“Las uvas de la ira”, la dignidad frente a la crisis

“Las uvas de la ira”, la dignidad frente a la crisis

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Querido Teo:

Son tiempos difíciles sin necesidad de pandemias de virus y en cierta manera se cumple eso de que la Historia es cíclica y quizás por ello textos como “Las uvas de la ira” suenan más actuales que nunca a pesar de que la película cumpla ya 80 años. La novela de John Steinbeck, fue una obra transgresora y polémica en su momento, pero su calidad ya era innegable recibiendo el Premio Pulitzer y ante el hecho de adentrarse en la Depresión Económica de inicios de la década de los 30 justo después del crack del 29. Una época que a principios de los 40 Estados Unidos quería dejar atrás a pesar de estar a las puertas de la II Guerra Mundial.

La historia narra el proceso por el cual los pequeños productores agrícolas son expulsados de sus tierras por cambios en las condiciones de explotación de las mismas y son obligados a emigrar a California donde el tipo de agricultura necesitaba de mayor mano de obra durante la época de cosecha siendo el recorrido de la familia Joad en su éxodo desde Oklahoma hacia California en busca de mejores condiciones de vida. Steinbeck exalta los valores de la justicia y la dignidad humana en una Norteamérica que vive una etapa de profunda injusticia económica y política escribiendo la novela como denuncia al sentirse “entristecido e indignado” por las condiciones de las víctimas de la Gran Depresión y, más concretamente, de los refugiados por el Dust Bowl, considerado uno de los peores desastres ecológicos del siglo XX en el que la sequía afectó a las llanuras y praderas que se extendían desde el golfo de México hasta Canadá. Steinbeck tenía claro su finalidad con esta esta historia: «Quiero colocarles la etiqueta de la vergüenza a los codiciosos cabrones que han causado esto».

La narración comienza justo después de la salida de la cárcel de Tom Joad en libertad condicional por el homicidio por el que estuvo preso. En su viaje de retorno a la casa de su infancia un vecino le dice que su familia se ha trasladado a los alrededores de la hacienda de su tío John Joad debido a que los bancos han desalojado a todos los granjeros de sus tierras. Allí, Tom encontrará a su familia cargando con lo que queda de sus posesiones en una camioneta Hudson reconvertida; los cultivos han sido destruidos por el Dust Bowl y como resultado, la familia no ha podido pagar sus préstamos. Con la granja embargada, los Joad se aferran a la esperanza que les proporcionan los folletos distribuidos por todo Sallisaw, que describen el estado de California como una región fructífera en la que se pagan buenos salarios. Los Joad, como tantos otros, en busca de ese futuro deseado y más halagüeño, invierten todo aquello que poseen para poder viajar a este territorio. La salida del estado de Oklahoma supone para Tom la violación de su libertad condicional pero él tiene claro que no puede dejar de estar de lado de su familia en este momento.

“Las uvas de la ira” conecta con la generación actual que ha sufrido la crisis de 2008 y sus consecuencias, y va abocada a otra causada por la pandemia del coronavirus (COVID-19), en una sociedad que sufre los éxodos migratorios y que ve al que llega como un intruso, como un rival para un sistema que no abastece con seguridad laboral y personal a todos los que lo necesitan con una hucha de las pensiones desolada y países endeudados ante los enormes préstamos bancarios que mantienen las hechuras de un sistema resquebrado. Hecho que no ayuda a una solidaridad necesaria en tiempo de crisis en la que el egoismo humano nutre una xenofobia creciente que daña a un extranjero que sólo quiere trabajar y vivir dignamente pero que parece condenado a la miseria congénita dejado a merced por gobiernos, políticos y un sistema económico que sólo respalda a los que ya tienen más de por sí y que, en definitiva, han creado las reglas del juego a su favor.

“En los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas, las uvas de la ira se están llenando y se vuelven pesadas, […] listas para la vendimia” es casi una sentencia para una historia en la que esa rabia se transforma en frustración, esa frustración en odio y ese odio en violencia buscando un darwinismo social y crudo en el que a veces sólo puede quedar uno como refleja de manera desoladora una película en la que incluso una mujer que acaba de perder a su bebé tiene que amamantar con su leche a un hombre hambriento como parábola de camaradería forzada de los condenados a no tener nada.

John Ford demostró con su adaptación de “Las uvas de la ira” que alguien asociado al conservadurismo en otros títulos podía reflejar con hondura la conciencia social del drama humano de una familia obligada al exilio dejando atrás las tierras que han trabajado durante cinco décadas. Los bancos, las compañías aseguradoras, las malas cosechas o las condiciones climatológicas son el núcleo al que se enfrentan y del que se presumen derrotados si no inician el camino aunque ello suponga un recorrido imprevisible y que puede dejar más de una pérdida humana, o de pura conciencia, por el camino.

Miles de familias como los Joad emprenden carretera y manta a bordo de una camioneta que se cae a trozos y cuyo camino incierto toma la dirección de la Ruta 66. El drama humano sobrevuela una cinta nada complaciente que sólo tiene a la familia, la honestidad, la dignidad y solidaridad como salvaguardas frente a un descenso a los abismos terrenal e imparable. Algo que, no obstante, se refleja en pantalla con un lirismo descorazonador pero bello en este canto a la solidaridad cotidiana con realismo social y la potente fotografía de Gregg Toland.

El libro reflejaba las consecuencias de la Gran Depresión, centrándose en una familia de granjeros de Oklahoma, los Joad, que después de ser desalojados de sus tierras realizan un duro viaje hacia California con la esperanza de encontrar trabajo como temporeros en California. Darryl F. Zanuck se hizo con los derechos a pesar de la oposición de los financiadores de la 20th Century Fox, un Estudio bastante conservador, y le encomendó la dirección a John Ford, ya que vio que era idóneo debido a su sensibilidad por la Historia de los Estados Unidos. El protagonista fue Henry Fonda, que está excelente en la piel de Tom Joad, y gracias al empeño del actor se escogió a la actriz Jane Darwell para que encarnase a su madre.

Darwell venía de desarrollar su carrera en el teatro, y debido a su físico en el cine fue considerada una actriz de carácter, pero cuando llegó “Las uvas de la ira” ya había sido relegada a hacer de ama de llaves, de abuela de producciones protagonizadas por Shirley Temple, o de cotilla como pudimos ver en “Lo que el viento se llevó”. La madre de los Joad es una mujer que lo ha perdido todo menos la dignidad y el amor a los suyos, siendo realmente conmovedora la escena en la que, sin pronunciar ni una sola palabra, tiene que quemar lo poco que le queda antes de partir y decide sólo guardarse unos pendientes y una figurita, que le hacen recordar tiempos mejores, así como el diálogo final que mantiene con su marido.

“Las uvas de la ira” es una de las obras maestras de la filmografía de John Ford, es un film sobrecogedor y rotundo que tuvo un gran éxito de crítica y de público. Consiguió 7 candidaturas al Oscar, entre ellas las de mejor película, dirección, actor, actriz de reparto y guión adaptado. Solamente materializó las de dirección y actriz de reparto pero la influencia de la historia tanto en literatura como en cine la han convertido en uno de los mejores reflejos de la vida, la familia y la violencia en tiempos de crisis, tiempos de ira pero también deseo de futuros de esperanza.

Vídeo

Nacho Gonzalo

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Comentarios

Dimitrina Vasileva - 19.03.2020 a las 22:49

es una referencia al titulo de la novela. Ademas, en otro capitulo Nelson Muntz presenta un trabajo llamado “Las uvas de la ira”, un racimo de uva que, momentos despues, machaca con una maza de madera. En la serie

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