Recordando clásicos: Melodramas de alto voltaje para el verano

Recordando clásicos: Melodramas de alto voltaje para el verano

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Querido Teo:

Verano, fiel compañero de la niñez y enemigo del trabajo, quizás sea la estación que más sentimientos encontrados genera. Para el cine americano siempre ha significado mecedoras en porches de madera, cerveza, noches eternas y, sobre todo, sentimientos enfebrecidos. Es una verdad universalmente reconocida, sin duda gracias en gran parte al reggaetón, que el verano la sangre altera y que no hay tiempo más propicio para el amor.

Si hay un género que ha sabido mostrar ese ardor estival como ningún otro es el melodrama y concretamente los melodramas sureños, pero antes de adentrarnos en la América profunda conviene saber de lo que estamos hablando. El melodrama es un género cinematográfico difícil de delimitar, surgió con el cine mudo y tuvo su momento de mayor esplendor en los años 40 y 50, se caracteriza por un uso excesivo de la música y por mostrar personajes atormentados que dejan volar sus pasiones en cintas asfixiantes, enfebrecidas y  totalmente desbocadas. A mi me gusta definirlo como un culebrón bien interpretado, sin desmerecer a los actores de telenovelas que tan buenos ratos nos han hecho pasar.

En los años 50 el Código Hays (el equivalente clásico a las redes sociales) estaba muy debilitado, de manera que los censores dejaron pasar cosas que 10 años antes eran impensables y el melodrama aún gozaba de gran popularidad, así que se dio el caldo  de cultivo idóneo para una serie de melodramas de alto voltaje, muchos de ellos ambientados en el evocador sur, en los que las altas temperaturas son un personaje más, y de entre todos ellos hoy os vengo a recomendar tres, que me parecen especialmente adecuados para que os acompañen durante ésta ola de calor.

Empezamos con “El largo y cálido verano” (1958), en ella Paul Newman es un vagabundo con fama de pirómano que llega a un pequeño pueblo revolucionando la vida y las hormonas de los miembros de la familia Varner, dueños y señores de toda la zona. Si bien es cierto que la carga sensual del relato es indudable, para mí lo más llamativo de esta historia siempre han sido las relaciones paterno-filiales y cómo la conducta de los progenitores influye inexorablemente sobre los hijos.

Algunos aspectos de la película han envejecido realmente mal, el personaje de Paul Newman roza continuamente esa fina línea hollywoodiense entre el cortejo/acoso, y algunos personajes femeninos como remedio ante el aburrimiento, las pobres no tenían Tinder ni Netflix, no ven más salida que encontrar un marido.  Pese a ello cuenta con un espléndido plantel de actores, es muy entretenida y la química entre Newman y la que más tarde se convertiría en su esposa, Joanne Woodward, es maravillosa, además no me gusta dejar de recomendar películas por la supuesta mala conducta de sus protagonistas, tengo plena confianza en la inteligencia del espectador y de mis lectores.

La segunda película que os traigo hoy es “Picnic” (1955), se trata de una adaptación de una obra de William Inge que nos muestra a lo largo de un día, las consecuencias de la llegada de William Holden a un pueblecito de la América profunda. Joshua Logan filma una cinta con un marcado carácter teatral, lo que lejos de lastrar la película pone el foco en sus personajes, que sin duda son el alma y mayor valor de la cinta.

Es una historia de personajes insatisfechos, ya sea por las inseguridades adolescentes, la frustración en la madurez o por la falta de rumbo, todos desfilan torturados ante nuestros ojos hasta que sus sentimientos y cuerpos confluyen en el que probablemente sea uno de los bailes más famosos de la historia del cine. Porque si algo destaca en esta película es ese maravilloso baile entre Novak y Holden, donde consuman una tensión sexual que han ido gestando a base de miradas esquivas y roces furtivos. Puede que los pasos hayan quedado anticuados, que Holden sea excesivamente mayor para el papel o que Novak luzca un estilismo algo trasnochado, pero es imposible ver esa escena y no caer rendido ante su poder de fascinación.

Por último traigo “Un tranvía llamado deseo” (1951), una de mis películas favoritas y para mí una de las mejores, sino la mejor, adaptación de Tennessee Williams. Elia Kazan logra romper la teatralidad del texto original, insuflándole vida propia y dotando a la historia de un completo carácter cinematográfico, evitando el encasillamiento que lastra otras adaptaciones. Si las anteriores cintas giraban en torno a la familia o las frustraciones, aquí el protagonista es el deseo, un deseo descarnado y hambriento que arrastra a todos los personajes. Blanche es una sureña de buena familia que, tras perder la plantación de su familia, debe refugiarse en la casa de su hermana Stella, pero ésta está casada con Stanley, un hombre violento y dominante que no la quiere en sus dominios.

A pesar de que todo el reparto está maravilloso, realmente la película pertenece a Marlon Brando y a Vivien Leigh, el primero logra que entendamos el increíble magnetismo que tiene Stanley en la gente, sin su porte, sexualidad, sin su dominio completo de la pantalla no se entendería el control absoluto que posee Stanley de su pequeño mundo. Si nosotros como espectadores no podemos evitar caer rendidos, ante su increíble magnetismo animal, cómo van a poder plantarle cara las pobres almas torturadas de la película.

Pese a todo ello, para mí la reina y señora de la función es Vivien Leigh, su Blanche es uno de los personajes más trágicos jamás escritos, huérfana de un mundo que ya no existe, vaga al borde de la locura buscando consuelo en los lugares más desafortunados. Sin fuerzas y sin apoyo de sus allegados poco puede hacer éste animal herido ante la brutalidad de Stanley, de manera que al final no le queda más remedio que resignarse y ponerse en manos de extraños. Y quién no ha sido Blanche en algún momento, quién no ha necesitado refugiarse en un roce, una caricia, una palabra de otro ser, el auténtico poder de fascinación de éste personajes reside en que todos en algún momento hemos sentido su misma soledad, su misma necesidad de sentir la vida, aunque fuera en brazos extraños y dependido de la amabilidad de un desconocido.

Mrs. Nuir

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