Cine en serie: "La gran boda sami", o cómo sobrevivir a una boda, al frío y a la familia

Cine en serie: "La gran boda sami", o cómo sobrevivir a una boda, al frío y a la familia

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Querido Teo:

Supongamos que has superado bodas de trescientos invitados, antorchas marcando caminos dignos de algún aquelarre, drones descontrolados, aperitivos veganos con textura de toalla, discursos interminables y cuñados con micrófono. Consideras que la humanidad puede dividirse entre las personas a las que les gustan las bodas y las personas cuerdas. Crees que en cuestión de bodas estás al cabo de la calle. Error. Tienes una amiga sami y te llega una invitación a su boda. Eso te lleva a Kautokeino, al norte de Noruega, donde una boda no es un evento social sino una prueba de resistencia, una auditoría familiar y un combate de esgrima emocional sin espadas, pero con memoria.

Para llegar hasta allí necesitas doce o catorce horas de viaje real, varios aviones, una carretera final que parece no terminar nunca y que te regala la sensación de que, si te das la vuelta, nadie lo notará hasta la próxima luna llena. No es un sitio al que llegues por accidente. Y una vez estás allí, asistes a una pedida de mano difícil de interpretar.

Ves a tu amiga, la novia, que sale de la casa de sus padres ante la mirada intensa de un grupo de familiares con ropajes tan coloridos que deben distinguirlos desde la estación espacial. Se dirige a un coche aparcado con la llave puesta y el motor encendido, al ralentí. La chica apaga el motor toma la llave y regresa satisfecha y sonriente entre aplausos y miradas de satisfacción. Esto ocurre en el segundo capítulo de la serie y su significado es que acaba de aceptar la proposición del novio. La cuerda de la que se apoderaba antes la novia ha sido sustituida por una llave, y el vehículo suplanta al reno.

Estás en un ambiente muy frío. Frío que quita las ganas de hablar, aunque no de discutir. En pleno verano es un instante mágico alcanzar los 16 grados. Y aun así, en ese entorno helado, la serie encuentra calidez en esta comedia afilada, a ratos cruel, a ratos entrañable. En "La gran boda sami" hay mucho humor, aunque a veces sea  seco, incómodo.

La boda es el centro de todo. Dura días, se organiza sin empresas externas y el mes de preparación que tiene la madre de la novia parece demasiado poco tiempo para la complejidad del asunto, que convierte a cada familiar en camarero, vigilante, cartero, chofer o juez moral. Aquí no se brinda solo por amor. Se brinda por estatus, por poder y por no quedarse el último en la fila social. La creadora lo explica: "Las bodas samis son celebraciones enormes donde todos participan y nadie se escapa".

Garen, la madre protagonista, es un personaje que parece escrito por alguien que conoce bien las reuniones familiares. Quiere a su hijo, sí, pero también quiere dejar de ser invisible. Y eso genera situaciones tan tensas como cómicas. La actriz lo resume con ironía cuando explica que su personaje haría cualquier cosa por subir un peldaño social, incluso sonreír cuando no toca, o callar cuando debería hablar.

La serie se tomó muy en serio la realidad cultural. La refuerza con las sonrisas o las incomodidades que provoca, y en su tercer capítulo demuestra lo que digo. Se rodó con la comunidad, se los contrató como extras, se habló antes de grabar y se asumió que contar bien esta historia implicaba aceptar que la tradición puede ser absurda, contradictoria y profundamente humana.

En la mesa hay reno guisado, reno fiambre, reno como sea posible cocinar. Y también pescados fríos que puedan sacarse una y otra vez para alimentar a mucha gente durante días. La clave es la resistencia, por eso el café no se toma, se suministra a mansalva. El mensaje es claro: aquí se come lo nuestro, como siempre, y el que venga invitado que sepa dónde está.

En la mesa de la serie se sientan actores que cuentan como les pidieron una interpretación muy concreta: que pusieran caras o que digan lo que piensan aunque no abran la boca. Y ahí está gran parte de la historia. En saber que todos saben todo, que nadie olvida nada y que cualquier boda es el momento perfecto para ajustar cuentas sin levantar la voz.

"La gran boda sami" ha viajado por festivales internacionales, de  Toronto a Berlín, y ha sorprendido porque no se parece a lo esperado. No es postal, no es drama solemne, no es etnografía de museo. Es una historia tragicómica y humana, con frío, con mala leche y con cariño. De esas que te hacen reír y te cortan la risa con la siguiente secuencia, y, en cualquier caso, cuando terminas, agradeces no tener boda el próximo fin de semana... o tenerla. A veces sobrevaloramos la cordura.

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"La gran boda sami" puede verse en España en Sundance TV

Carlos López-Tapia

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