Cannes 2026: Emmanuel Marre indaga en el colaboracionismo alineado con la banalidad del mal e Ira Sachs honra el legado artístico y vital de una generación

Cannes 2026: Emmanuel Marre indaga en el colaboracionismo alineado con la banalidad del mal e Ira Sachs honra el legado artístico y vital de una generación

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Querido Teo:

Cannes ya encara su recta final a la espera de que haya alguna película que revolucione el posible palmares. Hoy se ha percibido como un día tranquilo y de transición de cara a la jornada de mañana en la que tanto las películas de los Javis como de Lukas Dhont podrían tener algo que decir. En la novena jornada ha sido el turno de "Notre salut", una de las cintas que han despertado más interés dentro de la cosecha francesa de este año, y "The man I love", el regreso de Ira Sachs conformando parte de la exigua representación del cine USA este año.

"Notre salut" (Emmanuel Marre) // Sección Oficial

En septiembre de 1940, en la Francia ocupada, se instaura el régimen de Philippe Pétain, el gobierno colaboracionista con la Alemania nazi. Henri Marre, de 49 años, llega a Vichy sin un céntimo, sin contactos, lejos de su esposa e hijos. Ve en la nueva Administración la oportunidad de encontrar por fin el lugar que merece. En su maleta, su tratado político autopublicado, "Notre salut", en el que defiende sus convicciones patrióticas y sus métodos como ingeniero. Su credo: "lograr la eficiencia" para sacar a Francia del desastre. Pero quizás Henri busca, ante todo, escapar de su propia derrota...

"Notre salut" nos lleva al horror decadente de los códigos morales de una sociedad cómplice a través de una atmósfera mortecina sobre el colaboracionismo de Francia con los nazis durante la II Guerra Mundial a partir de los ojos de un empresario venido a menos que intenta pescar en aguas revueltas con el fin de paliar el poder encontrar su lugar en un mundo en el que ha demostrado ni ser el más avezado ni el que más contactos ha podido atesorar.

Anacronismos, fino humor, una meritoria puesta en escena y un notable Swann Arlaud no camuflan un tostón verborreico que, alejado de academicismos, conforma un drama histórico denso y que no da una concesión al espectador por su alambicado diálogo y su exceso de filosofía sobre la conciencia de los que pueden hacer en un momento histórico decisivo. Todo ello fomentando un marcado carácter contemporáneo aprovechándose de una serie de recursos estilísticos y narrativos para querer dejar el mensaje de que la decadencia moral no entiende de tiempos históricos.

Son más de dos horas y media de la mano de un personaje, que no deja de ser el bisabuelo del director, que sí que es verdad que denota la manera tan rápida que tiene de propagarse la banalidad del mal que acuñó Hannah Arendt pero que no tiene ni el suficiente carisma ni el interés para centrar en él una película demasiado enciclopédica y solemne que se desarrolla a través de las cartas que dirige a su esposa y que muestran los resortes burocráticos que mueven a la Francia de Vichy alejándose de la épica de la resistencia.

Un funcionario gris que a base de ambición y oportunismo no necesita un gran desarrollo en sus motivaciones más allá de la convicción de arrimarse al árbol que mayor sombra cobija sin más divagaciones ni justificaciones. Los pequeños gestos de hombres cotidianos que son los que terminan fomentando la propagación del mal y que prefieren mirar a otro lado si con ello pueden prosperar. Una analogía más torpe y obvia que realmente meritoria sobre los paralelismos de aquella época con la que se asoma una Francia cada vez más mecida por los brazos de una ultraderecha que asoma en el horizonte.

"Notre salut" exige al espectador una notable paciencia al tener que hurgar dentro de su madeja en la que no solo se muestran los grises morales del arribismo social sino la fría rutina de unos burócratas que, no por fríos y contenidos, dejan de posicionarse con sus actos de cara a que la maquinaria siga en marcha por muy absurdo que sea por momentos.

Una propuesta que se mueve entre la incomodidad y la amargura en la que sus devaneos musicales (atención al uso del Live is life de Opus o Popcorn de Hot Butter), concebidos casi como un interludio, no terminan de funcionar en un film desconcertante en su tono narrativo y formal que pretende tener personalidad pero sin destacar por ello, está rodada en 16mm con una vieja cámara bólex al hombro dándole cierto tono documental pero conectado con los estímulos de los nuevos formatos que pueblan las redes.

Todo acaba convertido en un tratado plúmbeo que hace demasiado cansino un viaje del que no se sabe si el enfoque es el más adecuado más allá de mostrar la peligrosa sed de poder de un mediocre, lo cual arroja una interpretación tan sincera y creíble como desoladora y escalofriante de un actor a reivindicar como Swann Arlaud y que termina siendo la razón de ser de una película con baches de ritmo pero que en su propuesta no deja de arrojar ciertos temas que resuenan en la actualidad.

"The man I love" (Ira Sachs) // Sección Oficial

En la ciudad de Nueva York a finales de los años 80, un artista experimenta un momento extraordinario entre la una grave enfermedad y la muerte, un tiempo en el que la belleza y el amor aún son posibles.

Ira Sachs vuelve a la sección oficial por segunda vez tras la desconcertante y fallida "Frankie" (2019) llevándonos por unos terrenos cercanos a los de Bob Fosse en "All that jazz" (1979). En "The man I love" ofrece un trabajo complejo, melancólico y maduro a partir de un artista tan egomaniaco e incontrolable como tierno y desvalido que nota que su tiempo se agota en una época marcada por el sida y ambientada en el ambiente musical y "queer" del Nueva York de la década de los ochenta.

Un personaje lleno de aristas para un Rami Malek que puede lucirse en un artista tan vulnerable como excesivo que siente el conteo hacia atrás de un reloj que marca el tiempo que se va agotando y que encuentra en la música la manera de expresar sus sentimientos cuando las palabras no son suficientes y también de refugiarse de que los demás puedan ser testigos de como se va quebrando por dentro.

 

Una fortaleza frente a los demás que esconde la rabia de un hombre desesperado que quiere agarrarse a lo poco que le queda de vida. Dignidad y determinación frente al desgarro emocional de un hombre desesperado. Ahí radica lo valioso y difícil del trabajo de Rami Malek que crea un Jimmy crudo y electrizante, tan desinhibido como frágil.

Un trabajo vivo y que se desarrolla en los apartamentos de una ciudad cosmopolita y acogedora pero que ve que ciertos movimientos e intereses se mueven entre los márgenes, tal es el triángulo que se termina formando entre tres hombres. La asentada pareja que forman Rami Malek y un sobrio Tom Sturridge, que se ha convertido en un abnegado cuidador, y su nuevo vecino (al cual conoce como camarero en un bar) al que interpreta un solvente Luther Ford.

Una nueva pulsión para ese artista, vista entre el recelo y la resignación por lo que es su pareja, que no puede evitar seguir creando hasta el final y agarrarse a cualquier atisbo de inspiración y pulsión que le nutra tanto en la vida como en su profesión. Una bocanada de oxígeno aunque solo sea un espejismo frente a un destino cuya finitud está marcada.

Unas relaciones humanas que no se quedan en lo conceptual sino que emana de ellas un intimismo verista a la hora de mostrar esa conexión de pasión, fragilidad, decepción y dolor. Una cinta que se aleja de dramas lúgubres huyendo de activismo redundante o dramas hospitalarios para poner en el foco la vida, el amor, la música y el poder catártico de la escena como vía de resistencia indisoluble frente a la adversidad en la que la enfermedad lo marca todo pero a la que ni siquiera se menciona para no dar ni un segundo de protagonismo en la vida de estas personas pero sí influyendo en su devenir crepuscular.

Y es que, más allá de de conflictos efectistas, emana el silencio y una mirada pura a través de la delicadeza contenida de ver a personas que, pese a todo, se cuidan y se quieren. Todo en una elegancia medida y sutil con momentos de gran belleza en los que el director se permite fusionar a La bambola de Rita Pavone con Las cuatro estaciones de Antonio Vivaldi.

Rami Malek encarna a un personaje contradictorio que, ante la llegada de la muerte, no se resiste a dejar de celebrar la vida hasta el último momento bien sea en el escenario, en discotecas o en reuniones en su casa con amigos e incluso reencontrándose tanto con su hermana (Rebecca Hall) su cuñado (Ebon Moss-Bachrach) y su sobrino entre canciones y anécdotas enarbolando el espíritu de comunidad.

Una historia de arte, deseo y amor frente a la finitud del tiempo que supone un festivo homenaje a una época y a sus gentes a los cuales Ira Sachs honra para que no caigan en el olvido, muchos de ellos una generación que vivió y luchó mientras su juventud fue arrebatada y su legado artístico quedó perdido, en forma de canto vital, alternándose la creatividad y el sacrificio con el miedo y el sufrimiento del desconcierto provocado por una enfermedad que se propaga como prejuicio social y como condena demoledora.

El reflejo de un estado vital como una sucesión de momentos que captan la esencia de una época poniendo el foco en el arte como vehículo de emociones en la que más que compasión hay un impulso irrefrenable que empuja a la energía creativa y a seguir viviendo como dueño de esa existencia hasta el último minuto. Una nube de tristeza sobre la que sobresalen las ganas de vivir y sentir.

"Mariage au goût d'orange" (Christophe Honoré) // Cannes Première

La familia Puig tiene siete hijos. Y hoy es la boda del más joven: Jacques. Es marzo de 1978, en una iglesia de las afueras de Nantes. El padre no asiste a la boda; ha sido desterrado de la familia. Jacques se casa con Martine, una joven que vive en el mismo barrio. Es un matrimonio por amor. Pero, ¿podrá el amor curar las heridas de la infancia?

Christophe Honoré (tras tres incursiones en la competición de Cannes) brilla desde la barrera de secciones paralelas en una cinta que se mueve en una melancolía inherente, un dolor persistente y una fresca conexión entre personajes dentro de un caos espontáneo y coral como el que propone "Mariage au goût d'orange", encuentro de una familia de Nantes en la boda del mejor de siete hermanos que indaga en la condición humana entre vivencias, reproches y el recuerdo a Claude François ante el impacto de la noticia de su repentina muerte. Un título que se mueve en la irregularidad pero que desprende viveza y también las consecuencias de una vida que, incluso en momentos de aparente alegría, también se mueve en traumas, sinsabores y reproches.

Dinámicas familiares disfuncionales que logran moverse en una amalgama tan desordenada como evocadora, tan amarga como encantadora, mecida por unos personajes que, en sus actos, durante una de esas reuniones que suponen un punto de reencuentro pero también de inflexión para unos y otros, son conscientes de sus errores y sus imperfecciones.

Todo en un reparto encabezado por Vincent Lacoste, Paul Kircher, Adèle Exarchopoulos, Nadia Tereszkiewicz, Alban Lenoir y Saadia Bentaïeb que en sus interacciones saben demostrar una fragilidad a flor de piel y que, subrayando ciertos conflictos y enfrentamientos, llevan a que el film se mueva entre la fluidez cinematográfica y cierta impostura teatral.

Christophe Honoré rezuma facilidad para cambiar de registro pero siempre de la mano del melodrama intimista, entre la sensibilidad romántica y cierta teatralidad formal, que también emerge en una cinta que de la festividad de una celebración pasa a ser toda una espiral de emociones a flor de piel en una batalla dialéctica tan intensa como catártica sobre un escenario que da pie a convencionalismos, pero también al dolor de las heridas enquistadas y a la frustración de los afectos perdidos. Una generación que se da de bruces con la realidad de querer escapar de lo que son pero sin poder terminar de construir su propio destino entre la energía inconsciente de la pulsión y la desoladora fatalidad del destino.

"Lucy lost" (Olivier Clert) // Proyecciones en familia

Ambientada en 1915 en las Islas Scilly, frente a la costa de Cornualles, una joven llamada Lucy es criada por un clan de pescadores, y sabe que no es el suyo. Sin embargo, recuerda poco de su pasado y, mientras la Gran Guerra hace estragos en el continente, un encuentro fortuito con una misteriosa chica de su edad pronto ayuda a Lucy a recomponer las piezas de la historia de su propia vida y a comprender mejor su lugar en el mundo.

Un diseño de animación tradicional en 2D para una película sencilla de alto valor emotivo sobre una niña, con visiones que nadie más puede ver, intenta reconstruir sus pasos en un escenario bucólico que encierra un gran secreto del pasado sobre sus orígenes. El director del cortometraje "Blind spot" (2007) se luce por una estética deslumbrante y la emoción de una historia con cierto contexto histórico y político que en su conjunto, sin grandes ambiciones pero con una enorme honestidad, evoca al mejor Hayao Miyazaki. Imposible no quedarse arrebatado por el calado de una historia que sabe por donde llevar al espectador de toda edad hacía un desenlace conmovedor. 

Otros títulos

* En Quincena de Cineastas se ha visto "I see buildings fall like lightning" de Clio Barnard, cinta sobre cinco amigos que crecieron juntos en Birmingham y tienen que afrontar, en su treintena, la llegada de la vida adulta con secretos que rompen relaciones, excesos autodestructivos, sueños y nuevas responsabilidades, mientras el pasado insiste en no dejarlos atrás. Adaptación de la segunda novela de Keiran Goddard, un relato coral sobre la clase obrera de Birminghan que en la pantalla sabe captar el espíritu de comunidad de estos treintañeros arrollados por los peajes de una nueva fase en el ciclo de sus vidas.

Una cinta de la que se destaca un tono que la lleva de la viveza rompedora de "Trainspotting" (1996) al drama social de Ken Loach o Andrea Arnold, valorándola tanto por el tacto a la hora de adentrarse en las relaciones humanas como por su autenticidad y cercanía a la hora de mostrar tanto la euforia colectiva de la amistad y la decepción de una clase trabajadora condenada a no tener expectativas. 

* En Quincena de Cineastas ha clausurado "Red rocks" de Bruno Dumont, habitual de Cannes (donde ha competido en cuatro ocasiones) y que ahora se aleja de tonos sombríos o surrealistas para llevar el universo temático de "Romeo y Julieta" a una historia protagonizada por niños de cinco años en una isla de la Riviera francesa. Una película tierna y amable con cierto encanto que logra que su original propuesta termine siendo audaz y orgánica.

* En Proyecciones de medianoche "Roma elástica" de Bertrand Mandico en la que Eddie es una actriz que ha tenido su momento de gloria americana. Acompañada por Valentina, su fiel maquilladora, acepta el papel protagonista de una película de ciencia ficción que se rodará en Roma, una película que bien podría ser la última. El ocaso decadente de una estrella que permite mayor barroquismo visual que poso narrativo teniendo como principal reclamo el trabajo de Marion Cotillard.

El "flash" de Cannes 2026

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Nacho Gonzalo

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