Hollywood canalla: Humphrey Bogart y Lauren Bacall, el amor en la edad dorada de Hollywood
Querido primo Teo:
"Tener y no tener" (1944), la libre adaptación que Howard Hawks realizó de la novela de Ernest Hemingway, supuso el regreso de Humphrey Bogart tras el enorme éxito de "Casablanca" (1942) y, al mismo tiempo, el nacimiento de una de las estrellas más fascinantes de la historia del cine: Lauren Bacall. Con apenas 19 años, la actriz debutó en la gran pantalla con una seguridad y un magnetismo que desmentían su inexperiencia, dando vida a un personaje cuya mezcla de inteligencia, ironía y sensualidad renovó el modelo de heroína del Hollywood clásico. La química entre ambos fue inmediata, tanto delante de la cámara como fuera de ella, hasta el punto de convertir su encuentro en uno de los episodios más célebres de la historia del séptimo arte.
Su posterior matrimonio consolidó una pareja que representó una nueva forma de romanticismo cinematográfico: menos idealizada, más cómplice y cimentada en la admiración mutua. Juntos protagonizaron algunos de los grandes clásicos del cine negro y proyectaron una imagen de elegancia, sofisticación y autenticidad que trascendió la pantalla. Con el paso del tiempo, Bogart y Bacall acabarían convirtiéndose en uno de los grandes mitos sentimentales de Hollywood, símbolo imperecedero de la edad dorada del cine.
Antes de conocer a Bogart, Bacall no era más que Betty Joan Perske, una joven neoyorquina de 19 años que intentaba abrirse camino como actriz mientras completaba sus escasos ingresos posando como modelo para revistas de moda.
Su destino cambió cuando Nancy "Slim" Hawks, la sofisticada esposa del director, descubrió una fotografía suya en la portada de Harper's Bazaar. Aquella imagen despertó de inmediato la curiosidad de Howard Hawks, que quiso conocer personalmente a la muchacha. Tras una prueba de cámara quedó convencido de que poseía un magnetismo fuera de lo común y le ofreció un contrato personal de siete años.
Hawks no pretendía transformarla físicamente. Al contrario, le cautivaban precisamente aquellos rasgos que otros productores habrían considerado defectos: las cejas espesas, los dientes ligeramente irregulares, el rostro anguloso y una belleza alejada de los cánones convencionales de la época. Su propósito era otro: convertirla en una estrella. Durante meses trabajó minuciosamente su forma de caminar, de moverse y de hablar; le enseñó a controlar cada gesto, a dominar la cámara y a proyectar una elegancia distante que terminaría convirtiéndose en una de sus señas de identidad.
Nancy Hawks completó aquella labor ayudándola a definir una imagen sofisticada que acabaría siendo una de las más imitadas del Hollywood clásico. También decidió cambiarle el nombre. Betty Bacall carecía del misterio y la sofisticación que buscaba para su nueva protegida. Lauren Bacall, en cambio, evocaba glamour incluso antes de aparecer en la pantalla.
Paradójicamente, Bacall nunca había sentido una admiración especial por Humphrey Bogart. Lo respetaba como actor, pero no lo consideraba especialmente atractivo. Cuando Hawks le comunicó que compartiría protagonismo con él, la noticia apenas alteró sus expectativas. El primer encuentro entre ambos, varios meses antes del inicio del rodaje, fue cordial y distante. Nada hacía presagiar que estaban a punto de protagonizar una de las grandes historias de amor de la historia del cine.
Todo cambió el primer día de rodaje. Bacall estaba aterrorizada. Era su primera película, apenas contaba con experiencia interpretativa y debía compartir plano con el actor más prestigioso del Estudio. Los nervios eran tan intensos que comenzó a temblar. Para evitar que el movimiento de la cabeza resultara visible ante la cámara, bajó ligeramente la barbilla mientras levantaba la mirada hacia Bogart. Sin proponérselo, acababa de crear "la mirada Bacall", uno de los gestos más icónicos de la historia del cine.
Bogart advirtió enseguida la inseguridad de aquella muchacha de 19 años y decidió ayudarla. Empezó a bromear entre toma y toma, a tranquilizarla y a protegerla de la enorme presión que suponía un debut de semejante magnitud. La relación profesional dio paso muy pronto a una complicidad cada vez más evidente. La química que cautivaba a la cámara era exactamente la misma que empezaba a surgir fuera del plató. Pocas semanas bastaron para que ambos comprendieran que se habían enamorado. Aquella historia, sin embargo, parecía condenada desde el principio.
Humphrey Bogart tenía 44 años, veinticinco más que Bacall, y seguía casado con su tercera esposa, la actriz Mayo Methot. Su matrimonio era uno de los más turbulentos de Hollywood. Ambos tenían serios problemas con el alcohol y las discusiones eran tan frecuentes como violentas, hasta el punto de que la prensa los bautizó como "los luchadores Bogart". Circulaban historias de muebles destrozados, cristales rotos e incluso de un supuesto intento de Methot de apuñalar a su marido durante una de aquellas explosivas peleas. Aunque el paso del tiempo engrandeció algunas de estas anécdotas, no hay duda de que la convivencia se había vuelto insostenible.
A las dificultades se sumaba la diferencia de edad. Bogart era incluso mayor que Natalie Weinstein, la madre de Lauren, que contemplaba aquella relación con lógica inquietud. Howard Hawks tampoco ocultó su decepción. Consideraba que Bacall era, en cierto modo, una creación suya y estaba convencido de que un romance con un actor casado y veinticinco años mayor podía arruinar una carrera que apenas acababa de despegar.
El director hizo cuanto estuvo en su mano para impedir aquella relación. Llegó a amenazar a Bacall con suspender su contrato y cederla a Monogram Pictures, un pequeño Estudio especializado en producciones de bajo presupuesto, si persistía en desafiar su autoridad. Incluso organizó una cena con Clark Gable con la esperanza de despertar el interés de la joven por un galán más conveniente. El plan estaba condenado al fracaso. Bacall solo tenía ojos para Bogart.
Mientras tanto, "Tener y no tener" llegó a las salas con un éxito rotundo. El público quedó cautivado por la mezcla de sensualidad, ironía y complicidad que irradiaban sus protagonistas. La escena en la que Bacall pronuncia la inolvidable frase "Si me necesitas, silba" pasó de inmediato a formar parte del imaginario del cine clásico. La crítica descubrió en aquella debutante una personalidad escénica distinta a cualquier otra actriz de su generación. Algunos la presentaron como la heredera de Greta Garbo, Marlene Dietrich, Katharine Hepburn o Mae West. En realidad, Lauren Bacall no se parecía a ninguna de ellas: había inaugurado un estilo propio.
Warner Bros. comprendió enseguida el extraordinario potencial comercial de aquella pareja y puso en marcha "El sueño eterno" (1946), una nueva adaptación literaria protagonizada por Bogart y Bacall. Aunque la película no llegaría a estrenarse hasta dos años después, durante su rodaje Hawks terminó por aceptar que había perdido el control sobre la vida de su protegida. Convencido de que Bacall había desafiado sus planes, renunció a seguir dirigiendo su carrera y permitió que pasara a formar parte del plantel estable de Warner Bros., donde iniciaría una nueva etapa profesional.
El 21 de mayo de 1945, apenas once días después de que Bogart obtuviera oficialmente el divorcio de Mayo Methot, la pareja contrajo matrimonio en una ceremonia íntima celebrada en la granja del escritor Louis Bromfield, en Ohio. Contra todos los pronósticos, aquella unión no fue un impulso pasajero, sino una de las relaciones más sólidas y admiradas del Hollywood clásico.
Su complicidad siguió alimentando la pantalla. Tras "Tener y no tener" y "El sueño eterno" volvieron a compartir protagonismo en "La senda tenebrosa" (1947), de Delmer Daves, y "Cayo Largo" (1948), dirigida por John Huston. Película tras película, el público terminó identificando a Bogart y Bacall como la pareja cinematográfica por excelencia: la encarnación de un amor adulto, elegante e inteligente, alejado de la convencionalidad romántica que había dominado el Hollywood de las décadas anteriores. La química que los había unido en su primer rodaje se convirtió en una de las imágenes más perdurables de la historia del cine.
Mientras tanto, Bacall tuvo que demostrar que su talento iba mucho más allá de la condición de esposa de Humphrey Bogart. El fracaso comercial de "Agente confidencial" (1945) y varios enfrentamientos con Jack Warner, motivados por su negativa a aceptar determinados papeles que consideraba poco interesantes, alimentaron una injusta reputación de actriz difícil. Aquella imagen, sin embargo, ocultaba una realidad muy distinta: Bacall era una intérprete exigente, consciente de su valía y decidida a no dejarse encasillar por el sistema de Estudios.
Con el paso de los años acabaría consolidando una carrera propia gracias a títulos tan destacados como "Cómo casarse con un millonario" (1953), junto a Marilyn Monroe y Betty Grable; "Escrito sobre el viento" (1956), de Douglas Sirk, o "Designios de mujer" (1957), junto a Gregory Peck. Sin renunciar nunca a la elegancia que había definido sus primeros papeles, fue ampliando su registro hasta demostrar que podía desenvolverse con la misma solvencia en el melodrama, la comedia sofisticada o el cine de autor.
Mientras su prestigio profesional crecía, su vida familiar parecía encontrar un equilibrio poco habitual en Hollywood. El matrimonio tuvo dos hijos, Stephen Humphrey Bogart y Leslie Howard Bogart, y durante doce años construyó una de las relaciones más admiradas de la industria.
En un mundo marcado por romances efímeros, divorcios y escándalos, Bogart y Bacall proyectaban la imagen de una pareja estable, unida por una complicidad que parecía fortalecerse con el paso del tiempo. Él solía reconocer que Lauren había transformado por completo su vida; ella, por su parte, siempre sostuvo que junto a Bogart había encontrado el amor y la serenidad que nunca había imaginado alcanzar siendo tan joven.
Aquella felicidad, sin embargo, resultó demasiado breve. A mediados de la década de 1950 Bogart comenzó a sufrir los primeros síntomas del cáncer de esófago que acabaría con su vida. A pesar de las operaciones y de los tratamientos a los que fue sometido, su estado fue deteriorándose progresivamente. Bacall permaneció a su lado durante toda la enfermedad, interrumpiendo compromisos profesionales para cuidar de él y acompañarlo hasta el final.
El 14 de enero de 1957, Humphrey Bogart falleció en su casa de Los Ángeles a los 57 años. Lauren Bacall tenía solo 32. Su muerte puso fin a uno de los matrimonios más emblemáticos del Hollywood clásico y dejó a la actriz enfrentándose a un desafío inesperado: construir una nueva etapa personal y profesional sin el hombre con el que el público la identificaba de forma casi inseparable.
Durante años la prensa la presentó, por encima de cualquier otro mérito, como "la viuda de Bogart", una etiqueta que siempre rechazó. Consideraba profundamente injusto que una carrera iniciada antes de su matrimonio y sostenida durante décadas pudiera resumirse en una condición personal. "Ser viuda no es una profesión", repetiría en más de una ocasión, reivindicando el derecho a ser reconocida por su propio trabajo y no únicamente por el recuerdo del hombre al que había amado.
Poco después de la muerte de Bogart inició una relación con Frank Sinatra. El vínculo entre ambos fue intenso y durante un tiempo llegaron incluso a plantearse el matrimonio. Sin embargo, la poderosa columnista Louella Parsons hizo pública la noticia antes de que la pareja quisiera anunciarla. Sinatra, que detestaba las filtraciones sobre su vida privada, interpretó aquella indiscreción como una traición y dio por terminada la relación. Bacall siempre lamentó que un romance que había nacido con sinceridad terminara desmoronándose por la presión mediática.
Años más tarde encontró una nueva oportunidad junto al actor Jason Robards. Se casaron en 1961 y tuvieron un hijo, Sam Robards. Sin embargo, la convivencia estuvo marcada por los problemas de alcoholismo del actor y acabó desembocando en un divorcio en 1969. Aquella segunda experiencia matrimonial confirmó que la felicidad que había conocido junto a Bogart resultaría difícil de repetir.
Lejos de quedar anclada en el recuerdo de sus años dorados, Bacall supo reinventarse. Encontró en el teatro una segunda juventud artística y demostró un talento que hasta entonces había permanecido parcialmente oculto para el gran público. Ganó dos premios Tony gracias a sus interpretaciones en los musicales "Aplauso" (1970) y "La mujer del año" (1981), consolidándose también como una de las grandes figuras de Broadway.
Al mismo tiempo continuó desarrollando una sólida carrera cinematográfica, alternando producciones comerciales con proyectos más personales. Participó en películas tan diversas como "Misery" (1990), de Rob Reiner; "El amor tiene dos caras" (1996), dirigida y protagonizada por Barbra Streisand; la producción española "El celo" (1999), dirigida por Antoni Aloy; "Dogville" (2003), de Lars von Trier; o "Reencarnación" (2004), de Jonathan Glazer,
Aquella longevidad artística confirmó que su prestigio no dependía únicamente del mito construido junto a Bogart, sino de un talento capaz de adaptarse a épocas y cinematografías muy distintas. Recibió la única nominación al Oscar de toda su carrera por "El amor tiene dos caras" (1996). Era la gran favorita para alzarse con la estatuilla, pero el premio terminó recayendo en Juliette Binoche por "El paciente inglés", uno de los desenlaces más inesperados que recuerdan los premios de la Academia. Trece años después Hollywood corrigió, al menos en parte, aquella deuda histórica concediéndole el Oscar honorífico en reconocimiento al conjunto de una trayectoria excepcional.
Lauren Bacall falleció el 12 de agosto de 2014, a los 89 años. Habían transcurrido siete décadas desde que una joven debutante, aterrorizada por los nervios, bajó ligeramente la cabeza para ocultar el temblor mientras levantaba la mirada hacia su compañero de reparto. Aquel gesto espontáneo dio origen a "la mirada Bacall" y marcó el comienzo de una de las carreras más elegantes de la historia del cine.
Con el paso del tiempo, Humphrey Bogart y Lauren Bacall dejaron de ser únicamente dos grandes estrellas para convertirse en un símbolo de la edad dorada de Hollywood. Su historia reúne todos los ingredientes de una gran ficción: un encuentro fortuito, un amor improbable, obstáculos, éxito, tragedia y un legado perdurable; pero tuvo la virtud de ser real. Quizá por eso continúa fascinando a nuevas generaciones de espectadores.
Porque, más allá del glamour, los mitos o las películas que compartieron, representaron algo extraordinariamente infrecuente en la industria del cine: la unión entre una pareja inolvidable en la pantalla y un amor auténtico fuera de ella. Y porque, como sugería la frase que los hizo inmortales en "Tener y no tener", a veces basta un simple silbido para que una historia permanezca para siempre.
Mary Carmen Rodríguez


































