"Los otros", 25 años al otro lado

"Los otros", 25 años al otro lado

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Querido primo Teo: 

Hay películas que pertenecen a una época y otras que consiguen escapar de ella. Ahí se encuentra "Los otros" (2001). Veinticinco años después de su estreno, la película de Alejandro Amenábar conserva intacta una capacidad para inquietar que no depende de efectos especiales ni de sobresaltos repentinos, sino de algo mucho más elemental: una puerta que se abre, un ruido al otro lado de una pared, una habitación en penumbra o unas cortinas que deben permanecer cerradas. Amenábar consiguió algo extraordinariamente difícil: convertir una historia de fantasmas de apariencia clásica en un fenómeno cinematográfico internacional y, al mismo tiempo, demostrar que el cine español podía competir en el mercado global sin renunciar a una personalidad propia. "Los otros" fue un éxito de público, un triunfo crítico y una película capaz de transformar sus propias limitaciones en sus mayores virtudes.

La historia comienza en una casa aislada de la isla de Jersey, poco después del final de la Segunda Guerra Mundial. Allí vive Grace Stewart con sus dos hijos, Anne y Nicholas, mientras espera el regreso de su marido. Los niños padecen una extraña enfermedad que les impide exponerse a la luz, por lo que todas las habitaciones deben permanecer en penumbra. Las puertas tienen que cerrarse antes de abrirse las siguientes y cualquier descuido puede tener consecuencias terribles. Cuando tres sirvientes llegan a la casa, comienzan a suceder acontecimientos que Grace no consigue explicar. Se oyen pasos, aparecen objetos en lugares inesperados y alguien parece moverse por unas habitaciones que deberían estar vacías. La casa deja entonces de ser un refugio y comienza a convertirse en una amenaza.

Pero lo extraordinario es que Amenábar consigue que el espectador acepte desde el primer momento las reglas de ese universo. No necesita explicar demasiado. Unas pocas normas son suficientes para introducirnos en él.

La prohibición de la luz, las puertas que deben permanecer cerradas, las cortinas que no pueden abrirse y la obsesión de Grace por mantener el orden generan una sensación de claustrofobia que aumenta progresivamente. El director comprende que el terror nace muchas veces de alterar aquello que consideramos cotidiano. Una puerta deja de ser una puerta cuando no sabemos qué hay detrás. Una habitación vacía deja de estar vacía cuando escuchamos un ruido. Una casa deja de ser segura cuando empezamos a sospechar que quizá no somos nosotros quienes la habitamos.

Esta es una de las grandes claves de "Los otros": Amenábar hace del espacio un instrumento narrativo. La casa no funciona como un simple decorado gótico, sino como un organismo vivo. Sus pasillos, escaleras, habitaciones y puertas están perfectamente integrados en la narración. El espectador aprende a orientarse en ella y, precisamente por eso, cualquier alteración provoca inquietud. Cuando alguien atraviesa un espacio que conocemos, sentimos que algo está cambiando. Cuando una puerta aparece abierta, comprendemos inmediatamente que alguien ha infringido las reglas. La arquitectura se convierte así en suspense.

La fotografía de Javier Aguirresarobe resulta esencial. La película está dominada por tonos apagados, sombras y una luz natural filtrada que parece proceder de un mundo permanentemente cubierto por nubes. No hay una oscuridad espectacular, sino una penumbra cotidiana, casi tangible. La luz adquiere incluso una dimensión dramática: no ilumina, amenaza. La ausencia de luz protege a los niños, pero también mantiene a todos los personajes atrapados en un universo donde resulta imposible distinguir con claridad lo que sucede. Aguirresarobe consiguió que la atmósfera de la película fuera inseparable de su argumento y obtuvo por ello el Goya a la mejor fotografía y el pasaporte a Hollywood.  

Amenábar sabía además que el espectador contemporáneo estaba acostumbrado a que el terror mostrara sus criaturas. El cine de género de los años noventa había recuperado el gusto por los sustos, los asesinos, las persecuciones y los golpes de efecto. "Los otros" propone exactamente lo contrario. Su director sabe que cuanto menos vemos, más imaginamos. Y lo que imaginamos suele ser mucho más perturbador que aquello que un director podría mostrarnos. El miedo nace de la espera. De ese instante en el que sabemos que algo va a ocurrir, pero desconocemos qué. De los segundos que transcurren antes de que una puerta termine de abrirse.

No es casual que la película recuerde a una tradición de terror mucho más antigua. En ella encontramos ecos de Henry James, del relato gótico, de las casas encantadas y del cine clásico de fantasmas. Hay algo de "Suspense" (1961) y de las historias de apariciones en las que la ambigüedad resulta más importante que la explicación. Pero Amenábar no se limita a imitar esos modelos. Los utiliza para construir un relato contemporáneo sobre la percepción y la memoria. La verdadera pregunta no es solamente qué está sucediendo en aquella casa, sino hasta qué punto podemos confiar en aquello que creemos estar viendo. Para conseguirlo necesitaba una protagonista capaz de sostener sobre sus hombros prácticamente toda la película. Y ahí aparece Nicole Kidman.

Cuando comenzó el proyecto, Kidman era ya una de las grandes estrellas internacionales. Su presencia convertía “Los otros” en una producción con posibilidades comerciales mucho mayores, pero Amenábar, que pensaba en alguien más del perfil de Emily Watson, tuvo la inteligencia de no convertirla en una simple atracción. La estrella desaparece detrás del personaje. Grace no es Nicole Kidman interpretando a una mujer aterrorizada: es una mujer aterrorizada cuya elegancia, autoridad y belleza empiezan poco a poco a revelar una profunda fragilidad. Una de sus mejores actuaciones ofrecidas en ese momento en el que la actriz era sinónimo de excelencia. 

Grace es una figura fascinante porque intenta controlar absolutamente todo. Controla la luz, controla a sus hijos, controla a los sirvientes, controla las habitaciones y controla incluso aquello que está dispuesta a creer. Esa necesidad de control es precisamente lo que termina conduciéndola hacia la verdad. Cuanto más se esfuerza por mantener intacto su mundo, más evidente resulta que ese mundo se está desmoronando.

Por eso “Los otros” funciona mucho mejor como tragedia que como simple película de fantasmas. Debajo del suspense existe un drama sobre la maternidad, la culpa, el duelo, la fe y la negación. Grace no está únicamente luchando contra una presencia sobrenatural. Está luchando contra aquello que no puede aceptar de sí misma. El terror externo es la manifestación de un conflicto interior. Y ahí Amenábar demuestra una madurez narrativa que explica por qué la película sigue funcionando después de que desaparezca el factor sorpresa.

Porque “Los otros” contiene uno de esos giros que cambiaron para siempre la percepción de una película, pero su grandeza no reside exclusivamente en la revelación. De hecho, reducirla a su desenlace sería injusto. Amenábar no construye un truco destinado a engañar al público durante hora y media. Construye una narración en la que la información se distribuye de manera que el espectador interpreta correctamente las imágenes y, al mismo tiempo, llega a conclusiones equivocadas. Esa diferencia es fundamental.

Amenábar no nos oculta la verdad; nos enseña a mirar en la dirección equivocada. Y cuando llega la revelación, muchas de las escenas anteriores se reorganizan mentalmente. Una conversación adquiere otro significado. Una presencia deja de ser amenazante. Una situación que parecía sobrenatural se convierte en algo completamente distinto. La película nos obliga a revisar nuestra propia percepción. Por eso soporta tan bien los sucesivos visionados: descubrir el secreto no destruye el misterio, sino que crea uno nuevo.

La estructura recuerda en cierto modo a “Abre los ojos”, donde Amenábar ya había demostrado su fascinación por la percepción, la identidad y la frontera entre realidad y apariencia. Pero “Los otros” supone una evolución importante respecto a sus dos primeras películas. Después de “Tesis” y “Abre los ojos”, el director ya había demostrado que podía dominar el suspense y el cine de género. Aquí descubre que puede hacerlo con una puesta en escena mucho más clásica, depurada y contenida. Y esa evolución resulta fundamental para entender su éxito.

Amenábar consiguió situarse en un territorio poco frecuentado: el del cine de autor con vocación popular. Sus películas tenían ideas, ambición formal y una personalidad muy marcada, pero nunca exigían al espectador un esfuerzo que le impidiera disfrutar del relato. Podían analizarse después, pero primero funcionaban como películas. El público podía acudir atraído por una historia de fantasmas y terminar enfrentándose a una reflexión sobre la culpa y la muerte sin que la película pareciera haber cambiado de género.

“Los otros” también demuestra hasta qué punto Amenábar comprendía los mecanismos del cine comercial. La elección de Nicole Kidman, el idioma inglés, la ambientación internacional, la campaña promocional basada en el misterio y la construcción de un relato que podía entenderse en cualquier país fueron decisiones perfectamente calculadas. Pero ninguna de ellas anuló la personalidad de la película. Al contrario: quizá uno de sus grandes logros fue demostrar que el cine español podía internacionalizarse sin tener que convertirse completamente en cine estadounidense.

En 2001 aquella cuestión tenía una importancia especial. El cine español atravesaba un momento de expansión internacional y Amenábar se había convertido en uno de sus nombres más prometedores. Con “Tesis”, su ópera prima, había demostrado que podía manejar el suspense con enorme eficacia y “Abre los ojos” había despertado el interés de Hollywood hasta el punto de que posteriormente sería objeto de un remake estadounidense, “Vanilla Sky”. Con “Los otros”, Amenábar dejó de ser simplemente una joven promesa y se convirtió en un director con capacidad para liderar una producción internacional con el respaldo de Tom Cruise y los hermanos Weinstein. 

El resultado fue extraordinario. Costó unos 3.500 millones de pesetas, aún no nos habíamos iniciado con los Euros, que al cambio habrían sido 20 millones. Fue estrenada en España el 6 de septiembre de 2001, “Los otros” alcanzó 6.411.003 espectadores y una recaudación superior a los 27 millones de euros en nuestro país, según los datos del ICAA.  A escala internacional, su éxito fue todavía mayor y terminó convirtiéndose en uno de los grandes fenómenos comerciales del cine español. Su taquilla mundial fue de 209 millones de dólares, de los cuales, 96 millones pertenecieron al mercado estadounidense, y su rendimiento en salas creció exponencialmente a raíz de los atentados del 11 de septiembre. 

Pero las cifras no explican por sí solas el fenómeno. Hay películas que recaudan mucho y desaparecen rápidamente de la memoria. “Los otros” consiguió algo más difícil: convertirse en una película de conversación. El espectador salía del cine queriendo hablar de ella, pero al mismo tiempo tenía que contenerse para no revelar el secreto. El spoiler, antes de convertirse en una obsesión cultural tan omnipresente como lo es hoy, ya formaba parte de la experiencia de “Los otros”. Había que verla cuanto antes y después había que recomendarla sin explicar demasiado. El boca a boca hizo el resto.

La industria también reconoció sus méritos. “Los otros” obtuvo quince nominaciones a los Goya y ganó ocho, incluidos los premios a mejor película, dirección y guion original. No era simplemente una película de terror que había funcionado extraordinariamente bien en taquilla: era una obra que había conseguido que la Academia española reconociera el género como vehículo para una película ambiciosa y adulta.

Y ahí encontramos otra de las claves de su permanencia. “Los otros” no necesita competir con las películas de terror de su tiempo porque su lenguaje pertenece a una tradición más antigua. Los efectos visuales pueden envejecer, pero la composición de un plano no. Una banda sonora puede perder impacto, pero el silencio conserva su poder. Un monstruo digital puede parecer ingenuo veinte años después, pero una habitación vacía sigue siendo una habitación vacía.

La película ha envejecido, además, de una manera particularmente interesante porque el espectador actual está mucho más familiarizado con los giros narrativos. Desde entonces hemos visto innumerables películas y series que han convertido la sorpresa final en un recurso habitual. Y, sin embargo, “Los otros” continúa funcionando porque su giro no es un adorno colocado al final del guion: está integrado en toda la construcción dramática. Como sucedió dos años antes con “El sexto sentido” M. Night Shyamalan, la primera vez que vemos la película queremos descubrir qué está ocurriendo. La segunda queremos descubrir cómo Amenábar consiguió que no lo viéramos. Y esa segunda mirada quizá sea todavía más interesante.

Porque entonces comprendemos que la verdadera protagonista no era solamente Grace, ni siquiera aquella casa. Era la percepción. El director nos había convertido en habitantes de ese universo y había conseguido que aceptáramos sus reglas. Como Grace, nosotros también queríamos encontrar una explicación que mantuviera intacta nuestra idea de la realidad. Y como Grace, también nosotros nos resistíamos a aceptar una verdad demasiado dolorosa.

Quizá por eso el título resulte tan perfecto. “Los otros” parece referirse inicialmente a los desconocidos que han invadido la casa. Pero, una vez conocida la verdad, la expresión adquiere un significado completamente diferente. Los otros somos nosotros. O, al menos, lo somos durante buena parte de la película. Amenábar juega con nuestra posición y nos obliga a preguntarnos quién observa a quién, quién ocupa el espacio de quién y quién tiene realmente derecho a llamar “casa” a aquella casa.

Veinticinco años después, ese es probablemente el mayor triunfo de “Los otros”. No fue solamente una película española que conquistó al público internacional. Fue una demostración de que el cine popular podía ser elegante, inteligente y emocional; de que una película de fantasmas podía hablar de la culpa y del duelo; de que una estrella de Hollywood podía integrarse en una historia cuya personalidad pertenecía por completo a su director; y de que el miedo más eficaz no siempre necesita un rostro. A veces basta una casa en silencio. Una cortina cerrada. Una puerta que no debería estar abierta. Unos pasos que nadie sabe de dónde proceden. Y una mujer que se niega a aceptar que quizá la realidad que intenta proteger ya no existe.

Veinticinco años después, conocemos el secreto de “Los otros”. Sabemos qué ocurrió en aquella casa y quiénes eran realmente sus habitantes. Pero seguimos entrando en ella. Seguimos escuchando. Seguimos esperando que alguien abra una puerta. Y quizá esa sea la mejor definición del éxito de la película de Amenábar: consiguió que un secreto que solo puede descubrirse una vez se convirtiera en una historia que queremos volver a vivir una y otra vez.

Mary Carmen Rodríguez 

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