"El Partenón"
El Partenón es uno de esos edificios que el cine ha convertido en un plano mental antes incluso de que sepamos qué estamos viendo. No hace falta que aparezca entero ni que se mencione su nombre: unas columnas dóricas recortadas contra el cielo bastan para situarnos en la Grecia eterna, esa que el cine ha construido a base de péplums, epopeyas históricas y fantasías mitológicas. A menudo ha sido un decorado idealizado, otras una ruina romántica, y muchas veces una recreación imaginaria, pero siempre ha funcionado como símbolo. En la pantalla, el Partenón rara vez es un edificio real: es una idea, una promesa de grandeza, el origen visual de una civilización. Ese uso cinematográfico del monumento explica en parte por qué tendemos a pensar en el Partenón como algo fijo, intocable, congelado en el tiempo, como si fuera un fotograma inmóvil. Sin embargo, su historia es todo lo contrario.
Título: "El Partenón"
Autora: Mary Beard
Editorial: Crítica
En el año 2000, un promotor suizo del mundo del marketing impulsó un concurso mundial para elegir las siete maravillas del mundo moderno, en contraposición a las clásicas, todas desaparecidas excepto la pirámide de Guiza. Egipto se negó a que su pirámide participara en el nuevo concurso, al considerarla por encima de un juego comercial, y los griegos hicieron lo propio con el Partenón. Ambos países entendieron que ciertos monumentos no necesitan premios porque ya han ganado su lugar en la memoria colectiva, en buena parte gracias al cine y a la cultura visual.
Mientras la pirámide ha protagonizado infinidad de libros, documentales y películas, desde los más rigurosos hasta los más extravagantes, el Partenón carecía sorprendentemente de un relato divulgativo que estuviera a la altura de su complejidad histórica. Ese vacío lo ha llenado Mary Beard, una de las grandes clasicistas contemporáneas, cuya forma de contar la Antigüedad tiene mucho de mirada cinematográfica: atención al detalle, sentido del ritmo y gusto por los planos secundarios que revelan lo esencial.
El templo dedicado a la diosa que dio nombre a Atenas, una virgen en un Olimpo repleto de sexo, se convierte en su libro en un escenario cambiante, casi como un gran plató histórico. Desde ahí, Beard nos habla de arte y saqueo, de guerras y poetas, de patrimonio y museos, encadenando épocas como si fueran secuencias de una película larga y accidentada. El Partenón aparece como templo, iglesia, mezquita, ruina, símbolo nacional y atracción turística, demostrando que su historia es una sucesión de montajes y remontajes.
Una de las grandes virtudes de Mary Beard es que escribe como se filma el buen cine clásico: con claridad, sin subrayados innecesarios y confiando en la inteligencia del espectador. Sus libros no necesitan ser recomendados, porque se defienden solos. Lo han hecho ya recorriendo Roma y Pompeya, entrando en un prostíbulo o en un campamento fronterizo, identificando los rostros de los doce césares más poderosos o buscando pequeñas historias humanas en una colección de lápidas. Siempre con la sensación de que detrás del gran decorado histórico hay vidas concretas.
Para una web como "El Cine de LoQueYoTeDiga", "El Partenón" contado por Mary Beard ofrece una lección doble. Por un lado, invita a revisar las imágenes cinematográficas que hemos heredado y a preguntarnos qué parte es historia y cuál es puro artificio. Por otro, recuerda que el mejor cine, como la mejor divulgación, no congela el pasado, sino que lo pone en movimiento. El Partenón, más que un monumento inmóvil, es una película de larga duración, rodada durante más de dos mil años.
Biblioteca sonora con la colaboración de Julia Gil, Miguel López, Ángeles de Benito y Michael Novack
Carlos López-Tapia

(2 votos, media: 4,00 de 5)












