Cine en serie: "The gentlemen", cómo pasarlo bien matando y siendo matado

Cine en serie: "The gentlemen", cómo pasarlo bien matando y siendo matado

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Querido Teo:

Eddie Horninam (Theo James). Duque por accidente, delincuente por aprendizaje y expansionista porque ha descubierto que tener tierras es agradable, pero recuperar las que perdieron tus antepasados resulta mucho más entretenido. Ha pasado de preguntarse cómo salir del crimen a preguntarse cuánto puede crecer dentro de él.

Susie Glass (Kaya Scodelario). Dirige un imperio ilegal con la expresión de quien está comprobando una factura. Cuando sonríe conviene averiguar quién ha perdido dinero, influencia o algún apéndice.

Freddy Horniman (Daniel Ings). Hermano mayor, heredero frustrado y desastre de precisión industrial. Si le entregan un problema que cabe en una caja de zapatos, media hora después harán falta una ambulancia, tres abogados y una excavadora.

Bobby Glass (Ray Winstone). Empresario tradicional, siempre que por tradición entendamos resolver las discrepancias del consejo de administración con procedimientos que Harvard continúa negándose a incluir en sus másteres.

Geoff Seacombe (Vinnie Jones). Guardabosques, confidente y hombre de pocas palabras. Conoce una ventaja que no se enseña en las escuelas de negociación: cuando uno sabe dónde está la pala, no todas las discusiones necesitan prolongarse.

Lord Hawthorne (Hugh Bonneville). Aristócrata impecable, influyente y falto de liquidez. Tres cualidades que juntas convierten a un caballero británico en una oportunidad de negocio.

Cico Maldini (Michele Morrone). Italiano, elegante, seductor y sospechoso antes de terminar de presentarse. En esta serie no es un defecto. Es un currículum.

Bella (Benedetta Porcaroli). Aristócrata italiana, magnífica tiradora y suficientemente inteligente para comprender que en una cacería británica los pájaros son casi siempre lo menos peligroso del campo.

Lady Sabrina (Joely Richardson). Una duquesa viuda que conoce demasiado bien a su familia para escandalizarse por ella. La auténtica aristocracia quizá consista en que aparezca un cadáver y preguntarse primero si afectará a la cena.

El primer capítulo de la segunda temporada de "The gentlemen" necesita poco más de diez minutos para explicar por qué Guy Ritchie sigue siendo capaz de convertir una colección de delincuentes, aristócratas, armas carísimas y frases imposibles en una comedia.

En realidad, la cacería no es exactamente la primera escena. Antes hay un prólogo violento y después un salto atrás. Eddie Horniman contempla la finca familiar con Geoff y recuerda que cuatrocientos años atrás sus dominios llegaban hasta donde alcanzaba la vista. Luego comenzó la decadencia. "Primero llegaron las disculpas. Después la vergüenza. Después la contracción". Lo compara con una podredumbre y concluye: "Quiero recuperarlo, Geoff". No está mal como declaración de intenciones de un duque que trafica con marihuana.

El Eddie de la primera temporada todavía podía fingir que el crimen era una avería doméstica que algún día conseguiría reparar. Este ya no. Theo James lo había definido como un hombre que descubre que posee "corazón de asesino". Ahora la pregunta empieza a ser cuánto le gusta la noticia. Ritchie acaba de resumir también la evolución de la propia serie diciendo que su ambición "se ha acelerado" y que su mundo se ha expandido. Puede decirse exactamente lo mismo del personaje.

Después llega la cacería y ahí aparece el Ritchie que más me interesa. Hay desayuno, tweed, escopetas, invitados llegados de varios países y una finca inglesa convertida en una especie de Davos criminal con perdices. Susie pregunta si Eddie no tiene demasiados platos girando a la vez. Él le explica la teoría: "Las cacerías nunca tratan de matar, Susan. Tratan de cerrar negocios". Y añade que la gente, por alguna extraña razón, parece más dispuesta a negociar cuando tiene un arma en la mano.

La frase parece una boutade, pero funciona como definición completa de "The gentlemen". Los personajes disparan, sí, aunque la verdadera munición son las conversaciones. Una invitación puede ser una amenaza. Un cumplido, una tasación. Una oferta comercial, la forma educada de advertir que rechazarla tendrá consecuencias. Nadie dice exactamente lo que quiere decir y, sin embargo, todos entienden lo que acaba de ocurrir.

Theo James explicó a Los Angeles Times una de las reglas del juego: en el mundo de Ritchie el humor "no puede caer en lo ridículo", porque entonces desaparecen las apuestas dramáticas. Esa frontera es fundamental. La serie se acerca continuamente al disparate, pero los personajes jamás saben que están dentro de él. La escena de la armería lo demuestra de manera casi perfecta.

El jeque Amir pregunta por qué hay tantas armas y por qué solo tienen dos cañones. Geoff responde que así se concede a los pájaros "una oportunidad deportiva". Luego, buscando prestigio y tradición, le recomienda una Beretta. Le recuerda sus quinientos años de historia y le muestra el grabado, supuestamente realizado durante dos años por un artesano italiano. Amir contempla la pieza. "Es magnífica".

Geoff concede que no serviría de mucho "en un tiroteo en Chicago", pero que resulta maravillosa en los verdes campos de Inglaterra. Entonces Amir anuncia que siente llegar una erección. Geoff ni pestañea. "Esa es la respuesta adecuada, señor". Ahí está todo. Un arma que puede costar decenas de miles de libras, un millonario excitado, un guardabosques con modales de mayordomo y dos intérpretes que saben que la única manera de que el chiste funcione es comportarse como si estuvieran hablando de la cosecha de un Burdeos.

Ritchie utiliza el humor no para descansar entre dos escenas violentas, sino como parte de la violencia. Cuanto más grave es el asunto, mejores son los modales. Y cuanto mejores son los modales, más sospechoso resulta que alguien sobreviva al almuerzo.

Kaya Scodelario ha contado que el método del director obliga a los actores a abandonar una de sus seguridades básicas: llegar al plató con las frases perfectamente aprendidas no garantiza que esas vayan a ser las frases que se rueden. En su primera temporada, Ritchie llegó a pedirles que desaprendieran lo memorizado. James habla de estar constantemente preparado para oscilar con lo que el director decida ese día.

Eso ayuda a explicar la electricidad de muchas conversaciones. Parecen pronunciadas un segundo antes de estar terminadas de pensar. El reparto, además, sabe sostenerlas. Hugh Bonneville puede decir una barbaridad como si estuviera presentando una enmienda en la Cámara de los Lores. Ray Winstone consigue que una observación doméstica suene como una sentencia. Daniel Ings convierte el pánico en actividad física. Vinnie Jones permanece quieto y uno empieza a preguntarse dónde ha dejado la pala.

Jones conoce a Ritchie desde "Lock & stock" (1998). Ha recordado que durante aquella película preguntó por qué todos temían a su personaje si todavía no había hecho nada. Ritchie le respondió que, cuando lo hiciera, se desataría el infierno. Geoff continúa funcionando con esa misma economía. En una ficción saturada de gente que quiere demostrar que es peligrosa, él inquieta porque no necesita demostrarlo.

Susie tampoco. Scodelario quiso que su personaje fuera algo más que una mujer espectacular colocada dentro de un universo masculino. El vestuario ayuda, pero la interpretación termina el trabajo. Susie escucha como si estuviera tomando medidas. No necesita elevar la voz porque casi siempre sabe cuál será el precio de que el otro no obedezca.

Entre ella y Eddie existe así una alianza mucho más divertida que un romance convencional. Ella procede del poder construido. Él, del heredado. Susie sabe cómo funciona una organización criminal; Eddie ha descubierto que el sistema de clases británico llevaba siglos utilizando herramientas sorprendentemente parecidas.

James dijo que una de las cosas que le interesaron del proyecto fue precisamente esa colisión entre aristocracia y delincuencia: tierra transmitida durante generaciones, control, privilegio y jerarquía. Daniel Ings lo llevó más lejos cuando describió a los grandes terratenientes como una especie de "gánsteres originales".

La broma tiene dientes. Un mafioso tiene territorio, familia, códigos de silencio, favores y castigos. Un aristócrata posee tierras, apellido, relaciones, herencias y una puerta lateral para acceder al poder. "The gentlemen" no necesita afirmar que son lo mismo. Le basta con reunirlos alrededor de una mesa y observar lo bien que se entienden. Por eso la cacería es una apertura tan brillante. Ritchie no la utiliza como paisaje. La utiliza como sala de reuniones.

Al final de la jornada llega el recuento. Geoff comunica la bolsa del día con la misma seriedad con la que un contable presentaría resultados: "120 perdices, dos palomas torcaces y un empresario italiano". La frase podría haber sido escrita por Billy Wilder si alguien hubiera conseguido convencerle de que añadiera escopetas y marihuana.

Esa es la zona en la que "The gentlemen" resulta irresistible: personajes que jamás admiten que están haciendo el ridículo, condición indispensable para que el ridículo sea verdaderamente divertido. Hay series criminales que preguntan quién va a morir. "The gentlemen" añade una cuestión más elegante: quién conseguirá hacerlo sin derramar el whisky.

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"The gentlemen" puede verse en España en Netflix

Carlos López-Tapia

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