Cine en serie: "Gone", el sospechoso que no sabe parecer inocente

Cine en serie: "Gone", el sospechoso que no sabe parecer inocente

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Querido Teo:

Hay una clase de sospechoso que ayuda a la policía sin querer: el que se comporta exactamente como imaginamos que debería hacerlo un culpable. Michael Polly pertenece a esa categoría desde casi el primer momento de "Gone". Su mujer, Sarah, ha desaparecido. Él es director de St Bartholomew’s, un prestigioso colegio privado de Bristol, vive rodeado por una idea muy precisa del orden y parece afrontar la desaparición con una serenidad que a la inspectora Annie Cassidy le resulta difícil aceptar. No se derrumba, no improvisa y no parece dispuesto a permitir que la tragedia desorganice demasiado su vida. En una historia criminal, pocas cosas levantan más sospechas que un hombre que no representa correctamente el papel de marido desesperado.

Ahí coloca George Kay la primera trampa de "Gone". Kay, creador de "Lupin" (2021-2026) y guionista de "Secuestro en el aire" (2023) y "La sombra alargada" (2023), sabe que el espectador también investiga y que lo hace cargado de prejuicios narrativos. David Morrissey, inolvidable como el Gobernador de "The walking dead" (2012-2015) y magnífico después en "Sherwood" (2022-2024), le proporciona el rostro perfecto para el experimento. Michael puede estar callado y resultar agresivo; permanecer quieto y transmitir amenaza. Cada gesto parece susceptible de convertirse en prueba.

Frente a él está Annie Cassidy, interpretada por Eve Myles, la Gwen Cooper de "Torchwood" (2006-2011). Annie no llega envuelta en la autoridad habitual del gran detective televisivo. Es intuitiva, obstinada y carga con una desaparición antigua que nunca consiguió resolver.

El nuevo caso le permite entrar en una familia y, al mismo tiempo, la obliga a enfrentarse a sus propios errores. La serie utiliza esa fragilidad para evitar que el duelo con Michael sea el enfrentamiento demasiado limpio entre una policía que sabe y un sospechoso que oculta. Los dos llegan al caso con zonas que preferirían mantener fuera de la luz.

Richard Laxton dirige una historia que no necesita convertir Bristol en una ciudad siniestra. Le basta con alterar lugares perfectamente respetables: una casa cómoda, los pasillos de un colegio, un campo de rugby, un bosque cercano. El resultado funciona mejor cuando la amenaza no entra desde fuera, sino que parece haber vivido siempre allí.

El colegio es importante. St Bartholomew’s es ficticio, pero las escenas escolares se rodaron en Downside School, en Somerset, durante las vacaciones de Pascua de 2025; algunos alumnos participaron como extras. La elección proporciona a la serie algo que un decorado habría tenido dificultades para fabricar: la arquitectura, las proporciones y el peso histórico de una institución que parece haber aprendido hace mucho tiempo a proteger sus rituales.

No es casual. "Gone" se presenta como una historia que, bajo el misterio, explora el trauma, la confianza y el legado de las instituciones de élite. George Kay ha hablado además de privilegio y prejuicio. La serie no convierte el colegio privado en culpable automático de todo lo que ocurre, pero sí lo utiliza como una máquina narrativa: un lugar donde la reputación tiene valor económico y social, donde las jerarquías están muy claras y donde el director no es solo un profesor con despacho, sino la persona encargada de conservar una determinada idea de la institución.

Michael Polly entiende el mundo de esa manera. Disciplina, control, rendimiento. Hasta el rugby forma parte de su gramática personal. Cuando el caso exige vulnerabilidad, él responde con administración. Cuando quienes le rodean esperan dolor visible, ofrece procedimientos. La interpretación de Morrissey consigue que esa incapacidad emocional sea, durante mucho tiempo, más inquietante que cualquier prueba material.

Myles trabaja en sentido contrario. Annie está en movimiento incluso cuando permanece quieta. Observa demasiado, insiste donde debería retirarse y desobedece el perímetro cómodo de su función. Es fácil construir un personaje policial a base de intuiciones milagrosas; "Gone" intenta algo más interesante al mostrar el coste de esas intuiciones cuando pueden estar equivocadas. La investigación no consiste únicamente en descubrir qué ocurrió con Sarah, sino en decidir cuánto vale una impresión sobre una persona y cuánto daño puede hacer una sospecha antes de convertirse en evidencia.

La serie es ficción, aunque se alimenta de investigación real. New Pictures e ITV explican que está parcialmente inspirada por "To hunt a killer" y por el trabajo de la exdetective Julie Mackay y del periodista de sucesos de ITV Robert Murphy, que actuaron como consultores. Eso se percibe menos en grandes exhibiciones forenses que en los detalles sobre una desaparición: las horas que cambian la naturaleza del caso, la relación con la familia, el modo en que una declaración banal puede adquirir importancia después.

No todo está a la misma altura. Seis episodios obligan a estirar sospechas y a colocar algunos descubrimientos justo donde conviene cerrar un capítulo. Hay momentos en que se nota demasiado la maquinaria destinada a mantener abierta la pregunta sobre Michael. Pero el reparto impide que el mecanismo se convierta en una simple sucesión de cebos. Morrissey sostiene la ambigüedad sin necesidad de subrayarla y Myles evita que Annie sea únicamente la detective que "siente" la verdad.

A mí me interesa más "Gone" cuando deja de preguntar quién lo hizo y empieza a preguntarse por qué juzgamos tan deprisa a quien no reacciona de la manera esperada. La ficción criminal lleva décadas enseñándonos a desconfiar del marido frío, del director autoritario, de la familia que parece perfecta y de la institución que protege su nombre. Kay conoce esas convenciones y juega con ellas. Algunas veces para confirmarlas; otras, para demostrar que también el espectador puede confundir un síntoma con una prueba.

Conviene aclarar primero una peculiaridad británica. "Independent school" es el término general para los centros financiados principalmente mediante cuotas. Algunas de las instituciones más famosas reciben además el nombre histórico de "public schools", aunque no son públicas en el sentido español: Eton, Harrow o Winchester pertenecen precisamente al universo privado.

¿Cuántos hay? No existe un único registro británico perfectamente homologable porque Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte tienen sistemas regulatorios distintos. Ofsted señalaba en su informe 2024/2025 que solo en Inglaterra había alrededor de 2.490 colegios independientes. El Independent Schools Council, que agrupa una parte amplia pero no la totalidad del sector británico, contabilizó en enero de 2026 1.455 centros miembros y 526.611 alumnos.

El precio marca la primera frontera. Al cambio actual, la cuota media de 2026 en los centros del ISC equivale aproximadamente a 21.700 euros por curso para un alumno externo de un colegio de día y a 52.100 euros anuales para un interno.

Desde el 1 de enero de 2025 la enseñanza privada y los servicios de internado están sujetos en el Reino Unido al 20% de IVA. Si un colegio trasladase íntegramente ese impuesto a las familias, las dos cantidades anteriores se situarían aproximadamente en 26.000 y 62.600 euros por curso, respectivamente, antes de uniformes, viajes y otros gastos.

El principal debate no es académico, sino social. El Sutton Trust calculó en "Elitist Britain 2025" que alrededor del 6% del alumnado británico estudia en centros privados, mientras el 36% de las personas situadas en algunos de los principales puestos de poder y prestigio había recibido educación privada. La proporción es más de cinco veces superior a la de la población general.

Hay un segundo problema mucho más grave que conviene tratar sin generalizaciones. La investigación pública británica sobre abusos sexuales a menores, IICSA, examinó internados y otros centros residenciales y documentó casos en los que profesores y otros adultos aprovecharon posiciones de confianza, señales de abuso no fueron atendidas y algunos responsables se resistieron a aceptar que pudiera ocurrir dentro de sus instituciones.

La propia investigación señaló que los internados presentan riesgos específicos derivados de la convivencia, el aislamiento y la dependencia de los adultos. Eso no convierte a los colegios privados en lugares abusivos por definición, pero sí explica por qué la protección de los menores, la transparencia y la disposición a denunciar han pasado a ocupar un lugar central en su supervisión.

La comparación con España exige una distinción importante. Aquí una buena parte de la enseñanza de titularidad privada está concertada y recibe financiación pública. Por eso no puede equipararse directamente con el modelo británico de colegios independientes sostenidos fundamentalmente por las cuotas familiares.

En el curso 2024/2025 funcionaban en España 28.658 centros de enseñanzas de régimen general no universitarias: 19.328 públicos y 9.330 privados. Estos últimos representaban, por tanto, casi un tercio del total. La cifra incluye tanto centros concertados como privados sin concierto.

La distribución del alumnado presenta una proporción semejante. De los aproximadamente 8,3 millones de estudiantes de enseñanzas de régimen general matriculados en ese curso, 2,76 millones estudiaban en centros de titularidad privada, alrededor del 33,2% del total, mientras el 66,8% lo hacía en centros públicos. Ese 33,2% engloba de nuevo dos realidades bastante diferentes: la enseñanza concertada y la privada sostenida exclusivamente mediante cuotas.

La diferencia aparece con mayor claridad cuando se separan las distintas redes. La Encuesta de Gasto de los Hogares en Educación del INE para 2023/2024 situaba al 69,4 % de los estudiantes en centros públicos, al 18,1% en concertados y al 12,6% en privados. Las estadísticas no son exactamente equivalentes porque utilizan universos y metodologías diferentes, pero sirven para apreciar que la enseñanza estrictamente privada tiene en España un peso bastante menor que la suma habitual de privada y concertada.

También las cantidades se encuentran muy lejos de las británicas. Según el INE, el gasto medio familiar en servicios educativos durante el curso 2023/2024 era de 6.771 euros anuales por alumno de Primaria privada y de 7.389 euros en Secundaria privada. En Educación Infantil la media se situaba en 4.446 euros. No son precios oficiales de matrícula ni significan que todos los colegios cobren esas cantidades: son medias del gasto realizado por las familias y ocultan diferencias enormes entre centros. En el extremo superior existen colegios internacionales o de élite, fundamentalmente en Madrid y Barcelona, con tarifas que pueden multiplicar varias veces estas cantidades.

La existencia de la enseñanza concertada introduce además una diferencia fundamental respecto del Reino Unido. Permite que centros de titularidad privada escolaricen a familias que difícilmente podrían asumir las cuotas de una independent school británica. Eso no ha eliminado el debate sobre segregación social, criterios de admisión, cuotas complementarias o concentración desigual del alumnado vulnerable, pero obliga a separar realidades distintas cuando se habla genéricamente de colegios privados.

Hay un dato que ayuda a entender algunas de esas diferencias. En el curso 2024/2025, el alumnado con necesidades educativas especiales representaba el 4,4% de los estudiantes de los centros públicos y el 3,9% de los concertados, pero únicamente el 0,7% en la enseñanza privada no concertada. La cifra no explica por sí misma las causas, pero muestra que las distintas redes escolarizan poblaciones diferentes.

El modelo británico y el español comparten, por tanto, la existencia de colegios capaces de proporcionar recursos excepcionales, relaciones sociales y entornos privilegiados, pero funcionan de manera distinta. En el Reino Unido, las grandes independent schools constituyen un mundo mucho más claramente separado por el precio. En España, la frontera queda difuminada por una extensa red concertada y por una enseñanza privada pura mucho más heterogénea, que va desde colegios relativamente asequibles hasta centros internacionales cuyas tarifas pueden aproximarse a las británicas.

De ahí que el colegio de "Gone" funcione tan bien. La serie no necesita afirmar que una institución de élite produce criminales. Le basta con algo más reconocible: una comunidad donde el prestigio, la disciplina, las relaciones familiares, el dinero y la necesidad de proteger el nombre del centro pesan sobre cada decisión. St Bartholomew’s es ficticio. El mundo social que lo hace creíble, no.

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"Gone" puede verse en España en Filmin

Carlos López-Tapia

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