"La madrina"

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Cuando le propusieron a Isabelle Huppert este personaje no pudo decir que no ante un papel tan interesante, sumándose a las estrellas intérpretes de mujeres mafiosas este año, junto a  Catherine Zeta-Jones como Griselda Blanco en "La madrina de la cocaína", cuyos restos descansan hoy a pocos metros de los de Pablo Escobar, la colombiana que fue dueña del negocio en Miami antes que él. Pero hay una diferencia esencial, Paciencia es de ficción y más atractiva, ingeniosa y divertida, porque hay mucho humor, aunque sea negro, en este personaje descrito y sentido con mucha habilidad y cariño.

Título: "La madrina"

Autor: Hannelore Cayre 

Editorial: Siruela

Sé lo que me respondería la protagonista de una de las novelas negras más populares en Francia en el último año sí le preguntara: "¿Usted no siente ningún remordimiento por lo que hace?"

- "Catorce millones de consumidores de cánnabis en Francia y ochocientos mil agricultores que viven de ese cultivo en Marruecos. Los dos países son amigos y sin embargo esos chicos purgan duras penas de prisión por haber vendido su hachís a los hijos de los polis que los persiguen, a los de los magistrados que los juzgan y a todos los abogados que los defienden. Como resultado, están amargados y llenos de odio. Nadie me quitará de la cabeza (aunque mi amigo poli afirme que me equivoco) que ese despliegue de medios, ese ensañamiento por vaciar a cucharadas el mar de hachís que inunda Francia es, ante todo, una herramienta de control de las poblaciones, en tanto en cuanto permite verificar la identidad de negros y árabes diez veces al día.

Sea como sea, el tráfico de estupefacientes me ha dado de comer durante veinticinco años del mismo modo que a los miles de funcionarios encargados de su erradicación, así como a las numerosas familias que sin ese dinero tendrían que vivir de los subsidios sociales.

Tolerancia cero, reflexión cero, esa es la política en materia de drogas practicada en mi país, dirigido, así y todo, por los primeros de la clase. Pero, afortunadamente, tenemos los productos autóctonos... Ir bolinga de la mañana a la noche al menos está autorizado. Los musulmanes se lo pierden, bastaría con que empinaran el codo como todo el mundo si lo que quieren es mejorar por dentro".

Lo primero que ha hecho la autora de "La madrina" es dotarla de un nombre difícil de olvidar, Paciencia Portafuegos. El nombre es por la que tuvieron que ejercer sus padres al esperar diez meses su nacimiento. Luego un apellido tan sonoro como el de un pirata caribeño, cosa que su marido no era, al menos no del todo, y que se murió de la manera más ridícula y natural, dejando a Paciencia con algo muy complicado de superar: haber probado la vida del lujo y la despreocupación para luego ¡Pafff! encontrarse con una mano delante y otra detrás.

Encontramos a Paciencia convertida en traductora judicial porque domina varios dialectos de árabe, ya que su padre era un "pie negro", un tunecino más que peculiar, capaz de enseñar a su hija de diez años a manejar una Magnum con silenciador. Pero Paciencia no es una delincuente, ni una asesina; es una madre de dos hijas que se ha tenido que buscar una ocupación que la lleva a los juzgados y las comisarías de París; que tiene que trabajar muchas horas para que sus chicas puedan estudiar y labrarse un porvenir decente. Subir y bajar las empinadas escaleras del Palacio de Justicia de La cité es parte del trabajo físico, pero no es lo más duro del trabajo. Son los intérpretes quienes filtran la vileza humana antes de que los jueces y policías se enfrenten a ella.

No olvidará, por ejemplo, las torturas hasta la muerte grabadas en un teléfono móvil que tuvo ocasión de escuchar en el marco de un caso de ajuste de cuentas. ¿Acaso le mandaron un psicólogo para cuidarla? Pues no. Lleva cierto tiempo trabajando para la brigada de estupefacientes, traduciendo escuchas a French Arabics que salpicaban sus discursos de frases en pésimo árabe mientras se imaginaban que nadie podría comprenderlas. En general, lleva de cuatro a cinco casos al mismo tiempo. Estos últimos suelen ser fruto de la denuncia de algún rival que quiere montar su propio negocio o de un ciudadano cansado de la circulación de camellos por el portal de su casa.

Hannelore Cayre hace que Paciencia nos vaya contando retazos de su pasado lujoso, pero nos presenta su historia cuando ya es una mujer madura, que vive en un pequeño y oscuro apartamento de dos dormitorios en París-Belleville, con vistas a un patio que da a otro patio. Un pozo donde la noche habita durante el día y donde no existen los colores. El edificio va a juego; unas antiguas viviendas sociales de ladrillo rojo de los años veinte con malos acabados, progresivamente invadidas por chinos que se hablan a gritos de un piso a otro durante todo el día.

Muebles baratos y una decoración ajena al buen gusto que Paciencia habría podido expresar de tener dinero. Si dierais un vistazo, os chocaría una cosa. Una foto enmarcada en la pared donde se ve a una niña, apenas adolescente, comiendo un helado con un fondo de cielo azul profundo donde estallan fuegos artificiales y, sentada a su lado, Audrey Hepburn con un vestido de Givenchy rosa magnolia. Juntos los rostros de la niña y la actriz.

Cayre escribe con un ritmo y una soltura de Fórmula 1, y Paciencia es una fuente de ideas, comentarios y situaciones llenas de atractivo, al tiempo que la convierten en una mujer imparable a la que deseas que las cosas le salgan bien. Al igual que ninguna mujer de la mafia ha sido condenada por la justicia italiana a pesar de sus actos, tampoco creo que ninguno de vosotros la condenara, a pesar de que en un momento de su vida esforzada ocurre que....

Un libro más que entretenido, crítico con la hipocresía gobernante, muy bien traducido y que deja un estupendo recuerdo.

Carlos López-Tapia

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