"Cine y Derecho. Togas en la gran pantalla"

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Hubo un tiempo en que las leyes no estaban escritas. El poderoso o el grupo de poderosos de turno las aplicaban según su conveniencia y las personas no podían pensar siquiera en apoyarse en otra cosa que sus sentimientos. Tenerlas escritas tampoco era una gran cosa en tiempos en que tanto la escritura como la lectura era una exclusiva de muy pocos, pero cuando diez patricios romanos grabaron leyes en doce tablas dieron el primer paso en un camino donde las personas empezaron a diferenciar justicia y derechos. Ambas cosas no coincidían y siguen sin hacerlo, ya que justo y legal continúan diferenciándose, pero son el andamiaje para que las sociedades comenzaran a organizarse matándose con más orden y cabe esperar que algo menos. Conocemos las XII tablas romanas desde el año 451 a.de.C. y desde entonces las leyes han producido un nuevo tipo de ciudadano, expertos en interpretarlas, cambiarlas, aplicarlas y ayudar a los poderosos a vulnerarlas. Pocas cosas han mantenido la presencia e importancia del Derecho y no se me ocurre ninguna que haya sido más reclamada. Las historias de derechos junto a las de salud ganan por mayoría a cualquier otro contenido de los que alimentan nuestras ficciones, así que un libro relacionando Cine y Derecho despierta de inmediato mi apetito.

Título: "Cine y Derecho. Togas en la gran pantalla"

Autor: Rafael de Mendizábal Allende

Editorial: Berenice

El "cocinero" tiene un currículum notable como jurista, ha sido magistrado del Tribunal Supremo y ha dirigido la Audiencia Nacional entre otras cosas. Uno tendería a pensar que semejantes trabajos no dan para cocinar más platos, pero se ve que no, porque el autor se hizo cinéfilo antes que juez.

No afecta mucho en este tribunal que Ford fuera un maltratador machista o la personalidad detestable de cualquier otro personaje del mundo del gran cine, ya que lo que se juzga es lo que nos ha regalado en la pantalla y los cinéfilos empedernidos aplicamos a menudo la Ley de Maquiavelo de "el fin justifica los medios". ¿Acaso nos preocupa mucho que Caravaggio fuera un macarra criminal para disfrutar de sus cuadros?

Lo que Mendizábal Allende hace es llamar como testigos a una serie de películas espléndidas como "Pena de muerte", o gansadas históricas como "Amistad", para relacionarlas con el Derecho y su historia. La selección de sus casos revelan a un admirador; sus reflexiones descubren a un buen instructor y sus veredictos puede que sean polémicos en algún caso -el cine siempre lo hace posible-, pero también siempre resultan una mezcla inteligente de razón y pasión.

Mendizábal ha sido también profesor y, leído su libro, no de los malos, porque se aprende mucho de cine y también del camino que ha recorrido el Derecho. Juraría, sin necesidad de Biblia, que sus alumnos han escuchado más de un ejemplo cinematográfico en sus clases.

Al igual que yo retrotrayéndome al comienzo de las leyes escritas, Mendizábal comienza retrocediendo para empezar con Fritz Lang y un asesino en serie, antes de que los etiquetara un criminólogo aficionado a las entregas televisivas.

En el prólogo se dice: "Es el libro de un jurista, un hombre culto y un apasionado aficionado al cine. Ya su propia estructura, dividido en bobinas, da una idea de su finalidad. La primera la dedica a un ensayo brillante y casi omnicomprensivo sobre el mundo y las películas del cine forense. La segunda se centra en un tema que el autor conoce muy bien y al que ha dedicado buena parte de sus quehaceres profesionales, Justicia y Derecho. Derechos fundamentales y Constitución, y por sus páginas desfilan películas como esa obra maestra de Fritz Lang que es M, el vampiro de Dusseldorf a La costilla de Adán, Amistad o El hombre que mató a Liberty Valance, entre películas clásicas y alguna notable sorpresa. Finalmente la tercera bobina describe a los protagonistas, de la Justicia, desde la figura del juez, es muy original que para ello haya escogido la del inolvidable magistrado de Anatomía de un asesinato, interpretado por cierto por un juez de carrera, pasando por el jurado, el fiscal, los abogados y ciertos tribunales no ordinarios, como los eclesiásticos, como los inquisitoriales que presiden la acción en El crisol o las brujas de Salem o los tribunales penales internacionales como los que enjuiciaron en Nuremberg, ¿Vencedores o vencidos?, a los venales, cobardes y crueles hombres de leyes nazis. Sería tan inútil como injusto que me detuviera a analizar ese provocador y bien hilado catálogo..."

Estoy de acuerdo, y no voy a analizarlo tampoco yo. "Al cine, como al Derecho, nada humano puede serle ajeno", escribe el autor, que habrá desgastado codos ante textos romanos y se habrá encontrado más de una vez con el "Homo sum, humani nihil a me alienum puto" de Terencio, que es una justificación de lo que ha de ser el comportamiento humano. Su libro no precisa más justificación para ser leído que querer encontrarse con películas valiosas en su mayoría, datos históricos bien documentados y traídos a cuento y esa parte de nuestra existencia que todos reclamamos, unos derechos a los que no se ha tenido derecho más que a fuerza de años y mucha sangre. Hay que leerlo.

Carlos López-Tapia

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