"Uno de los personajes centrales de esta historia es Franz von Papen. Aristócrata, conservador y profundamente antidemócrata, Papen fue el hombre que convenció al presidente Paul von Hindenburg para nombrar a Hitler canciller. Creía que podía controlarlo dentro de un gobierno dominado por la derecha tradicional. La frase que pronunció en aquel momento se ha convertido en símbolo de la ceguera política de las élites conservadoras. Decía que iba a arrinconar al líder nazi hasta hacerlo llorar. La realidad fue muy distinta. En pocos meses los nazis se hicieron con el control completo del Estado. La derecha conservadora que había abierto las puertas del poder a Hitler fue marginada o absorbida. Algunas de las películas más sobresalientes del siglo pasado y series del actual, entran en este asunto".
Título: "Irresponsables. ¿Quién llevó a Hitler al poder?"
La historia parte de un caso real, el de una mujer condenada a muerte que lleva trece años esperando la horca en el corredor de la muerte de una cárcel de Tokio, acusada de manipular y asesinar a varios hombres. Este libro se abre con curiosidad y se continúa con placer y sorpresa. Desde la primera página se percibe que no estamos ante un simple relato criminal, sino ante una exploración incisiva de la mujer japonesa contemporánea. La autora no reconstruye el crimen como si fuera un expediente judicial. Se pregunta qué miradas lo rodean, qué prejuicios lo moldean y qué expectativas pesan sobre una mujer que no encaja en el molde social establecido.
La escena se abre con una idea sencilla, casi desarmante. Roman Krznaric asegura que la historia no sirve solo para mirar atrás y entender de dónde venimos, sino para afinar la mirada cuando pensamos en lo que está por venir. No como refugio melancólico ni como inventario de fechas polvorientas, sino como una herramienta viva, capaz de ayudarnos a relacionarnos con el futuro con más lucidez y menos consignas. A esto lo llama historia aplicada.
Título: "Historia para el mañana. Mirar al pasado para caminar hacia el futuro"
El Partenón es uno de esos edificios que el cine ha convertido en un plano mental antes incluso de que sepamos qué estamos viendo. No hace falta que aparezca entero ni que se mencione su nombre: unas columnas dóricas recortadas contra el cielo bastan para situarnos en la Grecia eterna, esa que el cine ha construido a base de péplums, epopeyas históricas y fantasías mitológicas. A menudo ha sido un decorado idealizado, otras una ruina romántica, y muchas veces una recreación imaginaria, pero siempre ha funcionado como símbolo. En la pantalla, el Partenón rara vez es un edificio real: es una idea, una promesa de grandeza, el origen visual de una civilización. Ese uso cinematográfico del monumento explica en parte por qué tendemos a pensar en el Partenón como algo fijo, intocable, congelado en el tiempo, como si fuera un fotograma inmóvil. Sin embargo, su historia es todo lo contrario.