Luis Ciges, el secundario reconocible alejado de la gloria

Luis Ciges, el secundario reconocible alejado de la gloria

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Querido Teo:

Luis Ciges es una de las figuras imprescindibles del secundario característico del cine español, el habitual cómico que siempre estuvo presente como guiño reconocible, alejado del estrellato pero consiguiendo el cariño del público. Formó parte de esos grandes repartos corales en los que brillaba la generación de oro del cine español. Fue habitual del cine de Luis García Berlanga, al que conoció en la División Azul, y al final de su carrera pudo incluso hacerse con el Goya al mejor actor de reparto por “Así en el cielo como en la tierra” en 1996 firmando, además, uno de sus escasos protagonistas, el de “El milagro de P. Tinto” (1998), haciéndose popular para un público más contemporáneo. Un 10 de mayo de 1921, en Madrid, hace 100 años, nació Luis Ciges, el secundario reconocible alejado de la gloria.

Luis Ciges era sobrino del escritor Azorín, hermano de su madre, e hijo del escritor Manuel Ciges Aparicio, que fuera gobernador civil de Santander y de Ávila, donde fue fusilado por los militares sublevados en agosto de 1936. Alistado en la División Azul como voluntario estuvo en Polonia y Leningrado volviendo a España finalizada la contienda. Llevó a cabo estudios de Medicina, trabajó incluso en un centro de tuberculosos y en otro haciendo autopsias, pero el gusanillo del cine le hace ingresar en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, del que obtiene el título de dirección, realizando varios documentales y cortometrajes.

Finalmente será la interpretación la que llama a su puerta debutando en el cine como bombero en “Historias de Madrid” (1958) y comenzando su habitual relación profesional con Berlanga en “Plácido” (1961) como uno de los pobres que se sentaban a la mesa por Navidad. Su figura enjuta y característica le encasilló en papeles de pobre hombre, marginal, rústico e inocentón y así lo veríamos en sus décadas de mayor actividad, las de los 70 y 80.

Además de Berlanga (fue el criado de los Marqueses de Leguineche en “La escopeta nacional”, formando también parte de los repartos de “Todos a la cárcel” o “París-Tombuctú”) se prodigó también con José Luis García Sánchez (“La corte del faraón”, “Pasodoble”, “El vuelo de la paloma”) y José Luis Cuerda (“El bosque animado”, “Amanece que no es poco” y “Así en el cielo como en la tierra”). Memorable ese padre que acompaña a su hijo en sidecar en la surrealista cinta de Cuerda y que confiesa al cabo del pueblo que mató a su mujer porque era muy mala, o que le recalca a su hijo en la cama que lo respete porque allí un hombre siempre es un hombre.

Un exponente del absurdo que llevó a cabo en su vida y en sus interpretaciones practicando un sentido del humor caustico y cotidiano, muchas veces quizás no comprendido, pero perdurable en el tiempo ante la mayor pretensión de disfrutar de los pequeños placeres de la vida y ser feliz con lo justo. La fama era para otros, máxima que seguía el que era un funcionario de su oficio que en realidad se movía mejor con la sensación de fracaso y un perfil bajo.

Todo ello fue así aunque, con el tiempo, los directores le convirtieran en uno de los iconos de una generación de cómicos, un tributo bañado de popularidad ganándose un personaje recurrente en la serie “Farmacia de guardia” (1991-1994). Ya en la recta final de su vida y carrera Javier Fesser contó para él en la citada “El milagro de P. Tinto” (1998) y “La gran aventura de Mortadelo y Filemón” (2003), la cual no pudo ver terminada falleciendo por un infarto en su ciudad natal el 11 de diciembre de 2002.

Medio siglo de carrera y casi 200 trabajos bordando ese rol de patetismo tragicómico que no era más que la extensión de una personalidad desvalida y en perpetuo aire de distraimiento combinado con una reconocible holgazanería que hizo que prefiriera trabajar en pequeñas dosis ante la comodidad que suponía ello frente a ambiciosos montajes teatrales o protagonistas en cine, los cuales se cuentan en su caso con los dedos de una mano. Eso sí, su honestidad y franqueza era transmitida en cada uno de sus trabajos, tan iguales pero tan distintos, siempre en la medida perfecta.

Un tipo que se movió mejor en el anonimato y en la discreción que en los aspavientos de los grandes premios, tal y como demostró recogiendo el Goya visiblemente nervioso y balbuceante, mostrando en el escenario lo que muchos ya intuíamos, la fina línea que separaba a la persona de sus personajes.

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Nacho Gonzalo

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