"Chaval, dedícate al cine", la intuición que cambió la vida de José Luis Garci

"Chaval, dedícate al cine", la intuición que cambió la vida de José Luis Garci

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Querido primo Teo:

Un día cualquiera de los años cincuenta, en la pista de atletismo de la Ciudad Universitaria de Madrid, Teodoro, el encargado de los vestuarios, reparó en un muchacho delgado y fibroso llamado José Luis. El chico acababa de terminar otro entrenamiento con gesto de frustración y, además, le pilló una lluvia bien furiosa. Se esforzaba como pocos y hasta había ganado un par de trofeos que sabían más a premio de consolación que a auténtica victoria, pero la realidad era tozuda: no era un buen corredor. "Chaval, dedícate al cine", le dijo Teodoro.  

Aquel hombre apenas conocía al muchacho. Lo veía entrar y salir de los vestuarios después de entrenar, pero la experiencia le había enseñado a separar el grano de la paja. Había visto pasar a centenares de jóvenes atletas y sabía reconocer quién había nacido para el deporte y quién estaba destinado a buscar su lugar en otra parte. Y el destino de aquel chico no estaba en la pista. 

Lo que Teodoro no podía imaginar era que aquel José Luis García Muñoz (apellido que más tarde transformaría en Garci, recuperando el modo cariñoso con que una maestra solía dirigirse a él) acabaría convirtiéndose en uno de los cineastas fundamentales de la España contemporánea. Tampoco podía sospechar que, tras el éxito de su ópera prima "Asignatura pendiente" (1977), se convertiría en una de las voces culturales más representativas de la Transición ni que alcanzaría un hito histórico al conquistar con "Volver a empezar" (1982) el primer Oscar de la historia para el cine español y la lengua de Miguel de Cervantes. 

Aquel hombre de los vestuarios tampoco previó que el muchacho incapaz de bajar de los cinco minutos en los "milqui" acabaría siendo una de las figuras más queridas, influyentes y reconocibles de nuestra vida cultural. Un creador convertido en patrimonio sentimental de varias generaciones; alguien tan popular que su manera de hablar, sus gestos y hasta sus entusiasmos fueron imitados en programas de máxima audiencia. 

Porque la importancia de José Luis Garci trasciende con mucho su filmografía. Sus películas son una parte esencial de su legado, pero quizá su contribución más singular haya sido la de divulgador apasionado. A través de sus programas de televisión, sus tertulias radiofónicas y de su abultada obra como escritor, enseñó a varias generaciones de españoles a mirar el cine. Mucho antes de que proliferaran las escuelas especializadas, los canales temáticos o las plataformas de vídeo, Garci ya ejercía de maestro.

Escucharle hablar de John Ford, de Howard Hawks, de Billy Wilder, de Frank Capra o de Alfred Hitchcock equivalía a asistir a una clase magistral sobre el arte cinematográfico y, al mismo tiempo, sobre la vida. Por eso puede afirmarse sin exageración que ver a Garci, escucharle o leerle resulta una experiencia formativa más completa que muchos másteres. Hay algo paradójico y profundamente hermoso en ello: quien se convirtió en el gran profesor sentimental de cine de varias generaciones jamás pasó por una escuela cinematográfica ni obtuvo un título universitario. Aprendió el oficio de la manera más pura y apasionada posible: viendo películas. Todas las películas. Las buenas y las malas, las obras maestras y los títulos olvidados. Aprendió mirando, escuchando, leyendo y amando el cine con una intensidad casi religiosa. Y después dedicó buena parte de su vida a transmitir ese amor a los demás. 

Noemi Guillermo es la autora de "Chaval, dedícate al cine (De palique con Garci)", publicado recientemente por Notorious Ediciones y que, en apenas unos días, ya ha alcanzado una segunda edición, una magnífica noticia que confirma el interés suscitado por la obra. Dermatóloga de profesión, ella pertenece a esa generación de espectadores que encontró en el emblemático "¡Qué grande es el cine!" (1995-2005) una auténtica escuela de formación sentimental y cinéfila. Además, ha tenido la fortuna de contar con José Luis Garci como mentor, una figura decisiva en su trayectoria intelectual y profesional desarrollada más allá del ámbito de la medicina. La influencia del cineasta madrileño se ha traducido en una intensa actividad divulgadora que incluye su labor docente de Cine Español en el Máster en Cultura Audiovisual y Literaria de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, ciudad donde reside esta catalana nacida en Reus; sus colaboraciones con editoriales como Notorious Ediciones y El Reino de Cordelia, donde destacan "Mabuse. El eterno retorno" y "Prefiero M: Y otras pasiones cinéfilas"; así como sus frecuentes intervenciones en programas de radio y televisión especializados en cultura y cine.

Quizá Garci haya reconocido en ella algo de sí mismo: la curiosidad insaciable del aficionado que nunca deja de aprender, la pasión por compartir descubrimientos y una forma cercana, generosa y accesible de entender la divulgación cinematográfica. Porque, al igual que su maestro, Noemi Guillermo no concibe el conocimiento como un ejercicio de erudición excluyente, sino como una invitación permanente al diálogo y al descubrimiento. En ambos late una misma vocación: acompañar al espectador en su viaje hacia el cine, abrirle las puertas y enseñarle a mirar.

La inspiración de "Chaval, dedícate al cine (De palique con Garci)" hay que buscarla menos en "El cine según Hitchcock", el célebre volumen de conversaciones entre François Truffaut y Alfred Hitchcock, que en "Listen to the echoes: The Ray Bradbury interviews", de Sam Weller. En esta obra se recopila más de una década de entrevistas con el autor de "Fahrenheit 451", configurando un retrato excepcional en el que Bradbury no solo reflexiona sobre los mecanismos creativos que dieron forma a su literatura, sino que también se muestra en una dimensión profundamente humana e íntima. 

La huella de Bradbury está muy presente en "Chaval, dedícate al cine (De palique con Garci)". No únicamente como referencia metodológica o punto de partida conceptual, sino también por la importancia que el escritor estadounidense tuvo en la formación sentimental y artística de José Luis Garci. El cineasta siempre sintió una especial fascinación por la ciencia ficción, un territorio que le habría gustado explorar con mayor profundidad como director.

Sin embargo, encontró vías alternativas para canalizar esa pasión, especialmente como coguionista de "La cabina" (1972), la histórica obra de Antonio Mercero galardonada con un Emmy Internacional, y posteriormente en la miniserie "Historias del otro lado" (1988-1996), donde pudo desarrollar imaginarios cercanos a los que tanto admiraba de la literatura fantástica. 

La admiración de Garci por Bradbury fue, además, correspondida. Entre ambos llegó a establecerse una relación de cercanía y respeto mutuo, por encima de las barreras idiomáticas, lo que convierte la presencia del escritor norteamericano en algo más que una simple influencia cultural: es una de las corrientes subterráneas que recorren el libro y que ayudan a comprender mejor la sensibilidad de su protagonista. 

El proceso de elaboración de "Chaval, dedícate al cine (De palique con Garci)" ha sido largo y especialmente complejo. Trasladar al papel años de conversaciones, recuerdos y reflexiones sobre una obra tan extensa y sobre una mirada tan particular del mundo exigía encontrar un delicado equilibrio entre la espontaneidad del diálogo y la coherencia narrativa. No faltaron las dificultades ni los desafíos propios de una empresa de esta naturaleza. Sin embargo, el resultado final parece haber justificado sobradamente el esfuerzo. La extraordinaria acogida dispensada por los lectores, visible en el éxito obtenido durante la pasada Feria del Libro y la rápida llegada a la segunda edición, constituye la mejor prueba de que el proyecto ha logrado conectar con el público y satisfacer una expectativa largamente esperada por los admiradores de Garci. 

La clave del éxito de una figura como José Luis Garci reside, paradójicamente, en que nunca lo persiguió. Habría sido perfectamente feliz como uno de aquellos artesanos de los grandes Estudios de la edad dorada de Hollywood, escribiendo y rodando películas al servicio de una industria que admiraba profundamente. De hecho, nunca se ha considerado ante todo un director de cine, sino un escritor que, circunstancialmente, también ha hecho películas. Y ocurre que algunas de esas películas han terminado formando parte de la memoria sentimental y cultural de varias generaciones de españoles. 

Quizá esa mirada tenga que ver con que Garci sigue sintiéndose, en muchos aspectos, un hijo de la posguerra. Un muchacho nacido en la calle Narváez, en el seno de una familia trabajadora que, como tantas otras de su tiempo, tuvo que esforzarse para salir adelante. Un niño que encontró refugio en los libros y en las salas de cine, dos territorios que le permitían escapar de las limitaciones de la realidad cotidiana y asomarse a mundos infinitamente más amplios. Con el paso de los años, aquel escondite acabaría convirtiéndose también en su profesión, una fortuna que él mismo nunca ha dejado de contemplar con asombro y gratitud. 

Su estilo cercano, espontáneo y completamente ajeno a cualquier impostura contribuyó a convertirlo, desde los años ochenta, en una presencia habitual en los medios de comunicación. Garci habla de cine con la misma pasión con la que habla de literatura, de fútbol o de boxeo. Puede analizar minuciosamente una secuencia de John Ford, comentar un partido decisivo o relatar un combate memorable con idéntica capacidad para transmitir entusiasmo. Esa amplitud de intereses, unida a una extraordinaria facilidad para la conversación, explica buena parte de la conexión que ha mantenido durante décadas con el público. 

Garci pertenece a esa generación que encontró una vida de repuesto en las sesiones dobles de los cines de barrio. En aquellas butacas aprendió a mirar el mundo. Allí descubrió las obras maestras de John Ford o Michael Curtiz, las producciones de serie B firmadas por directores como Vincent Sherman o Joseph H. Lewis; y también el cine español de autores tan decisivos como José Luis Sáenz de Heredia o Luis García Berlanga. Aquellas horas de oscuridad compartida constituyeron su auténtica universidad. 

Desde muy joven soñó con convertirse en escritor y comenzó a orientar su vida hacia ese objetivo. Los estudios fueron quedando en un segundo plano, aunque nunca perdió el interés por disciplinas como la Historia y siempre contó con el estímulo de una familia que procuró acercarle a la cultura. Llegó a plantearse estudiar Derecho, pero terminó descartando esa posibilidad. Con apenas diecisiete años comenzó a trabajar en el Banco Ibérico, donde permaneció dos años. Aquella experiencia le proporcionó estabilidad, pero no satisfacía sus aspiraciones creativas. 

El giro decisivo llegó cuando se le ofreció incorporarse a Taurus, la editorial vinculada a los propietarios de la entidad bancaria. Allí encontró un entorno mucho más cercano a sus intereses y pudo desarrollar plenamente su vocación. Empezó a colaborar con diversas publicaciones especializadas, consolidándose como crítico y escritor cinematográfico, mientras daba sus primeros pasos en el mundo del guion de la mano de figuras fundamentales como Antonio Mercero y José Luis Dibildos.

Sin saberlo, estaba iniciando el camino que acabaría llevándolo desde las páginas impresas hasta los platós de cine y televisión, y que terminaría convirtiéndolo en una de las voces más influyentes de la cultura española de las últimas décadas. 

Su salto a la dirección fue, en cierto modo, una consecuencia natural de su trayectoria. No respondió a un golpe de fortuna ni a una decisión repentina, sino al proceso lógico de aprendizaje y maduración de alguien que había recorrido prácticamente todos los escalones del oficio cinematográfico. Tras años escribiendo sobre cine, analizando películas y trabajando como guionista, dirigir era el siguiente paso inevitable. 

Rodó el cortometraje documental "Mi Marilyn" (1975), una obra centrada en el extraordinario poder de fascinación que la figura de Marilyn Monroe seguía ejerciendo sobre millones de espectadores en todo el mundo. El trabajo obtuvo una excelente acogida y sirvió para confirmar que Garci poseía una mirada propia detrás de la cámara, además de una profunda comprensión de los mecanismos emocionales que convierten a determinadas figuras en mitos universales.

Para este proyecto contó con la colaboración de José Sacristán, actor con el que establecería una fructífera relación profesional y que se convertiría en el protagonista de su primer largometraje, "Asignatura pendiente" (1977). Estrenada en plena Transición, la película utilizaba la historia de una relación adúltera para explorar las ilusiones, frustraciones y deseos de toda una generación que intentaba adaptarse a una nueva realidad política y social tras casi cuarenta años de dictadura.

Aquella combinación de intimidad sentimental y retrato colectivo conectó de manera extraordinaria con el público, hasta el punto de transformar la película en mucho más que un éxito cinematográfico. "Asignatura pendiente" se convirtió en un auténtico fenómeno sociológico y en uno de los relatos fundamentales para comprender el estado de ánimo de la España de aquellos años decisivos.

El éxito de "Asignatura pendiente" tuvo continuidad con una serie de títulos que consolidaron a José Luis Garci como una de las voces más personales y reconocibles del cine español: "Solos en la madrugada" (1978), "Las verdes praderas" (1979), "El crack" (1981), "Volver a empezar" (1982), "Asignatura aprobada" (1987), "Canción de cuna" (1994), "El abuelo" (1998) y "You're the one" (2000). Cada una de estas películas contribuyó a definir un universo propio en el que convivían la melancolía, la memoria, la pasión por la literatura y el amor incondicional al cine clásico.

Entre todas ellas destaca especialmente "El crack", convertida con el paso del tiempo en una auténtica obra de culto. En ella, Garci tuvo la audacia de transformar a Alfredo Landa, hasta entonces asociado principalmente a la comedia popular, en Germán Areta, un detective desencantado que acabó convirtiéndose en uno de los grandes iconos del cine negro español. Un Philip Marlowe castizo, con olor a tabaco, café y tortilla de patata, capaz de trasladar los códigos del "noir" clásico a las calles de Madrid sin perder un ápice de autenticidad.

La consagración internacional llegó en 1983, cuando "Volver a empezar" obtuvo el Oscar a la mejor película en lengua no inglesa. Era la primera vez que una película española conseguía la estatuilla en esa categoría, un hito histórico para nuestra cinematografía. Conviene recordar que Luis Buñuel había logrado anteriormente el premio con "El discreto encanto de la burguesía", pero representando a Francia, país donde desarrolló buena parte de su carrera.

Aquel reconocimiento no fue un hecho aislado. Garci continúa siendo el cineasta español que más veces ha competido en la categoría internacional de los Oscar. Además de la victoria de "Volver a empezar", fue candidato con "Sesión continua", "Asignatura aprobada" y "El abuelo". Especialmente recordada es la derrota de "Sesión continua" que, según se ha contado en numerosas ocasiones, quedó a un solo voto de imponerse a la producción suiza "La diagonal del loco". Un dato que ilustra hasta qué punto la Academia de Hollywood reconoció durante años la singularidad y la calidad de su obra.

A estos logros hay que añadir otro hito significativo. "Canción de cuna" se convirtió en la primera película española seleccionada para exhibirse en el Festival de Sundance, confirmando la proyección internacional de un cineasta que, sin renunciar nunca a su identidad profundamente española, supo conectar con espectadores de muy distintas culturas y sensibilidades.

Probablemente porque ya ha asumido que se encuentra en la prórroga de la vida, o por la confianza que ha depositado en Noemi Guillermo, José Luis Garci se expone por completo ante su biógrafa. No solo habla de su obra y de sus inquietudes culturales, sino también de la fe, sus amores y de las amistades que marcaron su existencia: el escritor Manuel Alcántara, el crítico Alfonso Sánchez, el periodista Luis Herrero, el poeta Luis Alberto de Cuenca, el fiscal Eduardo Torres-Dulce, el actor Alfredo Landa, el director artístico Gil Parrondo o sus socios Horacio Valcárcel y José María González-Sinde.

Garci evoca asimismo el dolor por la pérdida de quienes formaron parte de su vida: sus amigos, sus padres y, sobre todo, Hache, su nieto, fallecido a los quince años a causa de un cáncer óseo. También se detiene en sus relaciones sentimentales, desde Estrella, su primera novia, hasta su actual esposa, Andrea Tenuta, pasando por Cristina, madre de sus hijas Eva y Norma, y por romances especialmente mediáticos, como los que mantuvo con la periodista Ana Rosa Quintana y la actriz Cayetana Guillén Cuervo.

El cineasta se adentra igualmente en un terreno espinoso: la política. Se define como una figura independiente, aunque durante las últimas décadas haya sido asociado con frecuencia a la derecha. Recuerda que su padre pasó varios días en la cárcel por haber pintado un cartel del Partido Comunista y que él mismo votó a la izquierda en las primeras elecciones democráticas. Estrenó "¡Qué grande es el cine!" en TVE durante la última etapa de Felipe González; tras el cambio de gobierno de 1996, el programa desapareció temporalmente de la parrilla antes de regresar, para ser finalmente cancelado en 2005, coincidiendo con la llegada al poder de José Luis Rodríguez Zapatero.

Su trayectoria le ha llevado a relacionarse con dirigentes de muy distinto signo político. Asistió a la boda de la hija de José María Aznar, frecuentó la célebre Bodeguilla de Felipe González e incluso figuró entre los firmantes que solicitaron el indulto para el expresidente andaluz José Antonio Griñán. Lo que rechaza, sin embargo, es la etiqueta de "progre". Nunca ha querido situarse en la atalaya de la superioridad moral y, probablemente por ello, tampoco ha gozado de las simpatías de algunos grupos mediáticos.

Tras obtener el Oscar por "Volver a empezar", Diego Galán escribió que la película era una obra menor indigna de semejante reconocimiento. Años después, diversos medios fueron especialmente incisivos con Garci por haber dirigido "Sangre de mayo", un encargo de la Comunidad de Madrid presidida por Esperanza Aguirre, y llegaron a acusarlo de inflar el número de espectadores para percibir más subvenciones.

El director asegura no guardar rencor a quienes encabezaron aquella campaña de descrédito. Ni siquiera a la Academia de Cine, que únicamente le concedió el Goya a la mejor dirección por "Asignatura aprobada" y que no defendió con firmeza su inocencia cuando se intentó perjudicar la candidatura de "El abuelo" mediante el rumor de que compraba votos pagando cuotas.

A sus 82 años, José Luis Garci se ha convertido en una suerte de "influencer" analógico. No tiene teléfono móvil, conserva un viejo aparato de baquelita y sigue escribiendo sus textos en máquina de escribir, aunque no por ello renuncie a las posibilidades que ofrece la Inteligencia Artificial. Sus recomendaciones cinematográficas, literarias, musicales, teatrales y deportivas continúan ejerciendo una notable influencia sobre varias generaciones de espectadores y lectores.

En "Chaval, dedícate al cine (De palique con Garci)" José Luis Garci se pregunta si alguien lo recordará algún día y de qué manera lo hará. La respuesta parece encontrarse en las páginas que le dedica Noemi Guillermo. Su libro es una declaración de admiración y afecto no solo hacia un maestro, sino también hacia una forma de entender la vida.

Más allá del director que abrió caminos al cine español, del primer cineasta de nuestro país en conquistar un Oscar o de una figura decisiva en la educación sentimental de varias generaciones, Garci merece ser recordado como un entusiasta incorregible. Como alguien que siempre vio el vaso rebosante, que hizo de la lealtad una virtud irrenunciable, de la pasión una brújula y de la amistad una forma de resistencia. En definitiva, como lo que siempre fue: un buen tipo.

Mary Carmen Rodríguez 

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