Hollywood canalla: Rodolfo Valentino, el hombre que Hollywood convirtió en fantasía
Querido primo Teo:
Hace cien años Hollywood descubrió que también podía morir de amor. El 23 de agosto de 1926, Rodolfo Valentino fallecía en Nueva York con solamente 31 años, víctima de una peritonitis derivada de una úlcera perforada. No era simplemente la muerte de un actor célebre. Era el inesperado final de un fenómeno de masas y, en cierto modo, el nacimiento de una nueva forma de idolatría. Decenas de miles de personas se echaron a las calles para despedirle; las escenas alrededor de su féretro adquirieron dimensiones de histeria colectiva y su funeral se convirtió en uno de los primeros grandes espectáculos de duelo de la cultura popular.
Valentino había nacido como Rodolfo Guglielmi en Castellaneta, en el sur de Italia, en 1895. Llegó a Estados Unidos en 1913 y pasó por trabajos muy alejados del glamour de Hollywood antes de abrirse camino como bailarín y actor. Su gran oportunidad llegó con la adaptación de la célebre novela de Vicente Blasco Ibáñez "Los cuatro jinetes del Apocalipsis" (1921). Aquel inmigrante de ojos oscuros, elegancia felina y sexualidad desbordante descubrió algo que el cine estadounidense todavía no había convertido en una mercancía tan poderosa: el deseo masculino contemplado desde el deseo femenino.
Su ascenso fue fulminante porque Valentino entendió, antes que buena parte de la propia industria, que una estrella no se construía únicamente interpretando personajes. Había que convertirse en un personaje. Su nombre artístico, su acento, su ropa, su peinado, su forma de caminar, sus fotografías y hasta los rumores sobre su vida sentimental fueron formando una identidad pública cuidadosamente amplificada por Hollywood y por una prensa que había descubierto el extraordinario valor comercial de la intimidad. Valentino no vendía solamente películas: vendía una fantasía de sí mismo.
Después llegarían "El caíd" (1921), "Sangre y arena" (1922) y "El águila negra" (1925). Especialmente "El caíd" convirtió a Valentino en el arquetipo del "latin lover", el "gran amante" de una industria que hasta entonces había tendido a presentar al héroe masculino como fuerte, atlético, dominante y esencialmente viril. Valentino introdujo otra clase de poder: el de la sensualidad, la languidez, el maquillaje, el baile, la mirada y una vulnerabilidad que no anulaba su atractivo, sino que lo multiplicaba. Era capaz de llorar, suspirar, bailar un tango y dejarse contemplar como un objeto de deseo.
Ahí reside buena parte de su modernidad. Valentino no fue solamente el primer gran "sex symbol" masculino de Hollywood: fue uno de los primeros hombres convertidos por el cine en una fantasía destinada explícitamente a ser mirada. Su cuerpo, su vestuario y sus gestos formaban parte inseparable de la representación. En una sociedad que todavía asociaba la masculinidad con la contención y la autoridad, aquel italiano excesivamente elegante, sensual y sentimental resultaba fascinante para unas mujeres que llenaban las salas y desconcertante para muchos hombres que veían en él una amenaza a los códigos tradicionales de virilidad. La prensa masculina llegó a ridiculizar su aspecto y su supuesta falta de hombría, mientras sus admiradoras lo transformaban en objeto de una devoción sin precedentes.
La propia industria explotó esa contradicción. Rodolfo Valentino era macho pero sensible, y cuanto más se discutía si era suficientemente masculino, más crecía su atractivo. El escándalo funcionaba como publicidad y la publicidad alimentaba el mito. Su imagen era deliberadamente sofisticada, casi aristocrática, pero también profundamente física. No necesitaba demostrar constantemente su virilidad mediante la fuerza: bastaba con aparecer.
La mirada se convirtió en una de sus principales armas y su rostro en un instrumento narrativo. Valentino comprendió que podía dominar una escena sin comportarse como el héroe tradicional que Hollywood había construido hasta entonces. Esa combinación de fuerza y delicadeza, autoridad y vulnerabilidad, agresividad sexual y melancolía hizo de él algo más complejo que el estereotipo del conquistador latino.
Valentino ayudó a demostrar que la masculinidad podía ser una construcción estética y emocional, no únicamente una exhibición de fuerza: su héroe podía dominar y, al mismo tiempo, sufrir; ser sexualmente poderoso y emocionalmente vulnerable; convertirse en objeto de deseo sin renunciar a la fragilidad. Lo que hoy puede parecer una combinación perfectamente asumida tenía en la década de 1920 algo de provocación.
También fue uno de los primeros en comprender el extraordinario poder de la celebridad moderna. El público no quería únicamente ver a Rodolfo Guglielmi interpretando a un jeque, un torero o un aventurero. Quería ver a Valentino. Su nombre empezó a funcionar como una marca y su cuerpo como una firma. Las fotografías promocionales, las entrevistas, los rumores y las noticias sobre su vida privada completaban aquello que las películas no podían contar. La frontera entre persona y personaje se volvió deliberadamente borrosa y esa confusión resultó extraordinariamente rentable.
Su vida privada alimentó, naturalmente, esa construcción. Sus matrimonios con Jean Acker y Natacha Rambova, ambas vinculadas con Alla Nazimova (célebre integrante del club de costura de la siempre pacífica comunidad de Tinseltown), sus relaciones sentimentales y su posterior romance con Pola Negri fueron explotados por una prensa que había comprendido que la estrella no terminaba cuando se apagaba el proyector.
Décadas después de su muerte comenzaron a circular especulaciones sobre su sexualidad y sobre posibles relaciones con otras estrellas del cine mudo, como Ramón Novarro. No existen razones para convertir esas especulaciones en certezas, pero sí para entender que la fascinación que provocaba Valentino estaba relacionada con su resistencia a quedar encerrado en una idea convencional de masculinidad.
Su influencia tampoco debe entenderse como una línea directa que conduzca desde "El caíd" hasta el cine contemporáneo. Pero sí existe una tradición que él contribuyó decisivamente a inaugurar: la del actor que convierte su propia apariencia, su sensualidad y su ambigüedad en parte fundamental de su atractivo. Un legado que puede rastrearse, con distintas intensidades, en figuras tan diferentes como Cary Grant, Marlon Brando, Alain Delon o David Bowie y que, en tiempos más recientes, ha encontrado nuevas expresiones en actores como Johnny Depp y Timothée Chalamet, estrellas que han jugado igualmente con una masculinidad estética, sofisticada y deliberadamente ambigua.
En realidad, la paradoja de Valentino estaba en que, mientras Hollywood fabricaba una imagen perfectamente reconocible, él parecía escaparse continuamente de ella. Era italiano, pero convertido en fantasía universal; un símbolo sexual, pero también una figura sentimental; un conquistador irresistible cuya fuerza dependía, en buena medida, de su capacidad para mostrarse vulnerable. El público no contemplaba únicamente a un hombre deseable: contemplaba una determinada idea del deseo.
Y entonces llegó la muerte. A mediados de agosto de 1926, mientras promocionaba "El hijo del caíd", su gran regreso cinematográfico y una película que rodó para poder pagar las enormes deudas generadas por su estilo de vida, Valentino ingresó en un hospital de Nueva York después de sufrir un colapso. Una operación de urgencia no pudo salvarle. Cuando murió, apenas unos días después, tenía 31 años.
Su desaparición fue tan repentina que el público apenas tuvo tiempo de asumir que aquel hombre que parecía destinado a seguir protagonizando fantasías había dejado de existir. Y ahí reside una de las claves de la dimensión posterior del fenómeno: Valentino no tuvo una larga decadencia, ni una vejez que modificara la percepción de su imagen, ni una sucesión de películas menores que erosionara progresivamente su condición de ídolo. Murió cuando su mito todavía estaba creciendo.
Lo que sucedió después parece más propio de una estrella contemporánea que de una figura del cine mudo. Miles de personas acudieron a despedirlo. El tumulto alrededor de la funeraria obligó a intervenir a la policía y hubo heridos y destrozos. Las cifras de asistentes varían según las fuentes, pero se calcula que decenas de miles de personas se congregaron alrededor del edificio y que hasta unas 100.000 llegaron a pasar ante el cadáver durante el velatorio. La noticia de supuestos suicidios de admiradoras añadió una dimensión todavía más perturbadora al fenómeno. La muerte de Valentino fue también uno de los primeros grandes ejemplos de cómo los medios podían transformar el duelo por una celebridad en un acontecimiento colectivo.
Los periódicos alimentaban la expectación, las fotografías convertían el dolor en imágenes y las multitudes proporcionaban una espectacular escenografía de la devoción. El público dejaba de ser únicamente consumidor de películas para convertirse en protagonista del fenómeno. Incluso el funeral quedó contaminado por el espectáculo. Pola Negri desempeñó el papel de viuda desconsolada ante los fotógrafos, mientras la funeraria llegó a contratar figurantes para representar una supuesta guardia fascista italiana.
La realidad y la ficción, que Valentino había mezclado en vida hasta convertirse en un personaje de sí mismo, terminaron confundidas también alrededor de su cadáver. Hay algo profundamente moderno en todo aquello. Antes de Elvis Presley, James Dean, Marilyn Monroe, John Lennon o Lady Di, hubo un hombre cuyo rostro había pasado de la pantalla a las portadas, de las portadas a las fantasías privadas y de éstas a un duelo colectivo. Valentino fue una de las primeras celebridades cuya muerte demostró hasta qué punto el público podía apropiarse emocionalmente de una estrella que nunca había conocido.
Y su desaparición tuvo otra consecuencia decisiva: eliminó cualquier posibilidad de desgaste. Ya no habría películas malas que cuestionaran el mito, entrevistas desafortunadas que lo contradijeran, cambios físicos que modificaran su apariencia ni decisiones profesionales capaces de decepcionar al público. Murió justo cuando el cine estaba a punto de abandonar definitivamente el silencio y no llegó a enfrentarse al micrófono, a la nueva tecnología sonora ni al inevitable envejecimiento de toda estrella. La muerte congeló su imagen en el momento perfecto: joven, hermoso, deseado y eternamente disponible para la imaginación.
El hombre desapareció y quedó el personaje. Cien años después, quizá esa sea la verdadera razón de su supervivencia. Valentino no fue únicamente el primer gran amante de Hollywood. Fue uno de los primeros hombres a los que Hollywood convirtió en fantasía colectiva y también uno de los primeros en demostrar que la masculinidad cinematográfica podía ser sensual, vulnerable, ambigua y, sobre todo, objeto de deseo. Pero su verdadero legado quizá no esté únicamente en los hombres que vinieron después, sino en la relación que inauguró entre una estrella y su público.
Valentino comprendió que una película podía terminar al encenderse las luces de la sala, pero una estrella continuaba existiendo en las fotografías, en los rumores, en los sueños y en las conversaciones de quienes la habían visto. Su personaje público terminó siendo inseparable de la persona que lo había creado y, finalmente, la muerte convirtió aquella construcción en algo definitivo. El cine ha seguido explorando, con distintas formas y grados de libertad, ese territorio fronterizo que Valentino ayudó a conquistar. Su muerte prematura hizo el resto: convirtió a un actor en una leyenda y al público en parte de ella. Hace un siglo, Hollywood descubrió que también podía morir de amor. Lo verdaderamente revolucionario fue descubrir que, después de muerto, un actor podía seguir siendo deseado.
Mary Carmen Rodríguez






























