Cine en serie: El universo de "Gomorra: El origen" (III), lo difícil

Cine en serie: El universo de "Gomorra: El origen" (III), lo difícil

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Querido Teo:

El éxito suele producir imágenes mentirosas. Desde fuera, cuando una serie conquista público, premios, territorios y prestigio, parece que todo encaja. Los conflictos se olvidan. Se vuelve invisible la fricción entre obra y realidad. Con "Gomorra" ocurrió lo contrario. Cuanto más crecía la saga, más visibles se hacían sus dificultades. Y no hablo solo del esfuerzo normal de escribir varias temporadas o sostener la tensión necesaria del reparto. Hablo de un proyecto que trabajó en un territorio vivo, discutido, observado con lupa, cruzado por una criminalidad real, por problemas de representación, por polémicas públicas y por una exigencia interna casi imposible. "Gomorra" no solo fue dura en pantalla. Fue una obra difícil de levantar, de prolongar, de defender y de cerrar.

Esa dificultad comenzó en el punto donde otras ficciones suelen terminar: el acceso al mundo. Los guionistas han contado con bastante claridad que para escribir el universo de la serie tuvieron que entrar en territorios donde no se entra como turista curioso. Leonardo Fasoli recordaba que, cuando iban a esos barrios, había vigías, motos, preguntas inmediatas, controles informales. Si no se daban ciertas explicaciones, sencillamente no se podía seguir. Esa anécdota no es color local; es el resumen perfecto del problema central. "Gomorra" no se construyó desde una distancia cómoda. Se construyó asumiendo que la observación del territorio tenía coste, tensión y límites.

A esa dificultad de acceso se sumaba otra, todavía más delicada: cómo transformar ese material en ficción sin traicionarlo y sin quedar devorado por él. La saga ha insistido durante años en que su escritura nace de la investigación y del trabajo "sul campo", con entrevistas, expedientes, escuchas, supervisión y un conocimiento detallado de gestos y jerarquías. El método protege de la invención gratuita, pero trae consigo una exigencia feroz. Cuanto más verdad prometes más vulnerable te vuelves al error. Una ropa mal escogida, un gesto improbable, una forma de hablar poco verosímil, un detalle de dinero, de rango o de urbanismo pueden romper la credibilidad. Y "Gomorra", precisamente porque convirtió la credibilidad en una de sus marcas, tenía poco margen para el descuido.

Maddalena Ravagli, guionista, lo explicaba muy bien al hablar de la precuela que acaba de estrenarse. En el universo "Gomorra" importan mucho los verificadores reales, esas personas capaces de corregir un matiz microscópico. Que una conducta sea impropia de cierto rango. Parece mínimo, pero no lo es. La dificultad de "Gomorra" fue esa: debía sostener una especie de pacto con quienes reconocen el mundo que muestra. No bastaba con gustar al espectador general. Había que no sonar falso ante el ojo entrenado del territorio.

Rodar en Nápoles y en otras localizaciones asociadas a la saga tampoco era una simple cuestión logística. Una serie tan identificada con barrios concretos termina alterando la relación de esos lugares con la ficción, con la prensa y con el turismo de pantalla. "Gomorra" convirtió ciertos espacios en iconos visuales y eso tuvo consecuencias. Parte de la ciudad se sintió invadida por una imagen de criminalidad reiterada. Otra parte aprovechó el impacto económico y simbólico. Hubo entusiasmo, cansancio, orgullo, rechazo, curiosidad y hartazgo mezclados. Esa tensión acompañó a la producción durante años y forma parte de su dificultad estructural. Cada nueva temporada no llegaba a un territorio neutro. Llegaba a un territorio que ya se sabía mirado a través de la serie.

Por eso las polémicas sobre la imagen de Nápoles fueron constantes. Algunas críticas eran previsibles y hasta rutinarias. Otras tocaban un nervio más serio. La cuestión no era solo si la serie mostraba violencia, sino qué Nápoles contribuía a consolidar en la imaginación italiana e internacional. Los defensores de la saga respondían que "Gomorra" no pretendía ser un retrato total de la ciudad, sino que era una exploración radical de una de sus heridas. Los detractores veían en esa herida una síntesis abusiva. Ambos tenían parte de razón. Y ahí estuvo una de las dificultades más delicadas del proyecto: seguir siendo fiel a su mirada asumiendo que esa mirada no fuera suficiente para explicar una ciudad entera.

Aún más áspero fue el debate sobre la emulación. Cada vez que aparecían jóvenes reproduciendo peinados, tatuajes, gestos o frases asociadas a la saga, renacía la acusación. "Gomorra" estaría alimentando modelos violentos. Riccardo Tozzi respondió con dureza. Dijo que la serie reflejaba, no creaba modelos, y que ellos mismos habían copiado tatuajes y modalidades de los clanes reales. Aunque el argumento es sólido, y separa a "Gomorra" de "El padrino", donde ocurrió lo contrario porque ni director ni guionista sabían gran cosa de la mafia americana, no elimina toda la lógica de las repulsas.

Una obra puede no crear una conducta y, aun así, participar en su circulación simbólica. "Gomorra" tuvo que vivir en esa zona nada confortable, defendiendo la legitimidad de su mirada sin poder impedir que su iconografía fuera apropiada por espectadores inmaduros, oportunistas o simplemente fascinados por el brillo del poder.

Ese problema se agravó precisamente porque la serie estaba muy bien hecha. La banalidad rara vez genera verdaderas polémicas morales. Las genera lo que seduce. "Gomorra" seducía por su fuerza visual, por su ritmo, por sus personajes, por su seguridad formal. Quien la atacaba por glamour criminal señalaba una parte cierta del mecanismo, aunque no abarcara todo su sentido.

La serie trabajó siempre contra el embellecimiento complaciente del crimen, pero tampoco renunció a la intensidad dramática del poder. Ahí estaba la contradicción y ahí estaba también la dificultad. Mostrar el mundo camorrista como un infierno no basta para impedir que parte del público vea grandeza, estilo o autoridad allí donde la obra quiere mostrar devastación.

A esa presión externa se sumaba la interna. Mantener varias temporadas de una serie tan densa obliga a una disciplina agotadora. Hay que recordar quién sabe qué, qué alianzas siguen vivas, qué promesa quedó suspendida, qué herida necesita retorno, qué personaje aún tiene recorrido y cuál ya lo ha dado todo. En una ficción criminal la tentación del agotamiento es fuerte. Se puede caer en la repetición de golpes de efecto, en la sobreabundancia de traiciones o en la inflación de muerte. "Gomorra" resistió bastante tiempo ese peligro, pero hacerlo tuvo un precio. El equipo debía reinventar la serie sin traicionar su temperatura. Y esa es una de las tareas más difíciles de escribir una serie.

La cuarta y la quinta temporada son especialmente reveladoras en ese sentido. La saga necesitaba crecer más allá del primer dispositivo sin perder su alma. Lo consiguió muchas veces, pero no sin aumentar la complejidad y la presión. La quinta, presentada como temporada final, cargaba además con una obligación emocional enorme. Debía cerrar la relación entre Genny y Ciro, dos personajes convertidos ya en mitos populares.

ANSA resumía la temporada como la "resa dei conti", el ajuste de cuentas final entre ambos. Ese tipo de cierre nunca es sencillo. Si reduces demasiado, decepcionas. Si inflas demasiado, caes en el gesto hueco. "Gomorra" tuvo que caminar por ese filo con miles de espectadores pendientes no de una intriga cualquiera, sino de una despedida de época.

Los propios actores han hablado de la carga. Marco D’Amore, refiriéndose a la quinta temporada, mencionaba diez años de vida, emoción acumulada, rodajes prolongados y una relación casi orgánica con el personaje y con la saga. Salvatore Esposito ha expresado a menudo algo parecido cuando recuerda que su entrada en "Gomorra" fue un milagro profesional, pero también el comienzo de un vínculo del que no resulta simple separarse. Ahí aparece otra dimensión de lo difícil. Una serie tan absorbente no solo exige mucho a sus equipos. También les deja marca. Quien interpreta durante años a una figura tan invasiva como Ciro o Genny no sale indemne en términos de imagen pública, de energía interior y de expectativas de carrera.

La dificultad de sostener el universo se extendió además a la geografía del rodaje. La temporada final se filmó entre Nápoles, Riga y Roma. Ese desplazamiento responde a necesidades narrativas, pero también implica otro tipo de complejidad productiva. Coordinar equipos, atmósferas, continuidades visuales y ritmos de trabajo en varios países o ciudades incrementa el peso del proyecto. La serie había dejado de ser un producto concentrado en un solo tejido urbano. Era una maquinaria transnacional con una identidad visual que debía seguir pareciendo la misma. Ese equilibrio entre expansión y cohesión no se consigue sin desgaste.

Hay otro frente difícil menos visible y quizá más interesante: cómo volver atrás después de haber llegado tan lejos. "Gomorra: El origen" nace de esa dificultad. En teoría, una precuela de una saga famosa es un movimiento sencillo. Se aprovecha la nostalgia, se rejuvenecen personajes, se abren huecos del pasado y se prolonga la marca. En la práctica, es una trampa. Todo el mundo sabe cómo acaba Pietro Savastano. Todo el mundo llega con la memoria cargada de la serie madre. Todo detalle puede parecer una explicación demasiado obvia o un guiño complaciente.

Marco D’Amore, que dirige el nuevo título, buscó una imagen que conducía a los clásicos americanos: la serie original era "la locomotora"; la precuela, en cambio, es "el búfalo" que puede apartarse de la vía a tiempo, pero caerse. Era una descripción exacta del riesgo.

Volver a la Nápoles de 1977 añadió sus propias dificultades. No bastaba con contar un Pietro joven. Había que reconstruir un mundo anterior a las Vele de Scampia, marcado por el contrabando de cigarrillos, por una ciudad pobre y por el umbral de otra fase criminal. Eso obliga a un trabajo de ambientación, de lenguaje, de indumentaria, de coches, de mobiliario y de respiración histórica mucho más exigente de lo que parece.

En la visita de medios al rodaje, en el verano de 2025, los periodistas describían el bar America, los bancones, las enseñas y los coches de época como si fueran parte de una inmersión total en los años setenta. Ese esfuerzo tiene algo de arqueología y algo de peligro. Si se nota demasiado, el mundo se vuelve postal. Si se nota poco, la época no aparece.

Además, la precuela afrontaba un problema moral. ¿Cómo contar la juventud de Pietro sin absolverlo? Rolling Stone advirtió que la precuela "no absolverá a nadie". La formulación es importante. Toda historia de juventud criminal puede deslizarse hacia la compasión fácil o hacia la explicación sentimental. "Gomorra: El origen" tenía que evitarlo. Su reto no consistía en decirnos que Pietro era un buen chico al que la vida arruinó. Consistía en mostrarnos cómo un entorno, un deseo de ascenso y una educación violenta producen una subjetividad criminal sin convertir ese proceso en coartada.

Lo difícil, una vez más, no era solo lo técnico. Era la posición ética. Y esto no significa que en el final del primer capítulo, uno de los jóvenes explique en una reflexión, acabada con risas resignadas conformistas, que no era posible en ese ambiente hacer otra cosa. Una autojustificación razonable más que una razón inevitable.

A eso se unía la presión de la comparación. D’Amore reconocía que mucha gente le había preguntado para qué meterse otra vez en algo tan difícil, tan manoseado que despierta de inmediato la desconfianza del espectador. La pregunta es legítima. Una saga terminada con fuerza corre el riesgo de degradarse cuando vuelve. Cada nueva pieza puede parecer un añadido innecesario.

Por eso la precuela era especialmente complicada. Debía probar que aún había algo que contar. Debía convencer a quienes ya veneraban la serie madre y también a quienes la consideraban cerrada. Debía encontrar caras nuevas y hacerlas convivir con sombras muy conocidas. Y tenía que hacerlo sin regalar pura nostalgia. En otras palabras, debía justificar su propia existencia.

Las primeras noticias del estreno mostraron que la apuesta no era menor. ANSA lo presentó como precuela en seis episodios, producidos por Sky Studios y Cattleya, centrado en la pérdida de la inocencia del joven Pietro y en su relación con Imma. Rolling Stone habló de un tono más lento, más silencioso, menos ruidoso que la serie madre. Esa diferencia de paso confirma la dificultad y la inteligencia de la operación. El universo "Gomorra" no podía volver simplemente haciendo más de lo mismo. Tenía que asumir que el origen no se filma igual que el imperio. Lo que en la serie principal era velocidad, guerra abierta y maquinaria del mando, aquí debía ser formación, seducción, aprendizaje y primera caída.

No menos compleja fue la gestión del propio legado. En el campo serial contemporáneo, una marca exitosa puede convertirse en prisión. Saviano lo sabe mejor que nadie. Al releer su libro dieciocho años después, hablaba de éxito desbordante y de una especie de cárcel. Esa idea puede ampliarse a toda la saga. "Gomorra" dio mucho a sus creadores, a sus actores y a la industria italiana, pero también los encerró en una vara de medir altísima. Todo nuevo proyecto se lee a la sombra de "Gomorra". Todo regreso al universo despierta comparaciones inmediatas. Todo error se magnifica. El triunfo global hizo más difícil cualquier continuación.

Tampoco resultó sencilla la gestión emocional del final de la serie madre. Cuando una obra se alarga durante años, no termina solo una trama. Termina una época biográfica para quienes la han hecho. En diciembre de 2021, con la emisión del último episodio, la conversación pública giró alrededor de esa sensación de cierre de ciclo. ANSA recordaba el recorrido de ocho años y la distribución en ciento noventa territorios. Era, en efecto, el final de una era. Cerrar algo así exige precisión narrativa, sí, pero también una forma de duelo profesional. La maquinaria debe apagarse sin que parezca un apagón administrativo.

Fue difícil hacerla. Fue difícil defenderla. Fue difícil ampliarla. Fue difícil cerrarla. Y es difícil, aún hoy, hablar de ella sin entrar en cuestiones que superan la crítica televisiva convencional: qué puede mostrar una serie, qué no puede controlar, qué le exigimos a la ficción cuando toca una herida colectiva, hasta qué punto una ciudad soporta verse reducida a su zona más oscura, de qué forma el éxito global transforma el sentido original de una obra.

Si algo demuestra toda esta historia es que el universo "Gomorra" no se hizo grande porque todo le saliera bien, sino porque aceptó trabajar donde casi nada es fácil. Un libro que cambia la vida de su autor para mal y para siempre. Un equipo que investiga en territorios tensos. Una ciudad que se siente mostrada y simplificada a la vez. Un público fascinado y escandalizado. Una saga que debe reinventarse sin repetirse. Un final que pesa como una década. Un origen que regresa bajo sospecha. Lo difícil no fue un accidente del camino. Fue el camino.

Y quizá por eso "Gomorra" sigue importando. Porque detrás del brillo de la marca hay fricción. Porque detrás del prestigio hay conflictos sin resolver. Porque detrás del universo hay siempre una pregunta sobre Italia, sobre el poder y sobre la manera en que la ficción toca la realidad y sale tocada por ella. Se puede admirar o discutir "Gomorra". Lo que cuesta más es quitarle gravedad. Esa gravedad nace, triunfa y se complica en el mismo movimiento. Y ahí reside la duración de su potencia.

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"Gomorra: El origen" puede verse en España en SkyShowtime

Carlos López-Tapia

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