Cine en serie: "Monstruo: La historia de Lizzie Borden", un hacha, un crimen sangriento y una leyenda

Cine en serie: "Monstruo: La historia de Lizzie Borden", un hacha, un crimen sangriento y una leyenda

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Querido Teo:

La cuarta entrega de la antología criminal "Monstruo", después de las temporadas dedicadas a Jeffrey Dahmer, los hermanos Menéndez y Ed Gein, se adentra en uno de esos crímenes que Estados Unidos convirtió en folclore mucho antes de que existiera la expresión "true crime", que no empezó a utilizarse hasta 1924. Es probable que durante el Halloween de este 2026 haya un disfraz que se convierta en uno de los más populares de Estados Unidos: una mujer con vestido victoriano, manchas de sangre en la cara y la ropa y un hacha en la mano. 

Hasta el Halloween pasado era una imagen reconocible, aunque todavía relativamente de nicho. Sin embargo, generaciones de estadounidenses conocen una cantinela infantil nacida después del proceso de 1893 y utilizada durante décadas incluso para saltar a la comba: "Lizzie Borden cogió un hacha y a su madre le dio cuarenta golpes; cuando vio lo que había hecho, a su padre le dio cuarenta y uno".

"Monstruo: La historia de Lizzie Borden" se estrenó el 17 de septiembre y debutó como número uno de Netflix con más de 12 millones de visualizaciones en sus primeros cuatro días. Además, ya han comenzado a aparecer guías de disfraces específicamente vinculadas a la protagonista de esta serie, estrenada apenas seis semanas antes de Halloween.

Por si esto fuera poco, en los años sesenta, la canción Lizzie Borden se hizo tan famosa en las voces de The Chad Mitchell Trio que llegó al número 44 de la lista estadounidense Billboard Hot 100 en 1962, algo extraordinario para una canción humorística sobre un doble asesinato cometido setenta años antes.

Es una pieza de humor negro absolutamente norteamericano. Comienza recuperando precisamente la vieja copla infantil y después reconstruye de manera cómica el asesinato, el juicio y la fama de Lizzie. El estribillo juega repetidamente con una idea que, traducida, viene a decir: "No puedes hacer pedazos a papá en Massachusetts".

La gracia está en que adopta el tono de una alegre canción popular, casi de fiesta campestre, para contar algo espantoso. La letra va enumerando las consecuencias absurdas de asesinar a los padres en Massachusetts y convierte a Lizzie en una especie de personaje folclórico.

No pretende reconstruir seriamente el crimen: se burla deliberadamente de la leyenda que los estadounidenses habían construido alrededor de ella. Una publicación especializada en música folk la describe precisamente como una versión irreverente y humorística de los asesinatos de Fall River. La serie vuelve a emplear en su promoción la vieja retahíla infantil, aprovechando así un elemento que muchos estadounidenses reconocen inmediatamente.

El 4 de agosto de 1892, Andrew Borden y su segunda esposa, Abby, aparecieron asesinados en su casa de Fall River, Massachusetts. La principal sospechosa fue Lizzie Borden, hija de Andrew. Más de un siglo después, la pregunta sobre quién mató a los Borden continúa intacta, pero "Monstruo: La historia de Lizzie Borden" decide no mantener la duda: imagina una respuesta y construye a partir de ella una ficción deliberadamente provocadora.

Formada por ocho episodios, es la primera entrega de la antología centrada en una mujer. Ella Beatty, hija de Warren Beatty y Annette Bening vista ya en "Feud: Capote vs. The Swans" (2024), encarna a Lizzie. Lo más interesante no está en descubrir quién sostiene el hacha, porque la serie hace explícita muy pronto su posición, sino en observar cómo convierte una casa victoriana en una máquina de presión.

Fall River era entonces una ciudad industrial próspera, marcada por el dinero textil, la inmigración y una jerarquía social muy visible. Los Borden tenían patrimonio, pero Andrew era famoso por una austeridad que contrastaba con su fortuna. Para una mujer de la clase de Lizzie, soltera y pasada la treintena, la independencia económica y sexual era muy limitada. Para una criada irlandesa como Bridget Sullivan, la otra gran protagonista, la distancia social era todavía mayor. La serie utiliza esas restricciones reales para construir un relato sobre encierro, deseo y furia.

Ese punto de partida histórico funciona mejor cuando el guion se apoya en detalles concretos: el peso de la casa, los corsés, los rituales de la mesa, el control del cuerpo femenino, la dependencia económica y el modo en que un crimen doméstico podía transformarse en espectáculo nacional.

Hay en la serie una veta de comedia muy oscura, y ahí se encuentra una de las peculiaridades de esta temporada. No estamos ante una reconstrucción sobria. Hay violencia grotesca, humor incómodo, sexo, imágenes casi operísticas y momentos que rozan conscientemente lo absurdo. A veces esa mezcla produce una energía extraña que, si se superan los dos primeros capítulos, acaba resultando eficaz; otras veces, el exceso supone un riesgo asumido que puede expulsar a algunos espectadores, pero que, sin duda, resulta valiente.

Ella Beatty sostiene esa contradicción. Su Lizzie puede parecer frágil durante unos segundos y volverse amenazadora sin necesidad de grandes gestos. Bridget, la criada irlandesa, introduce una libertad física y moral que rompe la rigidez de la casa. El guion convierte a los padres en fuerzas de opresión, y aquí conviene empezar a separar la serie de la historia. Las interpretaciones pueden ser convincentes, pero los personajes han sido deliberadamente extremados para que el mecanismo dramático funcione.

La verdadera Lizzie dejó muchos huecos y muy pocas certezas. Precisamente por eso su caso ha sobrevivido durante más de 130 años: cada generación ha podido colocar en esos huecos sus propios miedos, prejuicios y fantasías.

"Monstruo: La historia de Lizzie Borden" es, en ese sentido, menos una investigación que una versión. Tiene un trabajo de producción vistoso, interpretaciones con fuerza y una voluntad evidente de no parecer un drama de época respetable y embalsamado. Simplifica a personajes reales y convierte con total descaro las hipótesis en hechos. Su interés está precisamente en esa tensión: cuanto más espectacular resulta como televisión, más necesario es recordar que la historia auténtica fue mucho menos concluyente.

Si gustaron series como "Alias Grace" (2017), por su mirada a una mujer acusada de asesinato en el siglo XIX; "The act" (2019), por la mezcla de crimen real y dramatización, o el lado más barroco de "Feud" (2017-2024), vale la pena dar una oportunidad a esta Lizzie Borden. Conviene hacerlo, eso sí, como lo que es: una ficción inspirada en un caso histórico y no la resolución tardía de un misterio.

Ella Beatty llegó al personaje con una ventaja paradójica: conocía la célebre cantinela infantil sobre Lizzie Borden, pero no estaba condicionada por una teoría concreta sobre el crimen. Cuando consiguió la audición comenzó a documentarse intensamente. "En cuanto surgió la audición, escuché todos los pódcast de 'true crime' que pude encontrar para conocer los hechos del caso". Después tuvo que separar esos datos de la Lizzie construida por Ryan Murphy e Ian Brennan, mucho más inequívoca que la mujer que aparece en los documentos históricos.

La otra pieza fundamental es Vicky Krieps, protagonista de "El hilo invisible" (2017) y "La emperatriz rebelde" (2022), que interpreta a Bridget Sullivan, llamada Maggie por los Borden. Krieps quiso que aquella criada pareciera casi una intrusa llegada del futuro. Intervino incluso en su aspecto y en su manera de moverse. "Le quité el corsé y le puse zapatos de hombre porque necesitaba que pudiera escapar en cualquier momento".

La decisión permite comprender parte de la extraña modernidad del personaje. Sin corsé y con calzado plano, Krieps podía encorvarse, sentarse o caminar de una manera imposible para las otras mujeres de la casa. Durante el rodaje, su intervención fue más allá. El director Max Winkler llegó a considerarla una especie de referencia para comprobar que la perspectiva femenina de determinadas escenas funcionaba y, según la actriz, al final del trabajo acudían a ella para preguntarle si tenía observaciones o si algo no terminaba de convencerla.

La sangre tampoco fue solo asunto de maquillaje. Beatty, que se reconoce muy aprensiva ante la violencia, tuvo que acostumbrarse a jornadas en las que el mecanismo técnico resultaba casi tan complejo como la interpretación. Algunas salpicaduras se pintaban a mano sobre su rostro; en otras ocasiones se vertía directamente sangre artificial, y determinados golpes de hacha activaban dispositivos que lanzaban el líquido sobre la actriz. La solución para eliminar después aquel desastre era bastante menos truculenta: espuma de afeitar.

Más complicada todavía resultó una de las grandes escenas de humor grotesco del segundo episodio. Max Winkler y su equipo prepararon durante horas los mecanismos destinados a provocar los vómitos de Andrew y Abby Borden. Ensayaron tubos, presión, distancia y cantidad de líquido antes de rodarla. Winkler consideró aquella coordinación uno de los trabajos técnicos más difíciles de su carrera.

Rebecca Hall tenía, además, un problema añadido: el vómito le produce una especial repulsión y temía acabar vomitando de verdad. Cuando vio en funcionamiento unas máquinas deliberadamente desmesuradas, el problema cambió: el efecto resultaba tan excesivo que tenía que contener la risa. Charlie Hunnam tampoco lo pasó especialmente bien. Aunque sabía perfectamente que los líquidos eran falsos, su aversión a la suciedad convirtió la jornada en una prueba bastante menos divertida para él que para quienes estaban mirando.

También engaña la geografía. La historia transcurre en Fall River, pero la producción trabajó en Los Ángeles y Chicago, mientras que las secuencias vinculadas con Elizabeth Báthory llevaron al equipo mucho más lejos: hasta Italia. Durante cinco semanas, entre finales de enero y finales de febrero de 2026, alrededor de doscientos profesionales trabajaron en Roma y en distintos lugares del Lacio.

La localización más llamativa es el castillo Orsini-Odescalchi de Bracciano, junto al lago del mismo nombre. Su arquitectura permitió recrear el universo de la noble húngara de los siglos XVI y XVII sin construir desde cero un gran decorado medieval. Es una de las curiosidades más atractivas del rodaje: una serie dedicada a un crimen cometido en una casa de Massachusetts termina encontrando algunas de sus imágenes más espectaculares en un castillo italiano situado a miles de kilómetros de Nueva Inglaterra.

El asesinato continúa oficialmente sin resolver. La serie, en cambio, adopta una hipótesis de culpabilidad y la desarrolla como si pudiera entrar en habitaciones donde el registro histórico no llega. No existe prueba de que Lizzie y Bridget Sullivan mantuvieran una relación amorosa ni de que fueran cómplices de los asesinatos. Tampoco está documentado que Andrew Borden dejara embarazada a Bridget ni que Abby tuviera la historia de depresión, infertilidad y divorcio que la ficción le atribuye.

La serie altera, además, otros elementos. El asesinato de Bertha Manchester aparece relacionado con Lizzie y Bridget, cuando el crimen histórico no tuvo esa conexión. La amistad real de Lizzie con la actriz Nance O'Neil fue posterior al juicio, pero la serie la adelanta y la utiliza con una función dramática.

La presencia de Aileen Wuornos, casi un siglo después, y las referencias a la noble de los Cárpatos Elizabeth Báthory, y a la leyenda que acabó atribuyéndole baños de sangre para conservar la juventud, no pretenden ser historia. Son puentes temáticos para hablar de mujeres violentas, del modo en que cada época interpreta su conducta y de la facilidad con la que una persona real termina convertida en mito. La serie tampoco oculta su mirada actual sobre la represión femenina. Ese enfoque puede ser legítimo como ficción, pero no debería confundirse con una explicación demostrada de los asesinatos.

También hay anacronismos conscientes. El más evidente es musical. La banda sonora original es de Bryce Dessner, guitarrista de The National y compositor de "Los dos Papas" (2019), "Cyrano" (2021) o "Vivir el momento" (2024), pero la serie introduce canciones modernas en escenas del siglo XIX. Suenan, entre otras, Cherry bomb, de The Runaways; Hounds of love, de Kate Bush; The end, de The Doors; Smalltown boy, de Bronski Beat, y Carnival, de Natalie Merchant.

Ian Brennan, uno de los responsables del proyecto, ha explicado que la intención era impedir que la época quedara encerrada en una vitrina: no quería que el drama histórico pareciese un diorama poblado por personajes sin relación con el presente. La música participa así de la misma libertad que permite a la serie viajar desde Lizzie Borden hasta Elizabeth Báthory o Aileen Wuornos.

El resultado no busca precisión musical histórica, sino una fricción entre las imágenes victorianas y una sensibilidad contemporánea. Funciona mejor cuando la canción añade ironía, rebeldía o una segunda lectura a la escena. Y algo importante, es de esas series que ganan en cada capítulo hasta un último que alcanza las primeras décadas del siglo XX y la lucha por el voto femenino, un trayecto inesperado, y muy bien planteado.

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"Monstruo: La historia de Lizzie Borden" puede verse en España en Netflix

Carlos López-Tapia

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