San Sebastián 2016: Pablo Larraín con Neruda, Alberto Rodríguez con Paesa, la venganza de Baltasar Kormákur y la soprano Meryl Streep

San Sebastián 2016: Pablo Larraín con Neruda, Alberto Rodríguez con Paesa, la venganza de Baltasar Kormákur y la soprano Meryl Streep

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Querido Teo:

El Festival de San Sebastián 2016 ha comenzado pasado por agua (ni punto de comparación con el veranillo climatológico de las dos últimas ediciones) pero manteniendo intactas las ilusiones de cine y vivencias en una edición que pone fin en cierta manera a la temporada festivalera siendo entre la rampa de lanzamiento de algunos títulos a los que se augura desde aquí un gran recorrido (sobre todo en lo referente al cine español) y otros que han terminado desembocando en las rías donostiarras tras pasar con éxito por los certámenes más prestigiosos. Podemos decir que ya nos hemos enganchado a la vida festivalera tras habernos perdido la inauguración “La doctora de Brest” (un año más una película de apertura que ha sido acusada de formulaica), el no poder repetir “Toni Erdmann” (esa relación padre e hija tan convencional como genuina, bizarra, divertida  y tierna), o “La tortuga roja” (digna pero sin apasionamientos cuando la vimos en Cannes) o quedarse a las puertas de “A quiet passion” (la nueva joyita pasional de Terence Davies tras fascinarnos “Sunset song” hace un año) o sacrificar la nueva “Los siete magníficos” (ya hablaremos de ella cuando se estrene la próxima semana). Eso sí, hemos redescubierto “Neruda” y disfrutado con la adictiva intriga de “El hombre de las mil caras”, a buen seguro gran candidato a título español de la temporada.

“Neruda” de Pablo Larraín merecía un segundo visionado en San Sebastián tras no apreciarla como se merecía en Cannes ante un accidentado y somnoliento pase por nuestra parte. Pablo Larraín sigue ganando peso como director con una película que desmonta los convencionalismos del biopic apostando por la anécdota histórica jugando con la realidad y ficción en la propia trama de la película, en la fusión entre la vida y la obra del escritor (con los personajes que le conocieron y las mujeres que le amaron de trasfondo) y la figura de un policía fascinado por la influencia de su progenitor (más fantaseado que real) no sabiendo ni él mismo ni su origen, ni sus motivaciones y si en realidad no es más que un personaje secundario dentro de la amplia figura de un artista apasionado por la escritura, sus ideas comunistas y los placeres de la vida. La cinta rebosa originalidad y deconstrucción por parte de un Larraín que no va a lo obvio y que construye una portentosa historia de cine negro sustentada en el juego del ratón y el gato de los dos protagonistas, la rendición a la desbordante personalidad del poeta y senador y en un lirismo lleno de carga dramática que explota en emoción en unos últimos 20 minutos realmente prodigiosos y bellísimos. Son los que acreditan el talento y la maestría de un nombre cada vez con más prestigio internacional y que arriesga saliendo siempre cada vez más y más airoso tras las nada convencionales y complacientes “Fuga” (2006), “Tony Manero” (2008), “Post morten” (2010), “No” (2012) y “El club” (2015). Luis Gnecco inunda de carisma y presencia teatral a Neruda acompañado por el incansable y metódico Óscar Peluchonneau de Gael García Bernal, así como Mercedes Morán como la segunda mujer y compañera del chileno y el habitual Alfredo Castro como el presidente González Videla.

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“El hombre de las mil caras” es el gran título español de la temporada en dura pugna con el thriller “Tarde para la ira”, la potente ópera prima que triunfa ahora en las carteleras. Alberto Rodríguez lo ha vuelto a hacer con una película perfectamente ejecutada y desarrollada con una trama político-histórica fascinante que demuestra el potencial que tienen algunos de los episodios recientes vividos en nuestro país y que todavía no han tenido traslación al cine. Y es que si algo demuestra esta película es que las corruptelas, malversaciones e intereses en nuestra clase política no vienen de ahora y para sustentarlo nos presenta al espía Francisco Paesa, controvertido personaje rescatado esta semana por Vanity Fair en una reveladora entrevista, que se encargó de proteger y después dejar caer como un peso muerto a Luis Roldán, ex director de la Guardia Civil y uno de los prófugos más sonados de la Historia de nuestro país como gran exponente de la corrupción a la que han tendido demasiados a la hora de ocupar un cargo público. El ritmo, la música (Kiko de la Rica), la fotografía (Álex Catalán) y una historia que no decae por un vigoroso montaje y un medido guión que bordea la sátira política aprovechándose de una historia tan rocambolesca como cierta, que se mete de lleno en el detalle y la psicología de los personajes sin aturullar con la información, elevan una cinta con uno de los mejores repartos que veremos este año en una pantalla de cine destacando a un siempre soberbio Eduard Fernández como Paesa y a un sorprendente Carlos Santos como Roldán. No hay que desmerecer el trabajo de Jose Coronado, Marta Etura, Emilio Gutiérrez Caba o Luis Callejo. Aunque el triunfo en los Goya de “La isla mínima” esté reciente, Rodríguez se volvería a merecer otra gran noche de gloria con una película que demuestra como el cine sobre la Historia reciente de nuestro país, tan necesario para comprender el sindiós en el que vivimos actualmente, no tiene porque ser acartonado y superficial como otros ejemplos que mejor no recordar.

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En sección oficial también ha mantenido buen ritmo “The oath” de Baltasar Kormákur que vuelve a su país después de pegársela con su salto al cine de Hollywood con “Everest”. La cinta ha sido comparada con “Prisioneros” de Denis Villeneuve pero en versión más superficial y arquetípica. La historia nos presenta a un cirujano cardiovascular de prestigio que ve como su carrera y su ecosistema familiar se ve amenazado con el nuevo novio que se ha echado su hija, un narcotraficante de drogas de medio pelo chantajista y manipulador que le hará caer primero a ella en ese mundo de adicción y después a su padre cuando acabe enredado en un asunto turbio de drogas por el que se le reclama una determinada cantidad. El protagonista tendrá que sacrificar su irreprochable conducta hasta la fecha con el fin de que todo no se le desmorone su vida llevando a cabo decisiones que nunca se hubiera imaginado. En definitiva, estamos ante la historia de un padre coraje que acaba convertido casi en una mezcla de Dr. Frankenstein (por su tono mesiánico de fijar el límite entre la vida y la muerte) y un torturador propio de un estado dictatorial. Aunque el director vuelva a su esencia y mantenga la intensidad en todo momento, aunque nos parezca improbable que algunos desplazamientos kilómetricos que emprende ante un inhóspito y nevado paisaje islandés (sea en bicicleta o furgoneta supersónica) le permita llevar un doble juego en determinado momento de la trama, da la impresión de que se pasa de frenada en la construcción de personajes y no se preocupa por definirlos, transcurriendo por lo más obvio y esperado aunque, como decimos, la película se vea más que dignamente y sin mirar el reloj.

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Eso es lo que le hubiera gustado a “Orpheline” de Arnaud des Pallières que ha sido el pinchazo de la jornada en la sección oficial. Una película deslavazada y con una compleja estructura que dificulta su comprensión. La historia parte de dos mujeres que se reencuentran (una profesora en un colegio y con deseos de ser madre y la otra recién salida de la cárcel) con un pasado que las une y que las introdujo en una espiral de sexo, soledad y miseria. A lo largo de la cinta conoceremos a cuatro mujeres que terminarán fusionándose en una misma y que viven distintos traumas difíciles de superar. El director se explaya en mostrar los cuerpos femeninos y es que todas las actrices que utiliza (algunas dan vida al mismo personajes en distintas etapas de su vida y otras son derivaciones de las mismas) destacan por su físico en una historia que no se sabe si pretende centrarse en el sometimiento o en la liberación de la mujer a través de personajes con claroscuros marcados por la desestructuración, la falta de amor más allá del objeto o de la mera posesión, y la pérdida de referentes personales y psicológicos. El director se excede en flashbacks y en diversas líneas temporales y segmentos que no hacen más que crear confusión a una historia sin tono y claramente fallida.

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En la sección Perlas hemos rescatado “Little men” de Ira Sachs, uno de sus trabajos más accesibles siguiendo los cánones del cine indie USA de manual tras las valoradas “Keep the lights on” y “El amor es extraño”. Una cinta sobre la pureza de la amistad juvenil frente a las complejidades de los adultos. Todo parte de la mudanza de una familia de Manhattan a Brooklyn tras heredar el piso del abuelo, existiendo en el mismo edificio una pequeña tienda de ropa que también era de su propiedad y regentada por una cincuentona chilena que vive con su hijo. Los chicos de las dos familias (de 13 años) enseguida conectan con una tensión romántica siempre latente y subyacente entre ellos pero que, sobre todo, es la conexión de dos inadaptados con vocaciones artísticas (uno interpretativa y el otro pictórica) en esos años tan imprevisibles de la preadolescencia. Esa relación se verá afectada y condicionada con la disputa por el alquiler del local de la tienda de ropa (Greg Kinnear y Jennifer Ehle frente a Paulina García descubierta por el cine USA tras el éxito de “Gloria”). La cinta destaca por su fina sensibilidad, derivando en un final agrio pero convincente, y por el gran trabajo de los jóvenes actores Theo Taplitz y Michael Barbieri.

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Se completa la jornada en Perlas con “Florence Foster Jenkins” de Stephen Frears, cinta sobre el caso real de la peor soprano de todos los tiempos; o por lo menos la que peor suena en las grabaciones que se conservan. Una mujer enferma de sífilis desde los 18 años pero que en su madurez, y aprovechando de su capital económico y de la perseverancia y devoción con la que trabaja para ella su segundo marido, un discreto monologuista y actor de teatro que vive de ella pero más como un fiel compañero que como un parásito sacacuartos, está decidida a dar un paso más allá de su afición a la ópera y ese no es otro que el llenar los teatros como una gran soprano. Una especie de adaptación en el mundo operístico y real (volvemos a recordar que no deja de ser llamativo que todo lo que cuenta la película sucedió y sus grabaciones y apariciones se convirtieran en un éxito e incluso en una bandera de ánimo para los soldados que combatían en la guerra) de “El traje nuevo del emperador” ante el séquito que no hace más que animarla y a contribuir a cumplir su empeño. A Meryl Streep, que una vez vuelve a demostrar que cantando puede atreverse con todo, no se le debería negar su 20ª nominación por este trabajo al que llena de pasión e ingenuidad en una cinta resultona gracias al oficio de Frears pero que brilla por el trío formado por Meryl Streep con Hugh Grant, su abnegado marido, y Simon Helberg, el pianista que ve amenazado su reputación participando en esta farsa, sin olvidar a la sufrida Rebecca Ferguson y a la divertidísima Nina Arianda. Todos con una vis cómica exquisita.

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Nacho Gonzalo

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