In Memoriam: Tinto Brass, hedonista y erotómano
Querido Teo:
Hay directores que trascienden asociados a la polémica y la irreverencia. Ese fue el caso de Tinto Brass, fallecido a los 93 años y que deja para la posteridad una cinta como "Calígula" (1979), toda una bacanal romana fílmica que surgió de la mano de la revista Penthouse en una de sus incursiones cinematográficas. El objetivo era hacer una superproducción erótica y para ello qué menos que centrarse en la figura del emperador romano apasionado de las orgías. Este hedonista y erotómano se movió entre el vanguardismo y el cine erótico no necesitando salir de cierto nicho para que su nombre fuera toda una referencia como uno de esos símbolos de culto que tienen en el escándalo su rasgo de definición a la hora de apostar por un arte entre lo refrescante, lo libre y lo creativo, que vaya más allá de los límites autoimpuestos por el espectador y perpetuados por los convencionalismos sociales.
Nacido en Milán el 26 de marzo de 1933 con el nombre de Giovanni Brass, el hecho de que su abuelo le apodara "Tintoretto" cimentó su nombre artístico. Tras iniciarse en cine como colaborador de la Cinémathèque Française y ayudante de Joris Ivens, Alberto Cavalcanti y Roberto Rossellini, empezó con un estilo personal cercano a la Nouvelle Vague para después abrazar la provocación.
"Chi lavora è perduto" (1963) fue un debut muy elogiado proyectándose en el Festival de Venecia, certamen en el que competiría en la sección oficial con "Con el corazón en la garganta" (1967) y ganaría el premio Pasinetti al mejor film italiano por "La vacación" (1971). Allí se lucía la pareja formada por Franco Nero y Vanessa Redgrave que ya había sido juntada por Brass el año anterior en "Al margen de la sociedad" (1970) en la cual una enfermera inglesa que ha quedado viuda se fugaba con un presidiario inmigrante italiano.
Probó el western con "El yankee" (1966) y fue la primera opción para dirigir "La naranja mecánica" (1968) antes de que el proyecto recayera en las manos de Stanley Kubrick. Quizá ahí se accionara la semilla de lo que vendría después para esta figura socarrona y singular amante de lo vulgar y lo grotesco con un punto juguetón, irreverente y gamberro.
Sus problemas con los productores propiciaron que Brass nunca terminara de reconocer a "Calígula" (1979) como suya. Las imposiciones de Penthouse provocaron que se establecieran dos equipos: el oficial encabezado por Brass que grababa por la mañana, y el clandestino y más picante de Bob Guicone (dueño de la revista) que grababa escenas de alto voltaje que serían después añadidas en el montaje sin contar con el beneplácito del director.
Eso queda evidenciado en el acabado del film pudiendo distinguirse claramente que escenas rodó uno y cuales rodó otro. Brass, enojado, rechazó el proyecto después de ver el montaje final y siempre tendió a ocultar de su filmografía la que, de por sí, ha quedado como su obra obra más reconocida.
"Calígula" estuvo 30 años prohibida en el Reino Unido pero, a pesar de ello, pronto alcanzó la condición de película de culto. Un clásico del cine erótico por no escatimar en escenas de sexo explícitas que van desde bacanales, felaciones y orgías. Nunca ha entrado en la nómina de grandes cintas del cine histórico pero nos da la oportunidad de ver una combinación entre el puro cine industrial (hay actores como Malcolm McDowell, Peter O’Toole, Helen Mirren o John Gielgud) y el sexo más bizarro y transgresor.
Compitió por el Oso de Oro en el Festival de Berlín con "The howl" (1970) y otras obras de su cine son "Nerosubianco" (1969), "Salón Kitty" (1975), "La llave secreta" (1983), "Miranda" (1985), "Amor y pasión" (1987), "Los burdeles de Paprika" (1991), "Così fan tutte" (1992) o "El hombre que mira" (1994).
Un cine marcado por la libertad jugando con los "travelling", los espejos, los colores y los cuerpos. Todo ello definiendo una obra que plasma la curiosidad y la ingenuidad de un provocador desdeñador de convencionalismos que prefería, con sus más y sus menos, dar dignidad y espacio a aquellos marginados que exploraban el placer de los sentidos, y el descubrimiento de la exploración de los mismos, en una amalgama de obsesión, locura, ingenuidad y deseo cultivando un erotismo estético entre el patetismo y la indiscreción.
Nacho Gonzalo

















