"Matar a un rico"
Sandrone Dazieri vuelve a sacar a la palestra a una de las parejas más peculiares de la novela negra europea: Colomba Caselli y Dante Torre. Los dos llegan a esta nueva novela bastante golpeados por lo ocurrido en las anteriores y unidos por una relación difícil de clasificar, hecha de dependencia, amistad, irritación, lealtad y una intimidad que ninguno parece demasiado interesado en definir.
Título: "Matar a un rico"
Autor: Sandrone Dazieri
Editorial: Alfaguara
Colomba fue subjefa de policía y una investigadora de primera línea hasta acumular más cicatrices en su cuerpo y enemigos en el cuerpo policial, de lo aconsejable. Ha sobrevivido a atentados, heridas y experiencias traumáticas, ha abandonado la policía y trabaja como detective privada, aunque conserva conexiones suficientes con las estructuras del Estado para que los servicios secretos recurran a ella cuando aparece un asunto que conviene investigar sin demasiado ruido. Es atlética, dura, poco inclinada a la diplomacia y todavía menos a abandonar un caso cuando algo no encaja.
Dante Torre difícilmente podría ser más distinto. De niño fue secuestrado y permaneció once años encerrado en un silo por un hombre al que conocía como el Padre. Salió convertido en un adulto brillantísimo y bastante averiado: claustrofóbico, maniático, imprevisible y dotado de una capacidad extraordinaria para observar comportamientos, detectar contradicciones y penetrar en la lógica de una mente criminal. Ahora se ha convertido además en una figura popular del podcast criminal, donde analiza asesinatos, desapariciones y casos sin resolver. Por separado resultarían probablemente agotadores. Juntos forman un formidable mecanismo de investigación.
Dazieri tarda muy poco en ponerlo otra vez en marcha. Hay además una buena razón para que Dazieri tenga sitio en una web dedicada al cine. No es uno de esos novelistas cuya relación con la pantalla termina cuando alguien compra los derechos de uno de sus libros. Lleva años trabajando también como guionista. La conexión más directa llegó con "La cura del gorilla" (2006), a partir de la novela homónima de Dazieri. A partir de entonces ha sido guionista de otras películas, y fue uno de los guionistas de "Me llamo Venganza" (2022).
La televisión amplía todavía más esa segunda carrera, con numerosos trabajos dentro del policiaco y el thriller italianos. De manera que las novelas de Dazieri no están escritas por alguien que contempla el lenguaje audiovisual desde lejos. Conoce sus mecanismos desde dentro: la construcción de una escena, el ritmo de un diálogo, la necesidad de entrar rápidamente en conflicto y esa pequeña tiranía del guion que obliga a contar con imágenes lo que una novela puede demorarse páginas en explicar. "Matar a un rico" ofrece desde el comienzo buenos ejemplos.
La primera página lleva incorporada una cuenta atrás. Un hombre aterriza en el aeropuerto milanés de Linate a bordo de un Dassault Falcon 2000LXS. Se llama Jesús Martínez, tiene 49 años y, pese a nombre y apellido, es francés. Durante su juventud jugó al fútbol en el Paris Saint-Germain. No consiguió convertirse en una de esas estrellas capaces de vivir eternamente de sus goles, pero hizo algo económicamente bastante más provechoso después de colgar las botas. Se dedicó a las máquinas de fitness y a los suplementos alimenticios.
Cuando llega a Milán acaba de entrar en la lista de los quinientos hombres más ricos del planeta. Viaja con guardaespaldas, asistente y empleados, celebra su ascenso al olimpo económico cenando en uno de los restaurantes más caros de Europa, el Bulgari, y regresa después a su apartamento del piso veinticinco de una de las dos torres que Dazieri denomina Jungla Urbana.
El modelo apenas está disimulado. El propio escritor ha explicado que estudió el Bosco Verticale, las dos famosas torres milanesas de Stefano Boeri, para construir esta fortaleza vegetal de ricos. Las cifras inmobiliarias ayudan a completar el paisaje: en septiembre de 2026, los apartamentos que se ofrecen en el complejo se mueven aproximadamente entre 1,2 y 10,5 millones de euros. En el extremo inferior aparece un apartamento de 82 metros cuadrados; en el superior, uno de 320 metros en la planta veinticinco. Precisamente la planta en la que Dazieri instala a Jesús Martínez.
El avión privado, los escoltas, el restaurante, el rascacielos, la vivienda millonaria y los controles de acceso parecen situarle en uno de esos lugares donde el dinero ha conseguido mantener lejos casi cualquier imprevisto. Casi. Apenas han pasado unas páginas cuando Martínez está muerto. No le han disparado, apuñalado ni envenenado. Dazieri encuentra una forma bastante más apropiada de matar a alguien que dedica tiempo y dinero a combatir el deterioro físico. Lo congela.
Martínez posee en casa una criosauna de última generación, una de las joyas de su propia empresa. Antes de entrar ha tomado suplementos, hecho pesas y meditado. Se coloca las prendas protectoras y se introduce en una máquina de cristal, metal y boquillas de nitrógeno que la novela presenta como el Ferrari de las criosaunas. La sesión dura unos tres minutos y la temperatura puede aproximarse a los 130 grados bajo cero. La máquina que debía ayudarle a conservar el cuerpo acaba destruyéndolo.
Hay una precisión particularmente cruel en el procedimiento. El hombre que ha comprado casi todas las formas disponibles de protección es asesinado por una tecnología destinada a defenderle de su adversario más inevitable: el envejecimiento.
A partir de ahí, "Matar a un rico" entra en una corriente reconocible de la novela negra europea que hace tiempo decidió buscar el crimen bastante más arriba de los callejones oscuros. Petros Márkaris convirtió la crisis económica griega, la deuda, los recortes y el empobrecimiento en materia policiaca. Dominique Manotti ha recorrido las zonas donde las grandes empresas, las finanzas, la política y el delito descubren que hablan idiomas sorprendentemente parecidos. Massimo Carlotto lleva años explorando esa franja en la que empresarios respetables, corrupción y crimen organizado dejan de pertenecer a mundos separados. Dazieri sube unos cuantos pisos más.
Su territorio son los superricos de este siglo, fortunas tan grandes que ya no compran solamente mejores casas, mejores coches o mejores médicos. Compran la posibilidad de experimentar sobre sí mismos con un futuro al que todavía no tiene acceso el resto de la población: longevidad, crioterapia, suplementos, manipulación biológica, criopreservación y, llegado el caso, refugios desde los que sobrevivir a un mundo deteriorado.
Las criosaunas reales ilustran bien esa frontera entre ciencia y promesa. Una sesión de crioterapia corporal completa cuesta aproximadamente entre 50 y 100 euros. Comprar el aparato es otra cosa: una criosauna de nitrógeno puede costar entre 20.000 y 50.000 euros, mientras una cámara eléctrica sofisticada se mueve aproximadamente entre 50.000 y algo más de 200.000. El Ferrari de Dazieri necesita poca ficción.
El frío tiene aplicaciones médicas perfectamente consolidadas y existen investigaciones sobre sus posibles beneficios para el dolor, la inflamación o la recuperación deportiva. El salto problemático aparece cuando tres minutos a temperaturas extremas empiezan a venderse como herramienta contra el envejecimiento. Ahí la publicidad avanza bastante por delante de la ciencia.
Tampoco es una práctica inocua. El nitrógeno puede desplazar el oxígeno en un espacio mal ventilado y el frío extremo provocar quemaduras o congelaciones. Una criosauna bien utilizada es una instalación controlada, no un congelador recreativo. El otro elemento revelador de la rutina de Martínez está en lo que ingiere antes de entrar. Melatonina, fisetina, apigenina, cromo, zinc, berberina, quercetina y té verde. Ocho nombres que forman una pequeña enciclopedia de la actual obsesión por la "longevity". No todos pertenecen a la misma categoría.
La melatonina interviene realmente en la regulación del sueño y los ritmos circadianos y tiene aplicaciones conocidas frente al jet lag y determinados trastornos del sueño. El zinc es un nutriente esencial para el sistema inmunitario y numerosos procesos celulares. Y la berberina cuenta con estudios que encuentran efectos modestos sobre glucosa, colesterol y triglicéridos. Hay ciencia detrás de los tres. Lo que no existe es demostración de que conviertan a una persona sana en alguien biológicamente más joven o que prolonguen su vida.
El té verde posee también una larga historia de investigación y puede producir pequeñas mejoras en algunos factores metabólicos y cardiovasculares. El cromo, utilizado para el metabolismo de la glucosa y el control del peso, ofrece resultados mucho menos convincentes.
Con la quercetina, la fisetina y la apigenina se entra de lleno en el territorio experimental que más fascina al negocio de la longevidad. Sus propiedades antioxidantes, antiinflamatorias o senolíticas (la posibilidad de actuar sobre células envejecidas) producen resultados interesantes en laboratorio y animales. La demostración en seres humanos queda todavía muy lejos del entusiasmo comercial.
El botiquín de Martínez funciona así como una buena fotografía de todo este mercado: nutrientes necesarios, sustancias con efectos modestamente demostrados, experimentos prometedores y una enorme distancia entre modificar un marcador biológico y demostrar que alguien va a vivir más. Los multimillonarios poseen, sin embargo, una ventaja decisiva. Pueden permitirse probarlo todo.
Dazieri ha contado que esa fue una de las cuestiones que le interesaron mientras construía la novela. Los ricos siempre tuvieron mejores médicos, mejores hospitales y mayores posibilidades de tratamiento. Ahora se abre algo distinto: la capacidad de financiar, comprar o probar tecnologías relacionadas con genética, sustitución de órganos, criopreservación, investigación celular y envejecimiento. Durante siglos el rico pudo esperar vivir mejor. La fantasía actual consiste en vivir también mucho más. La desigualdad empieza a imaginarse como una diferencia biológica. Y una vez que el cuerpo se convierte en algo que debe blindarse, el razonamiento se extiende fácilmente al mundo exterior.
De ahí los búnkeres. No pertenecen únicamente a las películas sobre el fin del mundo. Existen refugios relativamente sencillos por decenas de miles de euros y complejos residenciales subterráneos cuyos apartamentos alcanzan entre uno y cinco millones. Algunos proceden de antiguos silos militares y disponen de generadores, filtración de aire, depósitos de agua, reservas de alimentos, sistemas de comunicación, espacios de cultivo, instalaciones médicas y seguridad privada. Hasta las ventanas pueden ser pantallas que reproducen un paisaje exterior.
Bajo tierra puede reconstruirse casi todo lo que había arriba, incluidas las clases sociales. Hay plazas compartidas, apartamentos privados y equivalentes a áticos de lujo. El fin del mundo también admite turista, business y primera. La isla privada es la variante menos claustrofóbica de la misma póliza de seguros. Una pequeña isla sin apenas desarrollar puede encontrarse por alrededor de medio millón; una propiedad con viviendas, suministros, embarcadero o pista de aterrizaje asciende rápidamente a varios millones, y las excepcionales alcanzan decenas de millones. Lo que se compra no es únicamente tierra rodeada de agua. Se compra distancia.
Los proyectos de seasteading llevan esa ambición un paso más lejos: si no existe la isla adecuada, puede fabricarse. Hay propuestas de plataformas marítimas básicas en torno a 50.000 o 60.000 dólares y pequeñas viviendas flotantes autosuficientes alrededor de 200.000, con energía solar y sistemas propios de abastecimiento de agua y tratamiento de residuos. Todas estas fantasías tropiezan, sin embargo, con el mismo problema. Alguien tiene que trabajar.
Un refugio necesita técnicos, médicos, electricistas, agricultores, cocineros y personal de seguridad. Una isla requiere mantenimiento, transporte y suministros. Una colonia flotante necesita comunicaciones, repuestos, normas y protección. El millonario que pretende escapar de la sociedad descubre finalmente que necesita llevarse una sociedad consigo.
Ahí está una de las ideas más interesantes que rodean "Matar a un rico". Dazieri no utiliza a los multimillonarios solamente porque permitan imaginar asesinatos en escenarios espectaculares. Los convierte en una forma de hablar del presente.
Jesús Martínez ha transformado su organismo en una empresa sometida a mantenimiento continuo. Mide, suplementa, entrena, medita y se congela. Vive en una torre vegetal inaccesible para casi todos, dispone de seguridad privada y utiliza tecnologías que prometen retrasar el deterioro. Su fortuna parece haberle proporcionado acceso a una versión privada del futuro. Muere dentro de ella.
Durante siglos el lujo presumió de oro, palacios, automóviles, yates y champán. El nuevo lujo presume también de biomarcadores, genética, aire filtrado, privacidad, crioterapia y planes de supervivencia. El dinero ya no aspira solamente a comprar una vida mejor. Aspira a comprar tiempo.
Colomba Caselli y Dante Torre tendrán que descubrir por qué Martínez ha muerto. Para hacerlo, Dazieri vuelve a conducirlos, y a nosotros con ellos, hacia un mundo tan inquietante y atractivo como los que ya exploró en las tres novelas anteriores.
Carlos López-Tapia


















