"Anniversary", la infección del odio totalitarista a través de las fisuras de la democracia
Querido Teo:
Es la película de la que todo el mundo habla sin necesidad de haber pasado por salas. "Anniversary" ha recalado en Amazon Prime siendo un thriller psicológico bañado de drama familiar y lucha de poder a partir de la celebración del 25º aniversario de un matrimonio feliz y exitoso que comparte el evento junto a sus cuatro hijos, familiares y amigos. Una película desasosegante e intensa en el debate que ha dirigido Jan Komasa, cineasta polaco al que se puso en el mapa con "Corpus Christi" (2019), y que, a través de una historia de venganza, muestra como los discursos amparados en la libertad y el patrioterismo pueden ser también la tumba de la sociedad democrática.
Diane Lane capitanea un magnífico reparto dando vida a Ellen, una reputada profesora universitaria en Georgetown, famosa por sus ideas comprometidas y liberales, que ve como en la celebración del 25º aniversario de su matrimonio, uno de sus hijos, Josh (Dylan O’Brien), escritor de ciencia ficción fracasado, estrena nueva novia. La misma se llama Liz (Phoebe Dynevor) y fue una antigua alumna de Ellen que ya fue problemática ocho años atrás cuando era estudiante debido a sus ideas extremistas, defendiendo un movimiento llamado El Cambio, sostén para la política del Partido Único y un estado totalitario como remedio para las fracturas del sistema y al desencanto popular.
Ese núcleo familiar lo forman también Paul (Kyle Chandler), el padre de familia que se dedica a la restauración y que es el típico que cuando se entera de qué la situación ya es demasiado tarde, y las otras tres hijas; Cynthia (Zoey Deutch), abogada ecologista; Anna (Madeline Brewer), una comediante transgresora; y Birdie (Mckenna Grace), la sensible hija pequeña interesada en el mundo de la ciencia.
Unas ideas que van más allá de la típica conversación familiar ante la mesa, con las consabidas crispaciones y fricciones que uno puede encontrarse en cada cena de Nochebuena, y que aquí se plasman en un libro escrito por Liz que se convierte en una sensación y que acaba propagándose a través del fervor mediático, el poder corporativo y la instauración de nuevos valores y códigos, incluso de una nueva bandera como símbolo para un nuevo futuro. Un país dolido que ve como sus heridas se infectan a base de fanatismo, odio y rechazo al diferente, abogando por un mundo sin partidos políticos para evitar la división entre izquierda y derecha, o, en última instancia, entre los de arriba y los de abajo.
Una situación social que va propagándose a nivel general pero que a nivel particular se evidencia en una familia unida que se va resquebrajando con una sibilina Liz moviendo los hilos, captando mentes vulnerables a su causa y partiendo de su sed de venganza para propagar un odio que implante un nuevo sistema sustentado en el control y la anulación del pensamiento crítico. Un juego psicológico de lealtades y de cambios de bando, que van más allá del inicial y clásico choque de caracteres entre suegra y nuera, y que generan un ambiente malsano mayor en cada encuentro familiar.
Un clima de represión y miedo que prácticamente no necesita salir de las cuatro paredes de la casa familiar. Es verdad que se echa en falta mayor contexto social sobre la propagación de ese movimiento, y las consecuencias del mismo, pero desde ese ecosistema concreto ya queda representando el ataque a los intelectuales de izquierda que alzan la voz, y que son desde reprimidos hasta convertirse en fugitivos, o la viralidad que puede hacer a una prestigiosa profesora perder su trabajo por hacer añicos una bandera de El Cambio siendo víctima de la era de la cancelación auspiciada por los que escriben la narrativa.
Un nuevo tiempo representado en el cambio de personalidad del que era un inocente escritor idealista que, subido en una corriente de burguesía y poder, lo que le da seguridad e influencia, ejerce un poder dominador frente a los suyos como un digno "camisa negra" USA. Ese encuentro de Acción de Gracias no deja de ser un punto catalizador que, como siempre que se enciende la mecha del odio, genera un punto de no retorno que puede hacer que incluso, los arquitectos de ese mal, vean como sus criaturas se les escapan de las manos cuando el odio y la violencia campa a sus anchas.
Un movimiento autoritario y radical que como un virus va infectando y carcomiendo los cimientos de una familia aparentemente perfecta y un sistema no tan perfecto pero, desde luego, basado todavía en una democracia que permite la elección del pueblo. Una mirada a la proliferación de ideas fascistas en tiempos de incertidumbre, crisis, decepción y desengaño que es el reguero para que los intolerantes impongan su ley y se aprovechen de estúpidos, desinformados, vulnerables o ignorantes para así coartar opiniones y engrosar censos de afines a base de chantaje y manipulación, marginando y hundiendo al disconforme.
Un aviso para navegantes sobre los extremismos autoritarios que algunos jalean, bien sea desde redes o desde algunos medios, con el abuso de poder y el jaque a la libertad de expresión como golpes definitivos para los valores democráticos. Jan Komasa sabe de lo que habla, como testigo de un país que ha caído en diversas manos absolutistas a lo largo de la historia, y despoja de todo partidismo un thriller político que no necesita de siglas, soflamas o programas de mano sobre determinados temas sociales para mostrar que lo que está en juego es algo más grande; los propios valores democráticos.
Es por ello que su contundencia, espíritu incendiario y carácter militante (así como un final desolador en el marco del 30º aniversario de los padres) puede haber provocado que Lionsgate, la cual ha financiado y distribuido la película, la haya dejado de lado sin apenas darle promoción ni en salas ni en las principales cabeceras USA. La propia película puede haber sido víctima de lo que narra. Un mundo que silencia lo que es incómodo para el que manda y en el que los medios, en mayor o menor medida, están dominados por intereses bien directamente gubernamentales o que fluyen a través de estructuras corporativistas que hacen que cale el mensaje que interesa.
Una película que no habla directamente sobre Donald Trump pero sí sobre el mundo de miedo, represión y psicosis que está cultivando y propagando y que acaba viéndose aludido de una u otra manera, cimentado también en un Hollywood atemorizado que es incapaz de alzar la voz sobre ninguna de las políticas que vienen desde la Casa Blanca o sobre las guerras que asolan el mundo. Una cinta lúcida y pertinente pero peligrosa para aquellos que tienen viento a favor cuando la ciudadanía es más ignorante y se deja engatusar por pan y circo.
"Anniversary" es una película valiente y audaz que refleja nuestro mundo a través del peligro de los extremismos inoculados por presencias persuasivas que tiran de verbo y un carisma populista que conecta con el desencanto. Un film que enciende el debate, provoca un escalofrío y presenta la agudeza necesaria para diseccionar uno de los mayores peligros de nuestro tiempo. Un escenario en el que ese sistema autocrático sostenido en castas, alienación y estética que tan bien reflejó Margaret Atwood en "El cuento de la criada" sigue siendo una sombra en forma de amenaza que no se logra disipar y que, y eso es lo preocupante, cada vez parece más proclive a que derive en borrasca y que, definitivamente, se desate la tormenta.
Nacho Gonzalo




















