Los cabarets de “Cabaret” (II)

Los cabarets de “Cabaret” (II)

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Querido Teo:

El papel de “Cabaret” convirtió a Liza Minnelli en unos pocos meses en un icono de la modernidad ambigua, y su vida en un torbellino profesional acompañado por escándalos, drogas, y noches de fiestas eternas. En esos años Liza cantó en Madrid y en las entrevistas antes del concierto solía decir: “En realidad el alcoholismo es un gen. Si no lo creéis podéis comprobarlo. Yo me hice el test. No ha sido culpa mía haber terminado así. Toda mi familia tenía el gen”. La actriz se transformó en Sally Bowles, una chica que no habla de su madre, no es querida por su padre, y busca el éxito como cantante en la meca del cabaret: Berlín, la ciudad más efervescente de Europa.

En la década de 1930, Berlín dispone de la mayor red de tranvías, es la capital europea del cine, la ciudad en la que se editan más diarios y revistas del mundo. También está a la cabeza de la nueva moda de bailar en público, con alrededor de 900 bandas de baile que tienen trabajo en alguno de los 16.000 cafés, cabarets, hoteles y salones de baile, a disposición de unos 3.000.000 de habitantes.

El alcohol mueve la noche berlinesa, y la única dificultad para conseguir cocaína es disponer del dinero para comprarla porque abunda; la policía no pone particular empeño en parar el tráfico si se guardan ciertas formas. Christopher Isherwood, el periodista y escritor de “Adiós a Berlín”, el libro en el que se basará el musical y la película Cabaret, vive en una calle a pocos metros de El Dorado, y siempre empieza o termina su ruta de locales en él. Si su fantasma entrara un día de rodaje en El Dorado transformado por el equipo de producción de la película, creería que se está quemando algo. El humo lo difumina todo. Al director de fotografía le gusta que las imágenes sean extraordinariamente suaves, difusas, y ha mandado echar montones y montones de humo hasta en el último rincón, para emplear luego las lentes más transparentes del mercado y filtros difusores de niebla. Ambiente cargado para envolver a los personajes de una ciudad que camina hacia un desastre que la convertirá en escombros.

Las calles del Berlín de los años en que se sitúa “Cabaret” eran recorridas por miles de personas dedicadas al espectáculo y a cualquier clase de diversión. Las aceras estaban tan salpicadas de “mujeres de la vida” que resultaba más difícil esquivarlas que encontrarlas. Si una muchacha decidía hacerse prostituta, recibía un documento de la policía y, cumpliendo con la obligación de un examen médico dos veces por semana, tenía el derecho profesional de alquilar su cuerpo al precio que se le antojara. Su oficio parecía reconocido como uno más entre otros, pero si una prostituta vendía su cuerpo, y luego el cliente se negaba a pagarle el precio convenido, ella no podía demandarlo. De golpe su reclamación se convertía en inmoral y no contaba con la protección de las autoridades. A eso se añadían también las numerosas “casas de tolerancia”, los locales nocturnos, los cabarets, los dancings con sus bailarinas y cantantes, los bares con sus animadoras… Se ofrecía mercancía femenina a todas horas y a cualquier precio, y a un hombre le costaba tan poco tiempo y esfuerzo comprar a una mujer para un cuarto de hora, una hora o una noche como un paquete de tabaco o un periódico. Berlín atraía a jóvenes de todos los países. Uno de ellos, llegado desde Viena y al que su madre llamó siempre Bill porque le gustó mucho el espectáculo y el personaje de Buffalo Bill, era el futuro director de cine y guionista Billy Wilder: “Los jóvenes preferíamos naturalmente Berlín porque era la ciudad más vibrante y moderna, en particular en los años que yo viví allí entre 1927 y 1933, los siete grandes años”.

Carlos López-Tapia

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