"La verdad oculta de Walter Andretti"

"La verdad oculta de Walter Andretti"

1 Sarcofago2 Sarcofagos3 Sarcofagos4 Sarcofagos5 Sarcofagos (Sin votaciones)
Cargando...

Deja tu comentario >>

El cine ha contado muchas veces la grieta que se abre cuando la verdad y la justicia no caminan al mismo paso. En "Doce hombres sin piedad" (1957), una duda razonable salva una vida; en "Zodiac" (2007), el archivo se convierte en una obsesión interminable; en "Spotlight" (2016), el periodismo demuestra que los papeles, cuando alguien se atreve a leerlos de nuevo, pueden hacer temblar instituciones enteras; y en "El secreto de sus ojos" (2009), la memoria de un crimen se resiste a quedar encerrada en un expediente. "La verdad oculta de Walter Andretti", de Antonio Manzini, pertenece a esa misma familia moral: historias donde el pasado no está muerto, sólo mal archivado, y donde cada documento puede esconder una forma de justicia que no llegó a tiempo.

Título: "La verdad oculta de Walter Andretti"

Autor: Antonio Manzini

Editorial: Salamandra                    

Antonio Manzini ha hecho algo arriesgado. Después de haber levantado un territorio propio con Rocco Schiavone, ese policía romano lleno de hielo por fuera y heridas por dentro, se permite salir de la serie, cambiar de mundo y entrar en una novela donde la investigación no nace en una comisaría, sino en un archivo judicial. Y ese desplazamiento es decisivo. Aquí no manda la persecución inmediata, ni la intuición policial, ni la escena del crimen como espectáculo, aunque naturalmente la haya y resulte muy visual. Aquí manda el papel. El expediente. La balda. El sótano. La sentencia que alguien dio por buena y que, años después, sigue oliendo a error.

El libro homenajea al periodismo tradicional que resiste, pero tiene bastante más que eso. Además, funciona muy bien la propuesta de manejar a dos personajes casi al unísono, que al principio parecen moverse en mundos separados.

Walter Andretti es periodista, pero no exactamente el periodista heroico, arriesgado física o moralmente, comprometido con la verdad que la ética de la profesión, y sobre todo su épica, casi exige. Viene de deportes, y eso deja demasiada huella, se le nota en la manera de mirar la vida: cada conversación es una jugada, cada respuesta de su jefa es un contraataque, cada fracaso tiene algo de balón al larguero.

Lo han mandado a sucesos y todavía no domina ese terreno. No sabe bien cómo acercarse a un cadáver, a un padre de víctima, a un expediente penal. Esa torpeza inicial es uno de los aciertos del libro, porque Manzini entiende que el oficio suele empezar con cansancio, con vergüenza, con obediencia y con la sensación de estar llegando tarde.

El otro protagonista, Carlo Cappai, es mucho más inquietante. Trabaja como archivero en el juzgado penal de Bolonia. Vive solo, corre una hora cada mañana, desayuna siempre igual, baja al archivo, se mueve entre estanterías numeradas y vuelve a una casa antigua, cerrada, casi fúnebre. Parece un funcionario gris, uno de esos hombres que podrían desaparecer de una habitación sin que nadie lo notase.

Pero Manzini convierte esa grisura en amenaza. Cappai conoce los expedientes como otros conocen las calles de su infancia. Sabe dónde está cada proceso, qué balda lo guarda, qué sentencia lo cerró, qué acusado fue absuelto y qué víctima quedó sin respuesta. En su cabeza, los papeles hablan. Algunos susurran. Otros chillan.

Ahí está el gran motor moral de la novela. Donde el Estado ve un procedimiento terminado, Cappai ve una culpabilidad pendiente. Donde una sentencia escribe "absuelto", él lee otra palabra más turbia: protegido, favorecido, salvado por un abogado brillante o por una familia poderosa. No es un detective aficionado clásico, ni un policía retirado, aunque estuvo dos años en el cuerpo; ni un abogado vengador romántico, aunque estudiara Derecho. Es algo más atractivo: un funcionario invisible que ha pasado demasiados años escuchando el ruido de la maquinaria judicial y ha llegado a la conclusión de que esa maquinaria falla. Y de que alguien debe corregirla.

Bolonia aparece como resonancia. Manzini la usa: por arriba hay vida ordinaria; por abajo, archivos, expedientes, nombres, desapariciones, absoluciones y culpas mal enterradas. Ese mundo judicial y periodístico está descrito con una precisión que da mucha fuerza al libro. La redacción de Walter es pequeña, con mucho ruido si están todos. La "cabrona" es una jefa que aprieta. Siempre hay prisa y los titulares se escriben antes de entender del todo los hechos. El archivo de Cappai, en cambio, tiene lentitud, polvo y una paciencia casi enfermiza. Entre esos dos ritmos se mueve la novela.

La trama arranca con un crimen seco y eficaz. Flavio Zigon, en su coche, en una zona apartada, con Lubabah, una prostituta nigeriana. La escena es brutal, pero no porque se extienda morbosamente en la descripción. Manzini construye desde la humillación, el desprecio y el miedo. Zigon es racista, vulgar, abusivo. Lubabah está allí como tantas mujeres en los márgenes: expuesta, sola, sin protección verdadera. De pronto, se abre una puerta...

Zigon, años atrás, había sido acusado de asesinar a su ex pareja, muerta a cuchilladas en su casa. Fue absuelto. Y ahí empieza el verdadero interés del libro. Walter investiga el pasado de Zigon desde el periodismo; Cappai parece haberlo investigado antes desde el archivo. Uno llega tarde; el otro lleva años esperando. Uno busca una noticia; el otro una reparación. La pregunta que se abre es incómoda: si Zigon mató y la justicia no pudo demostrarlo, ¿qué hacemos con esa verdad que no cabe en una sentencia?

Lo mejor de Manzini es que no convierte esa pregunta en una simple fantasía de venganza. La novela no dice: la justicia oficial falla, así que bendigamos al justiciero. Sería demasiado fácil. Lo que hace es más perturbador. Nos obliga a comprender la lógica de Cappai y, al mismo tiempo, a desconfiar de ella. Queremos que alguien escuche a los muertos. Queremos que las víctimas no queden reducidas a un expediente polvoriento. Queremos que los culpables no se libren por dinero, por contactos o por una defensa astuta. Pero también sabemos que, cuando un hombre decide convertirse él solo en juez, fiscal y verdugo, algo monstruoso acaba naciendo. Vale, queremos y sabemos... ¿Y entonces?

La estructura de pareja ayuda mucho. La voz de Walter tiene ironía, inseguridad y una tristeza muy humana. Es un hombre abandonado, algo ridículo, vulnerable, con una jefa que lo somete a una presión constante y con una vida sentimental que se le ha quedado enganchada en el pasado. Cappai, en cambio, está contado con una frialdad que inquieta. Su rutina es monástica. Su casa es una prolongación de su mente: habitaciones cerradas, polvo, humedad, una chimenea que puede hacer desaparecer papeles, un despacho prohibido donde nadie entra. Pero Cappai no es una máquina. Es un hombre roto que ha convertido su daño en método.

También interesa la dimensión periodística. Walter no descubre la verdad por genialidad, sino porque se ve obligado a mirar más de lo que miraría de forma natural. La novela reivindica, sin discursos solemnes, la importancia de leer papeles, cotejar datos, volver al caso antiguo, preguntar a quienes ya hablaron y desconfiar de las versiones cómodas. En tiempos de titulares veloces, Manzini escribe una novela sobre el detalle. Sobre lo que queda en la esquina de una declaración, en una contradicción menor, en una fecha, en una coartada demasiado perfecta.

Por eso "La verdad oculta de Walter Andretti" me parece una novela tan recomendable. Tiene intriga, tiene personajes y tiene mundo. Pero, sobre todo, tiene una pregunta que permanece después de cerrar el libro. Es un "noir" oscuro, inteligente y melancólico, con olor a papel viejo y café de redacción. Un libro que demuestra que Manzini no necesitaba repetir a Schiavone para seguir siendo Manzini. Le ha bastado bajar un piso, apagar un poco la luz y abrir un expediente. En Italia, un bombazo, claro.

Pero la pregunta de Manzini no es italiana, ni pertenece sólo a la literatura. En España, en Europa, en cualquier país donde la justicia se presenta como último refugio de la igualdad, la confianza en jueces, fiscales y tribunales se ha convertido en una cuestión central. La Comisión Europea señalaba en su último Eurobarómetro sobre independencia judicial que el 54% de los ciudadanos de la Unión considera buena la independencia de jueces y tribunales en su país, pero un 36% la juzga mala. No es una ruina total, pero tampoco una fiesta de confianza. La justicia todavía sostiene una parte importante de su prestigio, aunque ya no puede darlo por descontado.

España no aparece bien situada en esa fotografía. Según los datos recogidos por el EU Justice Scoreboard y citados estos días en los medios españoles, se sitúa en la parte baja de la tabla europea en percepción de independencia judicial, sólo por delante de Bulgaria, Hungría, Eslovaquia, Chipre y Croacia. Además, un 44% de quienes desconfían atribuye esa falta de imparcialidad a la injerencia o presión de partidos políticos y del Gobierno.

El CIS tampoco ofrece un paisaje cómodo. En la Encuesta de Calidad de la Democracia publicada en abril de 2025, el nivel de confianza en los tribunales se quedaba en un 4,76 sobre 10. Casi nueve de cada diez españoles creían que la Justicia no trata igual a un político que a un ciudadano corriente, y ocho de cada diez dudaban de la neutralidad de los magistrados en las causas que afectan a partidos.

La encuesta más reciente para la Cadena SER y El País, publicada este mes, afina todavía más el malestar. Para ocho de cada diez consultados, la Administración de Justicia es lenta. Un 60% cree que se deja influir por poderes económicos. Y una mayoría piensa que los jueces no actúan siempre de manera honesta, competente e imparcial, o que algunos de ellos toman decisiones guiadas por sus propias ideas políticas. La misma encuesta sitúa la idea de "lawfare", o utilización estratégica de los procesos judiciales, por encima del 65% de reconocimiento entre los encuestados.

Aquí es donde una novela como la de Manzini deja de ser sólo entretenimiento. Porque el problema no consiste en que la gente quiera vengadores. El problema empieza antes: cuando una parte importante de la ciudadanía sospecha que los expedientes no siempre se cierran porque se haya hecho justicia, sino porque el sistema se ha cansado, porque alguien ha tenido más recursos, porque la instrucción ha sido torpe, porque la prueba no ha llegado, porque el tribunal ha mirado de una manera y no de otra. La justicia penal no puede condenar sospechas, ni intuiciones, ni verdades morales mal probadas. Pero la sociedad tampoco olvida fácilmente cuando percibe que una sentencia se ha quedado corta o que la vida de una víctima ha valido menos que el futuro del culpable.

España tiene ejemplos recientes de esa realidad. El caso de Nagore Laffage sigue siendo uno de ellos. José Diego Yllanes Vizcay fue condenado a 12 años y 6 meses de prisión por matar a Nagore, el 7 de julio de 2008 en Pamplona. Después llegó la parte que para mucha gente resulta insoportable: en 2017 obtuvo el tercer grado, con régimen de semilibertad, y en marzo de 2018 se informó de que ya estaba en libertad condicional. Había una condena, había culpabilidad probada, había prisión. El homicida ha pagado legalmente. Hoy ejerce la psiquiatría en una clínica privada y aspira a que su nombre y su historia desaparezcan de Internet. Un juez ha rechazado su petición. Quedó esa sensación social de desproporción entre el horror cometido y el tiempo real de encierro.

Manzini no escribe sobre Yllanes, ni sobre España, ni sobre nuestras encuestas. Pero escribe sobre lo que podría ocurrir si alguien concretara esa decepción en acción. Hay en este caso un lugar exacto donde un archivo judicial se vuelve moralmente inflamable. El lugar donde la sentencia dice una cosa y la conciencia pública escucha otra: injusticia. Cappai es peligroso porque cruza la línea. Pero la novela sería mucho menos inquietante si no entendiéramos por qué alguien llega a pensar que esa línea ya la cruzó antes el propio sistema.

La confianza en la justicia no se sostiene sólo con independencia formal. También necesita tiempos razonables, lenguaje comprensible, exhibición de imparcialidad, igualdad real de armas legales, autocrítica institucional y una relación menos enfermiza entre tribunales, partidos y medios. Cuando todo eso se erosiona, el ciudadano no se convierte automáticamente en justiciero, pero empieza a mirar con otros ojos. Ya no ve sólo cajas, legajos, diligencias y sentencias. Ve vidas rotas. Ve nombres. Ve muertos. Ve absueltos. Ve jueces que apenas saben expresarse con claridad y seguridad justificada, ve condenas que no bastaron.

Por eso "La verdad oculta de Walter Andretti" funciona tan bien. Porque habla de un miedo contemporáneo: que la verdad y la justicia no siempre acaben en la misma balda. Y porque nos obliga a formular una pregunta: ¿qué ocurre cuando la ley termina un caso y hay quienes no?

Carlos López-Tapia

¿Compartes?:
  • email
  • PDF
  • Print
  • RSS
  • Meneame
  • del.icio.us
  • Facebook
  • Google Bookmarks
  • Twitter
  • FriendFeed
  • LinkedIn

Comentarios

Suscríbete
Notificar
guest
0 Comentarios
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios
0
Me encantaría conocer tu opinión, comenta.x
()
x