Venecia 2026: Penélope Cruz y Javier Bardem evitan el colapso del "Búnker" de Florian Zeller y la arriesgada compañía de Casey Affleck sorprende pero no convence
Querido primo Teo:
La edición de 2026 de la Mostra de Venecia se aproxima ya a ese punto delicado en el que el interés de buena parte de los principales medios comienza a menguar. La competencia directa del Festival de Toronto, la ausencia de las grandes producciones de los estudios de Hollywood, temerosos de un descalabro crítico en el Lido que pueda perjudicar sus lanzamientos, y el considerable encarecimiento de la vida festivalera, cada vez menos asumible para un sector de la prensa ahogado por la precarización, explican el progresivo abandono de acreditados. Aun así, Venecia mantiene cierto pulso, aunque con resultados desiguales: "Búnker", de Florian Zeller, ha provocado una recepción dividida pese a su sonada ovación de 16 minutos, mientras "Look back", la adaptación en imagen real del manga de Tatsuki Fujimoto dirigida por Hirokazu Kore-eda, ha encontrado una acogida más cálida, aunque también algunas reservas. Más fría ha sido la respuesta a "Company", el nuevo trabajo tras la cámara de Casey Affleck, un oscuro relato de terror gótico articulado mediante historias encadenadas que ha desconcertado a una parte de la crítica por su estructura laberíntica, aunque también ha cosechado elogios por su atmósfera y su singularidad. Un balance que confirma la sensación de una Mostra menos poderosa en su capacidad de convocatoria, pero todavía capaz de ofrecer descubrimientos y alimentar la conversación cinéfila en su recta final.
El director Hirokazu Kore-eda ha sorprendido al llevar a la gran pantalla una adaptación en imagen real del manga "Look back", de Tatsuki Fujimoto. Se trata de la segunda traslación cinematográfica de la obra, después del filme de animación dirigido por Kiyotaka Oshiyama en 2024. El relato sigue la relación entre Fujino y Kyomoto, dos jóvenes unidas inicialmente por su pasión por el manga y cuya amistad, colaboración artística y posterior distanciamiento permiten a Kore-eda abordar cuestiones como la ambición, la creación y, sobre todo, la importancia de los vínculos frente al aislamiento.
“Look back” en imagen real conserva la fuerza emocional de la historia original, aunque resulta la menos lograda de sus tres versiones, frente al manga y al anime de 2024. El principal problema surge al convertir un manga extremadamente conciso y un anime de menos de una hora en un largometraje de 100 minutos.
Kore-eda amplía considerablemente el proceso creativo de las protagonistas, sus influencias y la elaboración de sus cómics, aportando referencias cinematográficas y nuevos matices que justifican parcialmente la adaptación. Sin embargo, esa expansión también perjudica el ritmo: la película se demora demasiado en observarlas dibujar y, por momentos, parece más interesada en mostrar el trabajo artístico que en profundizar en sus personajes. La crítica coincide en señalar que Fujino y Kyomoto permanecen algo esquemáticas, definidas casi exclusivamente por su pasión compartida, mientras que la atmósfera excesivamente dulce y luminosa deja poco espacio para la complejidad emocional.
Con todo, Kore-eda demuestra su habitual sensibilidad hacia la infancia y encuentra recursos de notable belleza en el sonido, el cambio de las estaciones, la fotografía de Senzo Ueno y la combinación de imagen real y animación. La artesanía del dibujo adquiere además un valor especial frente a la creciente automatización de la creación artística. Lamentablemente, esa delicadeza visual no siempre se traduce en la intensidad expresiva de la animación original, y el relevo entre las actrices infantiles y adultas resulta menos natural.
La película alcanza, sin embargo, su verdadera fuerza en el tramo final, cuando abandona su tono más complaciente y se adentra en una dimensión trágica e introspectiva. La incorporación de animación rotoscópica permite a Kore-eda encontrar una resolución propia, agridulce y especialmente conmovedora, hasta el punto de que, según parte de la crítica, consigue provocar una emoción que la película había contenido durante buena parte de su metraje. Así, aunque "Look back” puede resultar innecesariamente larga, superficial y demasiado edulcorada, su desenlace reivindica la capacidad de Kore-eda para convertir una historia sencilla en una experiencia emocional poderosa.
Kore-eda, que confesó que se enamoró del manga durante un viaje y que sintió la necesidad de adaptarlo porque le recordó al espíritu de "Nadie sabe" (2004), uno de sus títulos más aclamados, ha salido airoso porque, aunque el film tenga sus limitaciones, sus aciertos demuestran que su versión aporta una mirada propia sin traicionar la esencia del original.
Como nueva representante italiana en la competición llegó "L’estranea" de Paolo Strippoli, un ambicioso híbrido de terror, drama familiar, fantasía y fábula moral que parte de una premisa tan clásica como sugerente. Jasmine Trinca interpreta a Anna, una madre dispuesta a cualquier sacrificio por sus hijos, que se encuentra con una misteriosa figura mefistofélica encarnada por Valeria Bruni Tedeschi.
Ante cada desgracia familiar, ésta le ofrece un intercambio: salvar a una víctima a cambio de sacrificar a otra. Lo que comienza como un pacto desesperado desencadena una progresiva espiral de consecuencias que conduce a la familia hacia un territorio cada vez más oscuro.
Strippoli utiliza esta historia faústica para hablar de los vínculos familiares y, especialmente, de una maternidad llevada al extremo. La película subvierte la tradicional imagen de la madre protectora para convertir el amor materno en una obsesión por controlar el destino de los hijos, relacionándola con la presión social por el éxito, las apariencias y la perfección.
También aparecen, aunque de manera menos desarrollada, referencias a la culpa católica, el culto al cuerpo y las exigencias de una sociedad dominada por la competitividad. La familia se convierte así en un campo de batalla moral donde cada intento de preservar el orden genera nuevas fracturas.
El gran problema es que la ambición termina devorando a la propia película. Strippoli cambia constantemente de registro (del terror a la fantasía, el drama, la comedia o la fábula) y construye un relato ruidoso, alborotado y, por momentos, confuso. Los saltos temporales y una estructura fragmentada restan tensión a una historia cuyo componente central se hace evidente demasiado pronto, mientras el guion prefiere acumular situaciones truculentas y golpes de efecto antes que profundizar en las implicaciones morales y psicológicas de su premisa. El resultado puede dejar al espectador intrigado, pero también desorientado y algo mareado.
A cambio, Strippoli demuestra un notable dominio de la puesta en escena y confirma su personalidad como autor de género. Los colores saturados, el diseño de producción, los efectos visuales y, especialmente, un diseño sonoro agresivo y ensordecedor convierten "L’estranea" en un espectáculo de terror estilizado y deliberadamente excesivo. Valeria Bruni Tedeschi, elegantísima y sarcástica como una suerte de Satanás de cine negro, aporta además una dimensión "camp" y juguetona que eleva cada una de sus apariciones. La película funciona mejor cuando se entrega sin complejos a ese exceso que cuando intenta revestirse de una profundidad que el guion no siempre alcanza.
"L’estranea" confirma, por tanto, que Strippoli es un cineasta a seguir dentro del terror contemporáneo, aunque supone un paso atrás respecto a su anterior "La sonrisa del mal" (2025), más compleja y perturbadora. Una película visualmente poderosa, provocadora y ocasionalmente muy divertida que convierte una sugerente fábula sobre la maternidad y la obsesión en un espectáculo tan ambicioso como irregular: quiere ser muchas cosas a la vez y, precisamente por eso, termina siendo algo menos de lo que promete.
El dramaturgo francés Florian Zeller abandona con "Búnker" sus habituales adaptaciones teatrales para adentrarse en un drama concebido directamente para el cine, que utiliza la crisis de un matrimonio acomodado como reflejo de una sociedad cada vez más dividida. El propio Zeller ha confesado que se inspiró en Stanley Kubrick y, concretamente, en "Eyes Wide Shut" (1999), donde el cineasta sometía a examen la relación matrimonial interpretada por Tom Cruise y Nicole Kidman, entonces casados en la vida real.
Javier Bardem y Penélope Cruz encarnan a Miguel y Sofía, una pareja española instalada en Londres cuya aparente vida perfecta comienza a resquebrajarse cuando él, un prestigioso arquitecto, recibe el encargo de diseñar un gigantesco búnker para un multimillonario tecnológico que pretende protegerse de un hipotético colapso de la civilización. Sofía considera que aceptar el proyecto supone traicionar los ideales de su marido y contribuir a perpetuar el mismo sistema de desigualdades del que el magnate pretende aislarse.
A partir de esta premisa, Zeller entrelaza el conflicto matrimonial con una disputa entre Miguel y un vecino de clase trabajadora, convirtiendo la espectacular vivienda de la familia en otra suerte de búnker: un refugio de privilegio que, paradójicamente, los mantiene aislados del mundo exterior y también entre ellos. La película plantea así cuestiones sobre la desigualdad, la gentrificación, el miedo, la obsesión por la seguridad y la contradicción de unas élites que aspiran a blindarse frente a las consecuencias de un sistema que ellas mismas han contribuido a construir. El verdadero interés está, sin embargo, en cómo ese aislamiento social se proyecta sobre una pareja que lleva años construyendo su propia distancia emocional.
Zeller combina drama conyugal, sátira social, comedia negra y thriller doméstico, pero la mezcla no siempre funciona. Su principal problema es una escritura excesivamente esquemática que convierte prácticamente cada elemento (la casa, el muro, el búnker, la seguridad o incluso la distribución del espacio) en una metáfora demasiado evidente. El director parece desconfiar de las imágenes y de la inteligencia del espectador y termina explicando mediante diálogos lo que ya había expresado visualmente. Las largas discusiones matrimoniales, algunas situaciones de humor y, especialmente, el tramo final acentúan esa sensación de artificio y restan fuerza a unas ideas que podrían haber resultado mucho más perturbadoras con mayor sutileza.
Pese a ello, "Búnker" posee notables virtudes formales. La arquitectura de la casa se convierte en un instrumento narrativo de primer orden y la puesta en escena de Zeller, fría, precisa y cuidadosamente calculada, utiliza el espacio y los vacíos para expresar el aislamiento de Sofía. La fotografía de Ben Smithard aporta una atmósfera elegante e inquietante, mientras algunos apuntes de humor, y la breve aparición de Paul Dano como excéntrico magnate tecnológico, alivian la gravedad del conjunto.
Pero son Cruz y Bardem quienes consiguen dotar de auténtica vida a una película demasiado pendiente de sus propias ideas. Su química y, sobre todo, sus silencios, miradas y desencuentros sugieren un matrimonio mucho más complejo que el que el guion termina de desarrollar. Bardem encuentra matices cómicos en la progresiva pérdida de control de Miguel, mientras Cruz aporta una intensidad contenida que deja entrever una profunda frustración. La película resulta más convincente cuando confía en ellos y en aquello que ocurre entre ambos sin necesidad de verbalizarlo.
"Búnker" es, en definitiva, una película elegante, ambiciosa y visualmente poderosa que parte de una metáfora fértil sobre el privilegio y el aislamiento, pero termina demasiado atrapada en su propio diseño. Hay buenas ideas y momentos de verdadero interés, pero la obviedad del guion, el exceso de explicaciones y un desenlace considerado por algunos críticos poco convincente impiden que alcance la profundidad emocional y la sutileza de "El padre" (2020). Un paso adelante respecto a "El hijo" (2022), pero todavía lejos de la mejor versión de Zeller.
El cada vez más parecido a tu primo favorito Casey Affleck, actor ganador de un Oscar por "Manchester frente al mar" (2016), y uno de los caídos de Hollywood por el movimiento #MeToo, dirige "Company", una singular incursión en el terror gótico que se apoya menos en el miedo que en la capacidad de las historias para generar inquietud. La película se articula como un relato dentro de otro relato, y éste a su vez dentro de otro, construyendo una estructura laberíntica en la que distintas épocas y personajes de la América rural quedan unidos por una misma sensación de pérdida y desarraigo.
A medida que las historias se suceden, las fronteras entre realidad, ficción, recuerdo y sueño se vuelven deliberadamente imprecisas, hasta el punto de que la propia narración parece convertirse en un espacio suspendido, ajeno al tiempo convencional. Affleck no busca tanto que el espectador siga una trama perfectamente definida como que se deje llevar por una atmósfera y por la incertidumbre de no saber exactamente dónde termina una historia y comienza la siguiente.
Esa elección permite interpretar “Company” desde varias perspectivas. En su superficie funciona como un oscuro relato sobrenatural, con elementos propios del vampirismo y del folclore gótico, pero bajo esa apariencia late una reflexión más amplia sobre la supervivencia del pasado. Sus personajes parecen perseguidos no únicamente por fuerzas sobrenaturales, sino también por aquello que no han conseguido dejar atrás: la culpa, la violencia, el duelo, la soledad o las heridas que se transmiten de una generación a otra. El vampirismo puede entenderse así como una metáfora de una existencia detenida, de aquello que se niega a desaparecer y continúa alimentándose de los vivos. La inmortalidad deja entonces de ser una posibilidad deseable para convertirse en una forma de condena: permanecer atrapado en una historia que no ha encontrado todavía un desenlace.
En este sentido, uno de los aspectos más interesantes de la película es la importancia que concede al propio acto de contar. Las historias no funcionan únicamente como mecanismo narrativo, sino como una forma de supervivencia y de comunicación. Contar y escuchar permiten a los personajes compartir experiencias, enfrentarse a aquello que les atormenta y establecer vínculos incluso entre desconocidos. La compañía del título puede adquirir así una dimensión simbólica: frente a la soledad y al aislamiento, la narración ofrece una posibilidad de encuentro, aunque sea provisional. Affleck plantea de este modo que quizá las historias no sirvan tanto para explicar el mundo como para hacerlo soportable, preservar la memoria y dar algún sentido a aquello que permanece inexplicable.
La película encuentra sus mejores momentos precisamente cuando confía en esa dimensión atmosférica y sugestiva. Affleck demuestra una evidente sensibilidad hacia el gótico americano, construyendo un universo sombrío, rural y crepuscular en el que los paisajes y los silencios tienen tanta importancia como los acontecimientos. También resulta destacable su voluntad de apartarse de las fórmulas más previsibles del género y convertir la palabra en uno de sus principales instrumentos.
Los diálogos y los relatos poseen una textura literaria que contribuye a crear una sensación de cuento oscuro transmitido de generación en generación. A ello se suman unas interpretaciones sólidas, con Nick Nolte y Atticus Affleck— hijo de Casey y con un sorprendente parecido con Timothée Chalamet lo cual demuestra que no fuera casual la elección de casting de “Interstellar”— especialmente eficaces a la hora de sostener el tono melancólico y extraño de la propuesta.
Sin embargo, esa misma ambición formal e intelectual constituye su principal problema. La estructura de relatos superpuestos, aunque sugerente, puede terminar resultando demasiado artificiosa y dificulta que todas las piezas alcancen el mismo peso dramático. El ritmo se resiente por la abundancia de monólogos y conversaciones extensas, mientras que algunos pasajes parecen prolongarse más de lo necesario para insistir en ideas que la propia película ya había expresado con anterioridad.
Los diálogos, deliberadamente filosóficos y literarios, aportan personalidad, pero en determinados momentos parecen querer demostrar su profundidad en lugar de dejar que esta surja de las situaciones y de los personajes. La solemnidad se convierte entonces en una carga y puede generar cierta distancia emocional con respecto a lo que se está contando.
El resultado es, por tanto, deliberadamente irregular: una película que puede frustrar cuando se le exige una narración convencional, pero que gana interés cuando se contempla como una reflexión sobre la memoria, la soledad y la necesidad de contar para mantener vivos a los muertos y, al mismo tiempo, liberarse de ellos. “Company” parece más interesada en las resonancias de sus historias que en resolverlas, y en ocasiones esa búsqueda de significado termina pesando sobre la narración. Pero también ahí reside su personalidad. Affleck construye un filme arriesgado, atmosférico y profundamente literario que utiliza el terror, el western y el relato sobrenatural como vehículos para hablar de aquello que persiste cuando una historia aparentemente ha terminado. Puede resultar excesivo y poco cohesionado, pero difícilmente convencional: su mayor logro está en convertir el acto de narrar en el verdadero territorio del misterio.
A sus 93 años, Ellen Burstyn se ha convertido en una de las protagonistas indiscutibles de esta edición de la Mostra, que le ha concedido el León de Oro honorífico como reconocimiento a una trayectoria marcada por algunas de las interpretaciones más memorables del cine estadounidense.
Ganadora del Oscar por “Alicia ya no vive aquí”, de Martin Scorsese, Burstyn ha construido una carrera en la que nunca ha temido adentrarse en personajes complejos, incómodos o emocionalmente extremos, como la madre atrapada entre la adicción a las anfetaminas, la soledad y la televisión en “Réquiem por un sueño”, de Darren Aronofsky.
Durante su homenaje, la actriz valoró además positivamente la transformación experimentada por la industria cinematográfica en las últimas décadas gracias al avance del movimiento feminista y a la conquista de un mayor espacio para las mujeres tanto delante como detrás de las cámaras. En su honor se ha proyectado “Flesh impact”, cortometraje dirigido por Maggie Gyllenhaal, presidenta del jurado de esta edición, que imagina qué habría ocurrido con Marilyn Monroe si no hubiera muerto prematuramente a los 36 años.
Burstyn interpreta a una Monroe anciana, superviviente de su propia leyenda y convertida en testigo de un mito que el tiempo no ha conseguido borrar, mientras Dakota Johnson encarna a la actriz en el apogeo de su fama. El encuentro entre ambas funciona como una sugerente reflexión sobre el paso del tiempo, la construcción de los iconos femeninos y el precio de sobrevivir a la imagen que los demás han creado de una misma.
Mary Carmen Rodríguez




































































