conscientes que si dentro de 1.000 años cada uno de nosotros no será más que polvo y tierra, son los vestigios del pasado los que nos ayudarán a conocer de dónde venimos para saber a dónde vamos.

El músculo emocional de la cinta coge forma gracias a la sencillez y sobriedad con la que está narrada la colaboración y personalidad de estas dos personas. Edith es una joven viuda que quiere seguir el legado de su marido y que también es una madre devota que desea aprovechar cada momento que pueda tener con su hijo, un soñador e inocente chico deseoso de descubrir nuevos mundos. Por otro lado, un Basil metódico y ensimismado que no duda en pasar el tiempo que sea necesario separado de su resignada mujer si es por un bien mayor, como es el intentar dar algo de luz en una sociedad demasiado anclada en el materialismo del presente y que es incapaz de apreciar y hacer justicia con lo que les dejaron las comunidades de personas que precedieron. Una asociación intelectual en pro de la visibilidad del arte y de una Historia angosta de la que el revuelto siglo XX en el que viven los protagonistas es sólo una minúscula parte en comparación a pesar de todo lo que estaba por venir.

“La excavación” adopta un tono elegante y simbólico, utilizando mucho la amplitud de unos paisajes a los que saca todo el partido, tanto en sus días soleados como en sus noches lluviosas, explayándose en los trayectos en bicicleta de Basil, o en los paseos y caminatas de cada uno de los personajes. Todo con el drama de la pérdida sobrevolando, ante la evidente enfermedad que sufre Edith, y un futuro neblinoso en el que no se sabe que papel jugará cada uno. Tal es el caso del primo de Edith, Rory Lomax (Johnny Flynn), el cuál llega a las tierras con el fin de ayudar a Basil antes de ser enviado a filas para después ser testigo de esas jornadas y reivindicar, a través de sus fotografías, de las personas que realmente han estado involucradas en el descubrimiento. Un revulsivo frente la deshumanización de los que escriben la Historia y pretenden llevarse el mérito borrando de la narrativa a quiénes de verdad lo merecen.

Cuando la cinta cojea más es cuando se aleja de todo lo relacionado con ese descubrimiento, y en la relación de complicidad profesional entre Edith y Basil, para introducir una subtrama romántica entre el primo Rory y Peggy Preston (Lily James), la mujer de uno de los arqueólogos, Stuart Piggott (Ben Chaplin), que llegan para participar en los trabajos de descubrimiento y que forman un matrimonio de conveniencia profesional y falto de deseo romántico. Eso supone las licencias más forzadas de la historia ya que, en la realidad, ambos estuvieron casados de 1936 a 1954 para después volver a estar juntos. Un intento de voltear pasionalmente a una historia que no lo necesita ya que el interés de la misma radica en la contribución de unas personas que sentían que habían sido elegidas para dar algo de luz sobre el desconocimiento de una época que merecía emerger a la superficie.

Aunque la historia se quede corta de mecha su estilo simbólicamente reposado, apoyado por la fotografía y música, hace que la cinta encuentre su tono en el que más que épica hay aprecio por la cultura, no sólo por la que genera la Historia sino también por la del esfuerzo que lleva a que uno se haga a sí mismo, basándose en la capacidad de unos y otros a base de talento, conocimiento y esfuerzo sobre el terreno, independientemente de los títulos universitarios que se posean. Un film correcto, calmado y que destila fragilidad en sus personajes para envolver de melancolía conmovedora un conjunto que nos lleva a otros mundos en el que las preocupaciones eran otras, más terrenales, auténticas y a largo plazo, que la banales, frívolas y cortoplacistas de hoy en día.

El tesoro de Sutton Hoo sería donado por Edith al Museo Británico para que fuera disfrutado por el mayor número de gente posible. Considerado por los expertos como el lugar de enterramiento del rey Rædwald de Anglia Oriental, tuvo que ser protegido de los ataques aéreos de los nazis durante la II Guerra Mundial resguardándose junto a otras obras artísticas en el metro de Londres. En la actualidad puede disfrutarse en la sala 41 del citado museo con una placa que a día de hoy sí que hace justicia y pone el valor la intuición y generosidad de Edith Pretty y la abnegada dedicación de Basil Brown, responsables junto al destino y su convencimiento de uno de los grandes hallazgos históricos del siglo XX.

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Nacho Gonzalo

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