"Tigre blanco", amoralidad para salir del gallinero

"Tigre blanco", amoralidad para salir del gallinero

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Querido Teo:

"Tigre blanco" es una nueva apuesta que ha llegado a Netflix y que acertadamente está siendo comparada con “Slumdog millionaire” (2008) y “Parásitos” (2019) por introducirnos en la lucha de clases y de castas de un joven hindú que en su intento de prosperar acaba abrazando la amoralidad fruto de unos actos que son una huida hacia adelante para evitar seguir por siempre en ese gallinero social al que parece condenado por su condición de sirviente.

Ramin Bahrani, responsable de "A cualquier precio" (2012), "99 homes" (2014) y "Fahrenheit 451" (2018), vuelve a tratar el tema de las profundas diferencias sociales de nuestra tiempo y la dificultad para acceder a buenas oportunidades condicionado por la procedencia de uno.

Balram Halwai se nos presenta en el inicio de la película como un empresario de éxito en la India moderna cuya procedencia pronto se nos desvela que era la de un aldeano en una comunidad rural en la que parecía destinado a criar animales y casarse con alguna joven disponible. La cinta nos presenta ese viaje que le llevará de un extremo a otro aunque eso suponga mucho de suerte pero también de forzar dramáticamente las situaciones que se le presentan a su favor.

La sociedad ha entrenado a Balram para ser una sola cosa, un sirviente, por lo que se vuelve indispensable para sus ricos amos cuando éste se postula para salir de su lugar de origen y presentar sus servicios como chófer al hijo del terrateniente de la zona. Una manera de labrarse un futuro, conseguir dinero (el cuál será reclamado por una familia manejada con mano de hierro tradicional por parte de la abuela) y estabilidad cuando éste viaja a Nueva Delhi junto a su señor y la mujer de éste, una usamericana de orígenes hindúes, debido a los negocios profesionales y chanchullos con las autoridades empresariales y políticas que mantiene la familia para sustentar su posición de poder.

Un joven huérfano que no tiene tiempo de arrepentirse, ni de tener escrúpulos, aunque pasado el tiempo sea consciente de ello, ya que la India se presenta como un país alejado del colorido bailongo de Bollywood mostrando su lado más descarnado y cruel, aquel que te hace ser lo que eres según lo que tienes y que arrastra ese peso generación tras generación casi como una condena en la que para la mayoría sólo queda resignarse. Y es que la parábola de la historia es que ellos no son más que las gallinas de un gallinero que tienen que asumir su rol pudiendo sufrir las consecuencias los demás miembros de la familia si algún miembro de la misma se sale del carril o presenta oposición frente a los ricos.

A pesar de que Balram cuenta con la suerte de que su señor y su mujer representan un nuevo tiempo, más cosmopolitas y abiertos de mente viéndole más como un confidente y amigo que como un siervo, éste tiene que seguir lo que se espera de él viviendo en el aparcamiento, junto a los demás sirvientes, y sufriendo también allí ese sentimiento de desarraigo que le hace no sentirse cómodo ni con unos ni con otros. Nunca podrá ser visto de tú a tú respecto a sus jefes, al no ser que de un volantazo en su destino, pero tampoco quiere resignarse a oler mal, masajear pies y tener como máxima aspiración recibir una cantidad de dinero irrisoria y jugar a las cartas en los descansos junto a los otros criados.

Es cuando esos dos mundos tan extremos empiezan a colindar cuando se desata la traición y la tragedia que hará que todo cambie y que se abran los ojos de Balram dispuesto a ser quién realmente quiere ser por mucho que pertenezca a una casta inferior o se le haya inculcado que lo suyo es servir y agachar la cabeza.

El joven actor Adarsh Gourav está estupendo en la evolución de su personaje, desde su entusiasmo lleno de servilismo hasta el endurecimiento de un carácter envilecido por su entorno y la opresión a la que es sometido, más cuando se acrecienta su decepción fruto del hecho de haber creído que sus amos le apreciaban, le querían y les gustaba estar a su lado pero, a la hora de la verdad, no dudan en utilizarlo como peón en el caso de que haya que mantener un prestigio que amenaza con truncarse tras los hechos ocurridos en una fatídica noche a la salida de una fiesta.

Su Balram descubre, tras algún episodio en el que se siente humillado por sus señores, que el que fuera su maestro de escuela tenía razón y él es ese tigre blanco que fue una vez definido por éste, una rareza que sólo aparece una vez por generación, y no la gallina de turno de una hacinada granja dispuesta a asumir su destino y quedar siempre a merced de hacerse responsable de un crimen que él no ha cometido.

El gran acierto de la novela, y que se mantiene en la traslación a la pantalla, es que no hay blancos ni negros, ni siquiera en la quimérica lucha del joven campesino por ser el amo de su destino a pesar de seguir contando con la complicidad del espectador primero, al ejercer como narrador de la historia, y después con las interesantes preguntas y reflexiones que genera la cinta cuando Balram abraza el lado oscuro en una mezcla de orgullo, resentimiento y venganza.

Un protagonista con matices que se mueve en una fina línea que ante todo sí que señala a un culpable, un escalafón construido por los que más poseen para dejar a su suerte a los que no tienen más que arar tierras, criar animales, comerciar en mercadillos y crear una familia para que así la espiral continúe y la pobreza se herede. Un viaje que garantiza esa reflexión para el espectador que no tendrá fácil posicionarse ante un recorrido de luces y sombras en el que la inocencia se pierde a golpe de realidad.

“Tigre blanco” es la adaptación de un bestseller de Aravind Adiga que supone una coproducción entre Estados Unidos e India que cuenta con Ava DuVernay y con Priyanka Chopra, esta última como productora y actriz dando vida a Madam Pinky, la mujer del amo del protagonista que, al menos, parece tener algo de honestidad propio de ver la vida desde una perspectiva más occidental y alejada de la férrea tradición.

Una visión libre y sin ataduras, propio de tener las espaldas cubiertas económicamente, aunque cada contacto con la cotidianidad de una India aparentemente próspera suponga toda una bofetada para las aspiraciones futuras de una sociedad todavía anclada demasiado en la división y en las miserias fruto de la pobreza.

Un drama bañado de humor negro y sátira social que nos muestra a una India llena de contrastes, pobre y mugrienta por un lado, pero también deseosa de respirar nuevos aires e intentar sacar todo su potencial y jugar en la liga de los grandes con países como Estados Unidos o China. Un lugar marcado también por la corrupción de un sistema que ha hecho promesas de futuro a los suyos pero que, a la postre, siguen desamparados lo que provoca en ellos, en el mejor de los casos, indignación y una enquistada frustración en el peor, llevándoles a bordear la locura y a no plantearse las consecuencias de sus actos si desembocan en una remota posibilidad de abrazar un estatus mayor aunque haya que pagar un algo precio por ello.

Un retrato cruel, que no escatima en mostrar hasta dónde se es capaz de llegar cuando ya no hay nada que perder, y que evidencia como un país sin clase media puede llegar a la perversión más absoluta. La de los poderosos que se sienten cada vez más impunes y la de los pobres que saben que lo de la cultura del esfuerzo no les llevará a nada si quieren ser algo más tanto para ellos como para los suyos.

Es por eso que Balram reprocha a su padre muerto no haberle enseñado a defenderse frente al desdén o los golpes, físicos y metafóricos, recibidos de los de arriba, así como algo tan sencillo como saber lavarse los dientes con un cepillo, hecho que no permitirá que ocurra cuando se hace cargo de un sobrino enviado por los suyos para prosperar junto a él en la capital.

Una cinta que, a pesar de mostrar la realidad sin contemplaciones, oliendo a mugre, especias, pan y barro, no oculta cierto tono de fábula a la hora de mostrar que uno puede cumplir sus sueños aunque de una manera mucho menos edificante y ética de lo que la pantalla ha solido mostrar. Un recorrido irregular en su metraje pero que se sostiene gracias al carisma de su protagonista y a un viaje imprevisible que no sabemos nunca dónde va a tener su siguiente parada, ante una propuesta radical que supone un grito de rabia de a los desfavorecidos que durante décadas y décadas no han hecho más que poner la otra mejilla y que ahora sienten que ya es hora de probar su trozo del pastel.

Una enseñanza a fuerza de golpes de la vida que cuenta con un buen montaje y que sabe entretener con energía vibrante arrojándonos desde una perspectiva cínica y áspera a los bajos fondos de una sociedad dividida y a la consecución de un propósito que se ve con una sonrisa empática pero llena de amargura camuflándose el protagonista, a pesar de sus actos, entre la maraña de un país que sigue su ritmo frente a las inquietudes del día a día y su carácter más deshumanizado cuando un rostro común entre la multitud se camufla dispuesto a dar el zarpazo necesario para no perder su lugar en el mundo.

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Nacho Gonzalo

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