La extraña ausencia editorial de la novela de Martin Bora ambientada en nuestra Guerra Civil
Antes de abordar la novela de Ben Pastor, conviene recordar que la Guerra Civil española fue internacional tanto en los frentes como en libros y pantallas. La presencia de combatientes y corresponsales extranjeros convirtió España en un anticipo del futuro, mientras el cine interpretaba el conflicto como cruzada antifascista, tragedia, derrota revolucionaria, exilio o relato de fantasmas.
"Tierra de España" (1937), de Joris Ivens, vinculó la defensa republicana con la tierra y la supervivencia campesina, usando la cámara como arma política. Hollywood fue más cauteloso en "Bloqueo" (1938), de William Dieterle, que transformó la guerra en melodrama de amor, espionaje y hambre sin identificar claramente a los bandos. "Sierra de Teruel" (1939), de André Malraux y Max Aub, filmada durante la contienda, construyó una épica colectiva cuyo montaje original fue recuperado en Cannes Classics. "Por quién doblan las campanas" (1943), de Sam Wood, popularizó una visión romántica de guerrilleros y extranjeros dispuestos a sacrificarse por la República.
Después, el cine atendió a las consecuencias. "Morir en Madrid" (1963) convirtió la guerra en elegía; "Y llegó el día de la venganza" (1964) retrató al guerrillero exiliado; y "La guerra ha terminado" (1966) mostró la clandestinidad antifranquista como una vida de identidades falsas y espera interminable.
"Tierra y libertad" (1995), de Ken Loach, recuperó los debates sobre revolución, colectivización y estalinismo. Finalmente, Guillermo del Toro llevó la memoria al fantástico: "El espinazo del diablo" (2001) y "El laberinto del fauno (2006) convierten bombas, fantasmas y monstruos en símbolos de un pasado que continúa habitando edificios, cuerpos y relatos.
Es sencillo reconocer la constante. El cine y la literatura internacionales han utilizado la Guerra Civil española para preguntarse por la relación entre compromiso y propaganda, entre idealismo y derrota, entre verdad histórica y relato. Todos terminan enfrentados a la misma pregunta: qué queda cuando los partidos y los ejércitos deciden que la verdad resulta inconveniente.
En esa tradición exterior se inscribe también "La canción del caballero". Ben Pastor sustituye al brigadista romántico por un joven oficial alemán del bando franquista y elige como centro moral no una batalla, sino el cadáver imposible de Federico García Lorca. Su novela comparte con las mejores historias internacionales sobre la guerra una intuición esencial: España no es un decorado exótico ni un paréntesis antes de la Segunda Guerra Mundial. Es el lugar donde Europa comenzó a contemplar, todavía sin comprenderla del todo, la clase de oscuridad que se aproximaba.
Acabo de terminar, en italiano, "La canzone del cavaliere", y la lectura completa me ha devuelto a uno de esos misterios editoriales que terminan siendo casi tan desconcertantes como los crímenes investigados en las propias novelas. Entre los seguidores de Martin Bora, entre los que me cuento, ninguna ausencia resulta tan cercana y tan difícil de comprender como la de la entrega que traslada al protagonista a la Guerra Civil española y convierte el asesinato de Federico García Lorca en el centro de una ficción policial, histórica y moral.
El vacío contiene una ironía difícil de pasar por alto. Los lectores españoles hemos podido acompañar a Bora por la Polonia ocupada, la Unión Soviética, Creta, Francia, Alemania y la Italia de los últimos años de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la novela en la que el personaje pisa nuestro territorio, combate junto al bando franquista, recorre los alrededores de Teruel y comienza a descubrir el precio de la obediencia continúa inédita en castellano. Una de las novelas esenciales para comprender la formación moral de Martin Bora puede leerse en inglés y en italiano, pero no en la lengua del país en el que transcurre.
La novela ocupa una posición peculiar dentro de la serie. Su acción se sitúa antes que la mayoría de las aventuras de Bora. En julio de 1937, el futuro oficial de la Wehrmacht es todavía un joven teniente alemán que se ha presentado voluntario para combatir junto a las fuerzas franquistas. Destinado en Riscal Amargo, una posición perdida en la sierra de San Martín, vive la guerra como una peligrosa combinación de deber, aventura, cultura clásica, disciplina militar y fascinación por la muerte.
El Bora que encontramos aquí todavía puede contemplarse a sí mismo como un caballero. Lee a Lorca, dibuja, escribe un diario, cita a Homero, cree en el honor militar y siente vergüenza cuando un superior lo reprende. Todavía imagina que la limpieza de las intenciones puede protegerlo de la suciedad de los hechos. España será el lugar donde esa confianza empiece a resquebrajarse.
La novela arranca el 13 de julio de 1937, cuando Bora encuentra un cadáver en una cañada cercana a la sierra. Antes de saber quién es, percibe ya la muerte en el paisaje. El cuerpo está junto al camino de herradura, despojado de zapatos y documentos, con los pantalones manipulados y una fotografía diminuta que los asesinos no han descubierto en el bolsillo. A su alrededor quedan objetos dispersos y un casquillo. Ese único casquillo será importante porque, al otro lado del frente, un informador sostiene que aquella noche se escucharon dos disparos. El muerto resulta ser Federico García Lorca.
Ben Pastor altera deliberadamente la historia conocida. Imagina que el poeta no murió en agosto de 1936 cerca de Granada, sino que logró escapar, permaneció escondido durante casi un año y terminó refugiándose en Teruel con unos parientes. Desde allí mantenía contactos clandestinos, se reunía con su antiguo amigo Francisco Soler y buscaba una salida que podía conducirlo hacia la sierra y el territorio republicano.
No estamos, por tanto, ante una reconstrucción documental del asesinato de Lorca, sino ante una especulación literaria levantada alrededor de uno de los grandes vacíos de la historia española. El cuerpo del poeta nunca apareció, y Ben Pastor convierte esa ausencia en una posibilidad narrativa: ¿Y si la versión aceptada de su muerte hubiera servido precisamente para ocultarlo durante un tiempo? ¿Y si, después de sobrevivir a Granada, hubiera encontrado la muerte en otro lugar, a manos de alguien que no podía permitirle seguir escribiendo?
La autora no se limita a utilizar el nombre de Lorca como reclamo. Su poesía atraviesa el libro. Bora lee sus versos, los recuerda en momentos decisivos y acaba construyendo una relación íntima con un muerto al que nunca llegó a conocer. El poeta se transforma para él en una presencia moral. La investigación nace del cadáver, pero crece alimentada por la palabra escrita.
Bora comprende gradualmente que puede llorarse de manera especialmente pura a una persona que nunca se conoció, porque ese duelo no ha sido alterado por decepciones, discusiones ni recuerdos triviales. En el epílogo, ya en Polonia en septiembre de 1939, seguirá pensando en Lorca y en una tumba suspendida entre la sierra y el cielo.
La investigación, sin embargo, no está construida únicamente con intuiciones poéticas. Funciona a través de elementos muy concretos: el casquillo encontrado junto al cuerpo; los dos disparos escuchados por un arriero; la fotografía oculta en el bolsillo; un libro de Lorca en la habitación de Bora; un automóvil Ansaldo alquilado para un supuesto viaje nocturno a Alfambra; una página arrancada del registro del garaje; un Fiat 509 con el parabrisas destrozado; el cuentakilómetros; una llave depositada en una cesta antes de las cuatro de la madrugada; el cadáver de Soler; y el detalle, ocultado inicialmente a Bora, de que al arquitecto no solo le dispararon en la cabeza, sino también en los genitales.
Esa última mutilación funciona como una firma. El crimen no responde únicamente al miedo político, sino también al odio sexual, a la voluntad de castigar aquello que el asesino considera una desviación. La investigación conduce hasta los años de seminario de Soler y de otro muchacho expulsado junto a él, y hasta una obra teatral de Lorca que habría incluido "seminaristas afeminados" y "mariquitas de uniforme". La ficción artística se convierte así en amenaza: no porque reproduzca necesariamente unos hechos concretos, sino porque alguien teme reconocerse en ella.
Uno de los mayores aciertos de la novela está en que la solución no aparece como una revelación repentina, sino como una reconstrucción material. Bora dibuja círculos y rectángulos sobre una hoja delante de Cziffra. Coloca en el centro a Lorca y alrededor a Cadena, Soler, los automóviles y el militar sospechoso. Dobla después el papel hasta convertirlo en un avión.
Mientras él reconstruye el asesinato, Cziffra desayuna chocolate con churros y escucha con una indiferencia que resulta casi más inquietante que el crimen. Esa escena resume muy bien una de las ideas esenciales del libro: la verdad puede descubrirse y, aun así, no producir justicia. Bora reúne una explicación convincente de lo sucedido. Ese es el aprendizaje español de Bora: descubrir la verdad no significa poseerla, y poseerla no garantiza que pueda utilizarse.
Al otro lado del frente se encuentra Philip Walton, estadounidense, veterano de la Primera Guerra Mundial, antiguo activista y comandante de un pequeño grupo republicano. Walton conoció a Lorca en Estados Unidos, en un lugar próximo a la frontera canadiense llamado Eden. El nombre es deliberadamente irónico, porque la vida de Walton parece marcada por la expulsión continua de todos los paraísos posibles.
Walton no funciona como simple contrapunto ideológico de Bora. Es uno de los personajes más complejos de la novela. Tiene más edad, más experiencia y muchas más derrotas. Cree cada vez menos en las ideologías, aunque continúa combatiendo. Para él, la vida es un pasillo de puertas que se abren, se atraviesan y se cierran. Algunas se cierran con violencia; otras se atrancan. Con los años uno se cansa de escoger puertas. Bora lo envidia precisamente por aquello que Walton considera una carga: la edad y la experiencia.
La aproximación entre ambos es lenta, violenta y llena de desconfianza. La pelea no elimina la hostilidad. La transforma. Los dos se reconocen como hombres interesados en la misma muerte y separados por casi todo lo demás. Walton conoció al poeta; Bora solo ha leído sus obras. Walton considera que Federico habría despreciado a un militar fascista. Bora replica que quizá él esté más cerca del poeta porque comprende el dolor de España contenido en sus versos.
La novela no incurre en la comodidad de presentar la Guerra Civil como una simple tragedia simétrica en la que las ideologías carecen de importancia. Walton y Bora continúan perteneciendo a bandos enemigos. Lo que aparece entre ellos es una tregua privada al servicio de la verdad.
Ambos llegan incluso a prometerse una sepultura digna si alguno cae en manos de los hombres del otro. La promesa parece entonces una formalidad de jóvenes o de hombres que todavía pueden hablar de la muerte sin tenerla encima.
Walton, además, permite a Ben Pastor introducir una visión nada romántica de las Brigadas Internacionales. El grupo republicano no es una fraternidad ideal. Está formado por hombres cansados, celosos, enfermos, violentos y desconfiados. El propio Walton se enfrenta a la desobediencia y la hostilidad de Maetzu, que no acepta su trato con el enemigo. La tregua con Bora amenaza su autoridad dentro del grupo. La búsqueda del asesino de Lorca, que debería unirlos, crea una nueva fractura.
Junto a Bora y Walton aparece Remedios, uno de los personajes más enigmáticos de la novela. Vive en Mas del Aire, en una casa apartada de la sierra, y los hombres la consideran bruja. Es coja, pequeña, pelirroja, sexualmente libre y conocedora de plantas y remedios. Tanto Bora como Walton mantienen relaciones con ella, y ese vínculo alimenta sus celos y su enfrentamiento.
Pero Remedios no es un simple objeto de rivalidad masculina. Es quien domina verdaderamente las relaciones. Se entrega cuando quiere, se distancia cuando quiere y parece conocer por anticipado el destino de los hombres. A Walton le enseña una forma de controlar el cuerpo durante el acto sexual. A Bora le enseña, según reconocerá él mismo años después, qué significa amar a una mujer.
Cuando Bora le pregunta si morirá en la guerra, Remedios levanta siete dedos. No aclara si se trata de días, meses o años. Bora empieza a contar. Primero los siete días. Después los siete meses. En 1939, Bora todavía se pregunta si su propia fecha será 1944. Se consuela pensando que para entonces la guerra habrá terminado. El lector de la serie sabe que esa esperanza es terriblemente ingenua. Bora todavía puede creer que se casará, que la guerra terminará, que los servicios de inteligencia persiguen una verdad útil y que la muerte quizá respete algún tipo de orden.
La publicación española de "La canción del caballero" obligaría también a afrontar una paradoja incómoda. Martin Bora es uno de los personajes más complejos de la novela negra histórica europea, pero no deja de ser un militar alemán que en 1937 combate junto a los sublevados. En otros escenarios, la distancia histórica y geográfica facilita la lectura. Podemos observar al Bora destinado en Rusia o Polonia como un personaje trágico encerrado en las contradicciones del ejército alemán. Cuando llega a España, esa distancia desaparece.
Bora está sometido al coronel Serrano, oficial orgulloso y autoritario que llega a abofetearlo cuando el joven teniente acusa al Ejército nacionalista de obstaculizar la justicia en la muerte de Lorca. La bofetada resulta especialmente humillante porque nadie había golpeado antes a Bora de ese modo, ni su madre ni su padrastro. El conflicto no es solo político. Es moral y generacional.
Bora descubre que el ejército al que sirve puede proteger a un asesino por conveniencia, del mismo modo que Cziffra puede utilizarlo, estimular su curiosidad y retirarle el apoyo en cuanto la investigación amenaza intereses más amplios. Cziffra es una figura especialmente reveladora. Bora cree que Lorca trabajaba para él, que existía un expediente importante y que la Abwehr había salvado al poeta en Granada por alguna razón secreta.
Ben Pastor destruye cualquier visión romántica de la contienda. Su España no es la postal de Hemingway ni una escenografía de consignas. Es un territorio físico de calor, polvo, barro, mulas, moscas verdes, cementerios, barrancos, automóviles averiados, cadáveres en descomposición y pequeñas posiciones militares separadas por un frente que unas veces parece inmóvil y otras puede matar en segundos.
El paisaje tiene una presencia constante. Riscal Amargo, Mas del Aire, la cañada de los Zagales, El Palo de la Virgen y San Martín de la Sierra no son simples nombres pintorescos. Forman una geografía moral. La casa de Remedios parece situada fuera del tiempo. El cementerio de Castellar es el lugar donde Bora y Walton se miden, se golpean y empiezan a confiar el uno en el otro. La curva del camino donde aparece Lorca conserva el susurro de las cañas y la posibilidad de que el crimen vuelva a producirse.
Incluso Teruel aparece convertida en un cuerpo. Sus torres mudéjares se elevan como brazos vestidos de brocado. Las calles estrechas pueden encerrar una amenaza. El monasterio de Santa Clara parece una fortaleza cuando Bora lo contempla en 1937 y termina convirtiéndose en refugio durante el asedio de 1938.
Después de leer la novela, se entiende todavía menos que permanezca inédita en castellano. La trayectoria española de Ben Pastor ayuda a comprender, aunque no explica completamente, el vacío. Sus libros no han mantenido una continuidad sencilla bajo un mismo sello. Algunas novelas aparecieron en Salamandra, otras estuvieron vinculadas a RBA y Alianza Editorial ha recuperado posteriormente una parte importante de la serie.
Alianza Editorial ha publicado "Lumen", "Cielo de plomo", "El camino a Ítaca", "Los pequeños incendios", "La noche de las estrellas fugaces" y "Luna mentirosa". Ese esfuerzo merece ser reconocido. Sin Alianza Editorial, el acceso en castellano a Martin Bora sería todavía más fragmentario. Pero el criterio seguido no coincide completamente ni con el orden de escritura ni con la cronología interna del personaje. El lector salta de un frente a otro y de una etapa de la vida de Bora a otra, mientras piezas fundamentales permanecen sin traducir.
Es posible que la explicación se encuentre en lo que podríamos llamar fatiga de derechos. Cuando una serie pasa por distintas editoriales, agentes y contratos territoriales, cada título puede estar sometido a condiciones diferentes. Comprar una novela no garantiza necesariamente el acceso a todas las demás. También puede ocurrir que los derechos de ciertos libros sean más caros, estén comprometidos previamente o resulten menos atractivos para el departamento comercial.
A ello se suma el problema de las ventas. Martin Bora es un personaje de culto, pero no parece haber alcanzado en España la difusión masiva de Bernie Gunther, el investigador alemán de Philip Kerr con el que suele comparársele. Los libros de Pastor son exigentes, psicológicos y densos. La reconstrucción histórica no funciona como simple decoración, sino que forma parte de la investigación y de los conflictos morales.
Traducir una novela de estas características exige tiempo, documentación y un profesional capaz de desenvolverse entre vocabulario militar, referencias históricas, poesía, expresiones españolas e italianas, cartas, diarios y cambios de registro. Sin conocer los contratos ni las cifras de ventas, no puede afirmarse que el coste haya impedido la publicación. Pero resulta razonable pensar que una editorial evalúa esa inversión frente al número previsible de ejemplares vendidos.
Otra posible explicación es la supuesta saturación del mercado español. Desde hace décadas, la Guerra Civil y la posguerra ocupan una parte considerable de nuestra narrativa. Los editores pueden temer que una nueva novela sobre el conflicto pase inadvertida, especialmente cuando está escrita por una autora extranjera que no es todavía un nombre de ventas masivas en España.
También aquí conviene ser prudentes. No existe nada que relacione la ausencia de "La canción del caballero" con un cansancio del público. Además, la realidad comercial desmiente periódicamente la idea de que la Guerra Civil haya dejado de interesar. Lo agotado no es necesariamente el tema, sino determinados tratamientos repetitivos.
La novela de Ben Pastor ofrece precisamente aquello que podría diferenciarla: una mirada exterior; un protagonista alemán que aún no conoce el nazismo en toda su dimensión; dos investigadores pertenecientes a bandos enemigos; una mujer convertida en oráculo y frontera sexual; una investigación construida con automóviles, casquillos, páginas arrancadas y poemas; y una reflexión sobre un crimen cuya verdad puede conocerse sin que llegue a producir justicia.
Más que otra novela sobre la Guerra Civil, "La canción del caballero" es una historia sobre la fabricación de la conciencia de un hombre. España es el lugar donde Bora comienza a comprender que la verdad puede resultar incompatible con la victoria, que una institución puede exigir lealtad mientras protege un crimen y que el honor individual sirve de poco cuando se pone al servicio de una estructura injusta.
La publicación en castellano no debería plantearse como una concesión minoritaria a unos cuantos coleccionistas. El libro posee argumentos comerciales evidentes: la Guerra Civil, Federico García Lorca, Teruel, el origen de un personaje consolidado y la comparación inevitable con Philip Kerr. Pero, por encima de esos reclamos, contiene algunas de las mejores explicaciones del personaje.
Aquí sabemos por qué Bora seguirá investigando asesinatos incluso cuando sus superiores preferirían que no lo hiciera. Sabemos de dónde procede su atracción por los muertos sin justicia. Sabemos que una mujer llamada Remedios le enseñó a amar. Sabemos que un brigadista llamado Philip Walton le enseñó a respetar el valor del enemigo. Sabemos que el asesinato de un poeta le enseñó que descubrir la verdad y poder pronunciarla son cosas muy distintas.
Traducir esta novela permitiría ordenar al menos una parte del desconcertante mapa español de la serie. Quienes llegaron a Bora a través de "Lumen" o "Cielo de plomo" podrían conocer el episodio que precede a sus grandes conflictos europeos. Los nuevos lectores tendrían una puerta de entrada cercana y reconocible. Y Ben Pastor recibiría en España una atención comparable a la obtenida en Italia, donde Sellerio ha recuperado sistemáticamente sus novelas.
Mientras eso no ocurra, el lector español se encuentra ante una situación paradójica. Puede leer cómo Bora recuerda las consecuencias de sus guerras, pero no la novela que muestra una de las primeras. Puede observar su desengaño, pero no asistir al momento en que comienza. Puede acompañarlo a través de media Europa, pero debe cambiar de idioma precisamente cuando el personaje llega a España.
Las editoriales trabajan con contratos, previsiones y hojas de cálculo. Es comprensible. Pero una colección también establece un compromiso narrativo con sus lectores. Cuando se publica una serie tan dependiente de la evolución moral de su protagonista, cada ausencia altera el retrato completo.
"La canción del caballero" no es un apéndice pintoresco ni una excursión española de Martin Bora. Es una pieza central de su biografía. Es la novela en la que un joven voluntario llega a España creyendo que todavía puede elegir la guerra como quien elige una aventura y termina comprendiendo que una puerta, como decía el Lorca recordado por Walton, no es verdaderamente una puerta hasta que hacen pasar por ella a un muerto.
Y es también la historia en la que Bora aprende que, antes de decidir por qué causa está dispuesto a morir, debería preguntarse a qué clase de verdad será capaz de sobrevivir.
Carlos López-Tapia
































