Cine en serie: "El magnate", patada a la socialdemocracia nórdica

Cine en serie: "El magnate", patada a la socialdemocracia nórdica

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Querido Teo:

Hay biografías televisivas que se hacen para tranquilizar conciencias y otras que se proponen justo lo contrario. "El magnate" pertenece a esta segunda estirpe. La serie sueca se adentra en la figura de Jan Stenbeck, con la clara intención de incomodar al espectador mientras le recuerda algo esencial: muchas de las cosas que hoy damos por hechas en nuestra vida cotidiana no llegaron solas ni de manera limpia. Alguien empujó. Y empujó fuerte.

Occidente se mira muy a menudo en los países nórdicos como referente social, modelo de socialdemocracia opuesta al capitalismo codicioso y excluyente. Estado fuerte, monopolizador de servicios esenciales, alimentado con impuestos y orientado a la protección de los más débiles, frente a la filosofía de que cada palo aguante su vela. Por esto "El magnate" resulta interesante. Su influencia en la vida cotidiana de muchos europeos fue real y profunda.

La privatización de las telecomunicaciones rompió el monopolio y alteró hábitos de consumo, discursos públicos y modelos de financiación. La prensa gratuita, con el lanzamiento de Metro, transformó la relación de millones de personas con la información diaria. Y su presión constante para abrir el mercado contribuyó a crear un entorno más competitivo, con efectos directos en precios, acceso y uso de la tecnología. No hablo de abstracciones económicas. Hablo de lo que veríamos, leeríamos y pagaríamos cada día.

En telefonía los países nórdicos están claramente por delante del resto de Europa occidental. Suecia y Finlandia empiezan a desmontar monopolios y a introducir competencia ya a finales de los años ochenta, cuando en Francia, España, Italia o Alemania el monopolio estatal sigue siendo casi absoluto. Dinamarca va muy cerca, y Noruega, aunque no pertenece a la Unión Europea, sigue un modelo similar.

Esta precocidad no es solo jurídica, sino tecnológica. En los países nórdicos hay competencia real antes, inversión privada antes y, muy importante, desarrollo temprano de telefonía móvil. No es casual que de esta región salgan actores industriales clave y que la adopción social de nuevas tecnologías de comunicación sea más rápida que en el sur y el centro de Europa.

La serie reconstruye la trayectoria de Stenbeck desde su etapa inicial en Estados Unidos, al servicio de uno de los grandes bancos de inversiones, hasta su regreso a Suecia para hacerse cargo del grupo industrial familiar. A partir de ahí, el relato avanza por décadas de transformación económica, mediática y tecnológica en un país acostumbrado a los monopolios estatales, a las normas estrictas y a una cierta idea de consenso. Stenbeck no encajaba bien en ese paisaje. Ni quiso hacerlo. Era un capitalista sin complejos, nacido en  una sociedad donde el dinero se manejaba con pudor casi religioso. Y la fricción fue inmediata.

El actor Jakob Oftebro compone un Stenbeck físico, incómodo, siempre al borde de la exasperación. No es el típico genio elegante de traje perfecto y sonrisa controlada. Es un hombre que ocupa espacio, que habla alto, que se mueve mal y que parece estar permanentemente enfadado con el mundo, incluso cuando lo está ganando. El propio Oftebro ha explicado que quiso huir de la caricatura y centrarse en los gestos, en la manera de estar, en esa sensación de animal grande que no termina de adaptarse al espacio donde lo han invitado. La serie acierta ahí: entiendes al personaje antes de juzgarlo, y eso no es poco.

Pero "El magnate" no es solo el retrato de un individuo excesivo. Es también la crónica de un país que cambia a empujones. La Suecia que muestra la serie es una sociedad que empieza a aceptar la televisión comercial, la publicidad agresiva, la competencia en sectores hasta entonces blindados. Stenbeck fue clave en ese proceso. No porque inventara la tecnología ni porque fuera el único que viera venir el futuro, sino porque tuvo la audacia y el dinero para forzar el cambio cuando muchos entendían que era mejor seguir como estaban.

Uno de los aciertos de la serie es no disimular el coste humano de ese empuje. Stenbeck aparece como un hombre brillante y devastador a partes iguales. Capaz de ver antes que otros, pero incapaz de cuidar casi nada que no fuera su proyecto. La familia, los socios, incluso su propio cuerpo, quedan subordinados a una idea de progreso que no admite pausas. En ese sentido, la serie evita el elogio fácil y se acerca más al retrato incómodo. No pregunta si Stenbeck tenía razón. Expone el precio que se paga cuando alguien decide que el mundo debe cambiar al ritmo que él marca.

Conviene diferenciar con claridad entre la realidad histórica y las libertades de la ficción. "El magnate" se basa en hechos contrastados: el control de un conglomerado familiar que va perdiendo fuelle de beneficios, la creación de un imperio mediático y de telecomunicaciones, los conflictos con el "establishment" sueco, las tensiones familiares y la figura pública de Stenbeck como agitador incómodo. Todo eso está documentado y forma parte de la historia reciente del país.

Las licencias aparecen en la forma, no en el fondo. La serie condensa décadas en pocos episodios, fusiona personajes secundarios y dramatiza negociaciones que en la vida real fueron largas, opacas y burocráticas. Hay diálogos que nadie grabó, enfrentamientos que se simplifican y decisiones que se presentan como fulgurantes cuando en realidad fueron el resultado de meses de presión. Eso no invalida el retrato, pero conviene tenerlo en cuenta. La serie no pretende ser un documental, sino una interpretación dramática de un proceso histórico.

Algunos críticos nórdicos han señalado que el foco excesivo en la figura de Stenbeck deja en segundo plano el contexto social y político que hizo posible su ascenso. Es una crítica justa. "El magnate" es, ante todo, una serie de personaje. El mundo gira alrededor de él, como giraba en muchas reuniones reales. Esa elección narrativa refuerza su magnetismo, pero simplifica el ecosistema. Aun así, el equilibrio general funciona porque la serie no oculta las resistencias ni presenta a Stenbeck como un héroe solitario.

Los propios responsables de la producción han insistido en esa idea. El creador y el director han hablado de la serie como el retrato de un hombre que forzó el cambio en Suecia sin cambiarse a sí mismo. La televisión pública sueca defendió el proyecto como una forma de contar la transición del país hacia una nueva era económica y mediática. No como celebración, sino como reflexión. Ese planteamiento explica el tono: directo, a ratos áspero, con un humor seco que aparece cuando menos lo esperas.

El impacto social del estreno fue evidente. La serie reabrió debates que parecían cerrados. Para algunos suecos, Stenbeck sigue siendo un visionario necesario. Para otros, un símbolo de la mercantilización de espacios que antes se consideraban públicos. La discusión no fue solo cultural, sino también política y generacional. En otros países nórdicos, la recepción fue algo más distante, pero igualmente marcada por el reconocimiento de que Stenbeck ocupó un lugar central en la historia reciente de Suecia. Incluso quienes no simpatizan con el personaje reconocen su peso.

Y queda la pregunta inevitable, la que sobrevuela toda la serie y que el espectador acaba haciéndose sin darse cuenta. ¿Serían distintos nuestros dispositivos electrónicos sin este magnate? La respuesta corta es no, en términos tecnológicos. Los móviles, la digitalización y las redes habrían llegado igual. La respuesta interesante es otra. Quizá sería distinto el camino. El ritmo. El precio. La forma en que aceptamos la publicidad, la competencia y la presencia constante de pantallas y servicios en nuestra vida diaria. Stenbeck no inventó el futuro, pero ayudó a imponer una manera concreta de llegar a él.

"El magnate" es recomendable por varias razones. Por el tema, que va mucho más allá del retrato individual. Por la interpretación central, potente y sin concesiones. Y por la valentía de contar una historia reciente sin nostalgia ni complacencia. Es una serie que entretiene, incomoda y obliga a pensar, a veces al mismo tiempo. Y eso, en televisión, sigue siendo un pequeño milagro.

Te deja con una sensación clara: el mundo no cambia solo. Alguien decide empujar. Luego ya se hablará si nos gusta hacia dónde. Una frase del protagonista en el cuarto capítulo explica bastantes cosas: "La tecnología siempre vence a la política... no lo olvides".

Vídeo

"El magnate" puede verse en España en Filmin

Carlos López-Tapia

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