Cannes 2026: Cristian Mungiu disecciona los claroscuros morales de una Europa fragmentada y Arthur Harari desconcierta con su propuesta existencial sobre cambio de cuerpos
Querido Teo:
Había muchas esperanzas en ella y "Fjord" no ha desaprovechado la oportunidad de convertirse en una de las películas que marcara esta edición y que coloca a Cristian Mungiu ante la posibilidad de una segunda Palma de Oro con una quirúrgica disección de los claroscuros morales de la familia, la religión y el amor en el contexto de una Europa marcada por el prejuicio y el posicionamiento dogmático. Un trabajo sólido que todavía gana más empaque y madurez por el hecho de no preocuparse por facilitar la empatía de sus protagonistas; una familia ultraconservadora que ve topar su modo de vida y enseñanza con las ideas progresistas de una pequeña comunidad en noruega. Mucho más desapercibida ha pasado la desconcertante "L'inconnue" de Arthur Harari.
"Fjord" (Cristian Mungiu) // Sección Oficial
Los Gheorghiu, una pareja rumano-noruega muy religiosa, se instalan en un pueblo situado en un remoto fiordo, donde entablan una estrecha relación con sus vecinos, los Halberg. Sus hijos se hacen amigos a pesar de las diferencias en su educación. Cuando la adolescente Elia Gheorghiu aparece en el colegio con algunos moratones en el cuerpo, la comunidad se pregunta si la educación tradicional que los padres imparten a sus hijos tendrá algo que ver con ello.
Cristian Mungiu lleva a cabo su trabajo más accesible pero sin renunciar a sus temáticas ni a las hechuras de una cinta contundente en lo reflexivo y ambigua a la hora de plasmar el devenir de la sociedad que pretendemos ser amparada en el tan aspiracional estado de bienestar. Un ambiguo retrato que se mueve en terrenos tan incómodos y ásperos como lúcidos y pertinentes a la hora de hablar tanto del extremismo moral, religioso o social como del prejuicio más interiorizado y que salta como un resorte cuando algún comportamiento se sale de nuestro paradigma, más si viene de alguien de fuera.
Una cinta que parte del drama de la inmigración, con el tema del desarraigo y el choque cultural sobrevolando en todo momento, pero saliendo de terrenos comunes y apostando por un enfoque tonal no muy diferente a "La caza" (2012) de Thomas Vinterberg a la hora de mostrar como la mecha de una acusación se transforma en una avalancha que puede arrasar con todo.
El director rumano no tiene miedo en poner el foco en un conflicto, en apariencia inocente, que va formando una bola de nieve que asola los cimientos y creencias de una comunidad que no hace más que evidenciar que los mismos no están tan asentados en los valores que pretende propugnar. Una Europa encantada de conocerse pero con una solidad de boquilla y que deja más eslóganes y buenos propósitos que hechos.
Por un lado un pueblo asentado en sus ideales, que si bien son los socialmente aceptados, no dejan de ser un peaje por el que hay que pasar. Por otro lado una familia que viene de fuera y que vive en su propio ecosistema, no sólo sin ninguna intención de adaptarse al nuevo entorno, sino también condicionado el futuro de unos hijos que, sin móvil ni internet, son incapaces de decidir por sí mismos quedando sus alas cortadas desde el inicio.
La premisa no puede resultar más atractiva como es la de una familia de creencias evangélicas compuesta por un matrimonio y sus cinco hijos que son acusados por sus vecinos de maltratar a sus hijos lo que lleva a que entren en juego los servicios sociales y la cinta derive en un drama judicial en el que la gran pregunta es si es mejor que esos niños estén con sus padres, por mucho que sus ideas no nos gusten, o si el Estado puede imponerse como salvaguarda para llevarles con el resto del rebaño por la senda establecida.
Una ambigüedad impertérrita que acaba descolocando a un espectador que acaba agotado ante el calibre de los temas que plantea Mungiu que nos hace replantear nuestras propias convicciones y mantras. "Fjord" tiene el lazo puesto para convertirse en la película internacional de la temporada en la carrera de premios, no sólo por el tono de la propuesta, de autor pero con vocación para conectar con una audiencia adulta amplia, estando hablada en rumano, noruego e inglés y contando con dos de los intérpretes más en forma del momento.
Sebastian Stan y Renate Reinsve apuestan por trabajos matizados y ambiguos manteniendo la contención y siempre en un equilibrio que ayuda a que el espectador no termine de posicionarse y se descubra sintiendo lástima por unos padres de ideales más que rechazables ante el nivel extremo al que llevan su ideario pero que, ideologías al margen, no dejan de ser unos padres a los que el sistema les arrebata a sus hijos.
Una pareja que rechaza todo lo definido como "woke" y que, sustentada en valores tradicionales que les lleva a despreciar derechos conseguidos a lo largo de los años, se enfrenta por otro lado con esa suficiencia nórdica que señala con dedo neroniano lo que está bien y lo que está mal.
Mungiu no toma partido porque lo que interesa es retratar la incomunicación y la intolerancia que nos impide realmente avanzar como sociedad, tanto desde un lado como desde el otro, pero sí que fuerza el dibujo de policías, fiscales y asociaciones de menores para provocar la compasión hacia aquellos que son laminados por el sistema, por mucho que se haga con las mejores intenciones.
La valentía y mayor mérito de la película de Mungiu reside en cambiar las tornas de lo visto hasta ahora. Los inmigrantes no vienen en patera ni son unos iletrados. Tampoco los vecinos de ese lugar son tan acogedores y justos como se creen. Es lo que lleva a que muchos, desde sus ideales progresistas, sufrirán también la impotencia como espectador al asistir a una espiral kafkiana que padecen unos padres por no haber encajado en lo que se esperaba de ellos y que les hace estar en todo momento bajo sospecha.
Unos "cancelados" que verán cargar sobre ellos la etiqueta de monstruos retrógrados que están llevando a sus hijos a la perdición y que, por ello, se justifica que irrumpa el papá Estado al rescate. Una ambigüedad en la que Mungiu no carga tintas sobre la familia tradicional pero en la que, en en cambio, sí que muestra las vergüenzas de la progresía bienintencionada y la tolerancia (o no tanto) de las democracias.
Una película que no busca respuestas fáciles ni complacientes con unos padres de ideas conservadoras que están convencidos de que sus métodos de crianza son los correctos, por mucho que vayan en dirección contraría de las leyes y los valores personajes de los que residen en la zona. La manifestación de un deterioro social en el que contrasta lo bucólico y calmado del paisaje con la gelidez moral de unos escenarios que evocan una amenaza siempre presente y una sensación de angustia que termina oprimiendo la atmósfera generada en la cual la sequedad acaba dominando sobre la emoción.
Es la constatación de un mundo irreconciliable en el que, poniendo en el foco la definición de un estamento como la familia en pleno estado cambiante, se obliga a estar en un bando o en otro para desde ahí defender las consignas de turno entre la burocracia arrolladora y el valor (valga la redundancia) que juegan los valores en el mundo de hoy.
"Fjord" no puede evitar que su sólido guión, el cual funciona más por la sensación que va generando en lo que sugiere y plantea que por lo que narra, caiga por otra parte en estereotipos o algunos simplismos a la hora de definir a sus personajes, y la postura de cada uno de ellos, pero sí que es capaz de ampliar panorámica moviéndose por una aspereza seca avivada por la frialdad del paisaje y el parapeto moral de unos y otros.
Todo ello para tratar temas interesantes a la hora de exponer si la libertad de expresión (y religiosa) tiene límites y hasta qué punto un estamento apoyado en la fuerza de todo un Estado está legitimado para meterse en la esfera personal de una familia que no es como a los otros les gustaría que fuera. Un cine que hace pensar y que busca más la autocrítica que la adhesión inquebrantable a una determinada causa.
Una mirada nada didáctica sobre una Europa no tan desinteresada, ecuánime y libre como propugna que, desde unas trincheras infranqueables en las que el prejuicio manda sobre la vocación de diálogo, no se preocupa por entender o respetar y que acentúa las diferencias de esa unión de países con intereses y propósitos comunes que intentaba nutrirse de ellas para formar un todo pero que, en la práctica y ante la falta de entendimiento entre las partes, cae en el recelo, la marginación y el rechazo.
La educación, frente a unos adultos arraigados en sus dogmas, es la protagonista en el campo de batalla sobre una guerra de valores, posicionamientos e influencia a la hora de criar e inculcar a las nuevas generaciones sobre las ideas que sustentarán un futuro en el que (como ya se plasma en el presente) no parece haber ni esperanza ni misericordia. Un claro símbolo de unos tiempos en los que, más que ser altruista o tender puentes frente las enormes diferencias que nos asolan, se prefiere tener razón y reafirmarse en la zona de confort que cada uno ocupa, más que en preocuparse por entender al otro.
"L'inconnue" (Arthur Harari) // Sección Oficial
David Zimmerman, que se acerca a los 40, es fotógrafo, pero nadie lo sabe. Aunque casi nunca sale de casa, unos amigos lo arrastran a una fiesta desenfrenada. Allí, ve a una mujer entre la multitud, no puede apartar la vista de ella y la sigue... En la oscuridad de la noche, su vida da un giro dramático. David despierta... en el cuerpo de la mujer desconocida.
"L'inconnue" es un desconcertante viaje de intercambio de cuerpos en un "body horror" existencial que, partiendo de un furtivo encuentro sexual en una fiesta de Nochevieja, divaga sobre el género, el deseo y la identidad poniendo el foco en los personaje encarnados (e intercambiados) por un irreconocible Niels Schneider y una estupenda Léa Seydoux asistiendo impotentes a lo que se les presenta. Una buena premisa que no puede evitar terminar siendo un fiasco ante una ejecución que peca de ambiciosa a nivel temático y que primero es confusa para después asentarse en un tedio decepcionante.
La cinta de Arthur Harari se desarrolla en las afueras de París y pretende generar una autenticidad alejada del cine fantástico que suele acoger este tipo de premisas y que aquí se muestra en la desorientación vital de unos personajes, que ya vienen heridos de por sí, y que ahora tienen que convivir con una nueva realidad bañada de estupefacción y desconcierto en la que aprovecharán para descubrirse a sí mismos aunque sea desde el cuerpo del otro. Todo ello a través de miradas y silencios, con las calles oscuras de la ciudad como escenario y entrando en contacto con otros personajes como una joven rumana tan perdida como ellos.
Una propuesta que busca generar abstracción y fascinación pero que acaba imbuida en una coctelera desenfrenada que no termina de llegar a ninguna parte bordeando el "noir" y el drama íntimo a pesar de que algunos han intentado verle reminiscencias al cine de Joseph Losey, Michelangelo Antonioni o David Cronenberg. Física espiritual que es capaz de planear sobre temas muy elevados, tener a Radu Jude en un pequeño papel (portero de una finca y padre de la chica rumana) y llegar a una ejecución que deja mucho que desear al ser menos subyugante de lo que aventura.
Una abstracción desasosegante que es verdad que nunca sabes a dónde te va a llevar pero cuyo viaje no es lo subyugante y original que pretendía arrojar un "body horror" en clave identitaria que es largo hasta la extenuación y que deriva en un conjunto alambicado, petulante y soporífero sobre las complejidades del amor y el deseo en el cuerpo de otro. Una música machacona y su estética de languidez comatosa no ayuda a que funcione para que emerja algo especialmente atractivo y sugerente en este viaje hacia descubrir la identidad de uno.
Es el caso de un David Zimmerman que, desde el tumulto de un baile de mascaras hasta las caminatas urbanitas, y tras encontrarse dentro de otro cuerpo cuando se despierta en su apartamento tras una noche de pasión carnal, se pregunta si él puede hacer algo para reivindicarse a sí mismo frente a las constricciones de género y catalogaciones a las que nos aboca la sociedad de hoy y en la que ser hombre o mujer, o formar parte de un estrato social u otro, ya condiciona no solo el destino de uno sino como es visto a ojos de los demás.
Una fantasía con más trompicones descorazonadores que misterio intrigante y que ni da tregua ni arroja algún momento que nos evada de esa forzada solemnidad que nos lleva a no poder salir de un callejón sin salida al cual se asiste entre el desconcierto general y una sensación de duermevela que deja fuera de juego, no solo por lo imperfecto de lo que propone sino por los sacrificios que ello conlleva para intentar seguirle el rollo.
Una rareza hermética, fallida y desconectada de la realidad que suena a concesión en la competición para un Arthur Harari que en su cuarta película como director (tras haber ganado el Oscar al mejor guión original por "Anatomía de una caída") se queda en tierra de nadie en una de esas rarezas que de vez en cuando encuentran un hueco en Cannes y en la que adapta su propia novela gráfica (escrita junto a su hermano) sobre una identidad (en su sentido más amplio) a debate; inclasificable y por definir a través de experiencias, sensaciones y vivencias en lugar de limitaciones coyunturales en pro de lo establecido por la amplia mayoría.
Una película con mucho que decir pero que terminan siendo más un capricho autoral, bizarro y provocador con más ínfulas que resultado llevándonos por un puzle que genera más irritación que satisfacción. De todo tiene que haber en un gran escenario como el de Cannes pero, a todas luces, ni es la rompedora ni la sugerente propuesta que este título podría haber sido ante los mimbres con los que contaba.
"Everytime" (Sandra Wollner) // Una cierta mirada
Una tragedia une a una madre, una hija y un adolescente. Mientras lidian con la culpa y el perdón, se van de vacaciones en familia a Tenerife, en un intento por sustituir las vacaciones que nunca llegaron a celebrarse. Bajo el resplandor del sol, el pasado y el presente comienzan a entremezclarse silenciosamente.
El trasiego de la sección oficial provoca que determinadas joyas de las secciones paralelas no puedan ser apreciadas como debieran escapándose como arena del desierto entre las manos. Afortunadamente no ha sido el caso de un título que se antoja como de lo mejor que vamos a ver en esta edición. Una cinta que nos lleva por terrenos muy sugerentes y fascinantes en una llevanza del duelo en el que realidad, poesía, pasado y presente se dan la mano en unas vacaciones en la que tres personas comparten un mismo dolor.
Embriagadora y conmovedora gracias al dominio de la cámara de la directora austriaca Sandra Wollner, la cual es capaz de crear extrañeza y onirismo a partes iguales para sustentar el "shock" emocional de unas personas que intentan salir adelante como pueden entre el sentimiento de pérdida, la culpa y la incertidumbre sobre lo que puede estar por venir.
Sutil y evocadora, la cinta golpea de manera tan delicada como desafiante en una ambigüedad sostenida en la difusa fotografía llena de destellos a cargo de Gregory Oke ("Aftersun") partiendo del impactante inicio en el que una adolescente cae al vacío desde la terraza de un rascacielos, al que ha subido junto a su novio para admirar el amanecer, tras una noche de alcohol y drogas.
La joven estaba a punto de irse de vacaciones a Tenerife junto a su madre y su hermana pequeña, calendario que se mantendrá viajando ambas y acogiendo al novio de la chica, el cual lidia con las miradas de todos que le ven como culpable del suceso. Una improvisada familia con tres personas que intentan digerir como pueden la tragedia que han vivido y que basan su unión en un dolor compartido, y que solo sienten ellos, ya que juntos se agarran a que no se diluya en el recuerdo la persona que les ha unido.
Un cine que capta estados de ánimo y que se adentra más en sensaciones que en desarrollos narrativos potenciando una evocación que parece suspendida en el tiempo y que se mueve entre la extrañeza y el misterio con un halo de fatalidad pero también de agarrarse a algo que pueda mitigar, aunque sea por un momento, el dolor, la culpa y el peso de la memoria.
Unas vacaciones que generan una atmósfera absorbente y particular, en la que los rayos de sol se confunden con espejismos, y en el que la despreocupación turística habitual choca con estas tres personas que llevan su mochila a cuestas pero que encuentran aquí una especie de bálsamo que les hace por momentos escapar de una realidad devastadora y que, si estuvieran en su rutina habitual, no podrían esconder.
Personajes que parecen estar en su particular mundo, una especie de limbo entre la dolorosa realidad y el hedonismo evasivo en un trabajo conmovedor, sensible y que cuida cada detalle con un lirismo desarmante, un intimismo acogedor y una madurez elogiable.
Una profundidad y una cadencia necesaria para enarbolar al cine como arte en el que se capturan momentos reveladores y trascienden emociones, imponiéndose y revelándose en tiempos de fórmulas manidas y ritmo acelerado para aquellos con déficit de atención que necesitan que se pase con celeridad a la siguiente pantalla.
Una película de esas que más que ser vistas, transpiran construyendo su propia personalidad para quedarse conviviendo dentro de uno por su capacidad de calar sin necesidad de aspavientos ni de repetir fórmulas trilladas. Es la manera con la que consigue una voz propia que la hace diferente y única sabiendo transmitir la cercanía y verdad de una ambigüedad vital que tantos aspiran alcanzar a la hora de reflejar y que pocos consiguen.
Otros títulos
* "Her private hell" de Nicolas Winding Refn ha intentado eclipsar la jornada aunque lo hiciera fuera de concurso. Cuando una misteriosa niebla envuelve una metrópolis futurista, liberando a una presencia esquiva y letal, una atormentada joven se lanza a la búsqueda de su padre. Su búsqueda se cruza con la de un soldado estadounidense inmerso en una angustiosa odisea para rescatar a su hija del infierno. Un disparate esteticista que supone el regreso del director al cine diez años después y que cuenta con Charles Melton, Sophie Thatcher, Havana Rose Liu y Diego Calva.
Un "noir" con luces de neón que si bien para algunos es algo febril y cautivador para otros supone una de las peores experiencias fílmicas que se puedan recordar con un punto de erotismo, thriller y "slasher". La que para más de uno es la "Megalópolis" de este año no hace más que demostrar que hace tiempo que Winding Refn cayó del pedestal y de una unanimidad que desde "Drive" (2012) no ha vuelto a alcanzar. Le tenían ganas pero tampoco parece que el director esté poniendo mucho de su parte.
* "La más dulce" de Laïla Marrakchi ha formado parte de Una cierta mirada poniendo el foco en el vínculo de dos mujeres que dejan su Marruecos natal para trabajar como temporeras en la recogida de la fresa en el sur de España. Con la esperanza de regresar a casa y brindar una vida mejor a sus familias, sus sueños chocan con una cruda realidad: abusos, acoso y condiciones laborales indignas a manos de sus empleadores. Un nuevo azote a esa Europa que pone palos en la rueda más que acoger de verdad al que viene de fuera. Un canto en clave feminista al respeto y la empatía.
* "La perra" de Dominga Sotomayor ha formado parte de la Quincena de Cineastas desarrollándose la historia en una recóndita isla frente a la costa chilena. El vínculo que se forma entre una mujer y una cachorro emociona por su mirada observacional, elegante y sensible sobre el duelo, el trauma y la posibilidad de reconstruirse con vínculos imprevistos que pueden hacer sanar pasados oscuros y que conforman una película que, si bien, se antoja menor, sabe ser reveladora y concluyente en lo que cuenta.
* En Cannes Première se ha visto "Aquí" de Tiago Guedes, adaptación de la obra de J.M. Coetzee que nos lleva a un mundo distópico en el que la memoria ha sido borrada y la individualidad reprimida. Una puesta en escena sencilla para toda una experiencia que se adentra en un título que cuestiona al sistema y que pone en el foco las complejidades de ser padre cuando toca no solo enseñar o acompañar sino también lo que supone el estar en permanente estado de alerta para poder proteger a aquel que más se quiere. Los giros y el empaque de la propuesta la elevan sobre la media contando en su reparto con nombres como los de Manolo Solo, Patricia López Arnáiz o Isatso Arana.
El "flash" de Cannes 2026
Nacho Gonzalo

























































