Locos por el cine: Margot Kidder

Locos por el cine: Margot Kidder

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Querido diario:

en La Clínica apreciamos mucho a margot, como apreciamos a cualquiera al que el cine le haya arrasado las neuronas. Puedes escuchar aquícosas sobre ella….

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Margot Kidder llegó a los Ángeles después de haber tenido algunos éxitos en la televisión de Canadá, donde nació en 1948.

Eran los finales de los 60 y llamó la atención como activista política y defensora de la experimentación con las drogas y de la liberación sexual. Tras debutar en el cine interpretando a una prostituta en “Los locos años de Chicago”, regresó a Canadá, pero en 1971 estaba de vuelta para aparecer en la serie de James Garner “Nichols”.

Encontró pareja y popularidad encarnando a las siamesas homicidas del thriller “Hermanas”, dirigido por Brian De Palma, con el que convivió durante dos años, y se integró en el círculo de actores “modernos”.

Kidder se dejó convencer por Donald Sutherland, a quien conocía de Canadá, para que alquilara una casa en Nicholas Beach, lejos de “la movida”, en la autopista del Pacífico, más allá de Malibú, donde vivía la gente del Viejo Hollywood. La casa se convirtió en un lugar en el que los aspirantes a estrella podían fumarse tranquilamente sus porros, beber vino tinto, contarse historias de John Ford y contemplar a “las chicas” bañarse en topless.

Kidder, de familia obrera, criada en caravanas y cuartos de motel, era astuta y pendenciera, graciosa, muy poco femenina, muy, muy brillante… y perfectamente capaz de robar un coche por el método del puente. Sexualmente se comportaba como un chico, agresiva, por no decir voraz, y se acostaba con casi cada hombre que atravesaba el umbral de la casa.

No le resultó dificil conquistar a Spielberg, que a pesar de su edad seguía siendo un adolescente que se alimentaba de pastas y galletas Oreo; dormía con camisetas y calcetines blancos del ejército, y aunque sucumbió al encanto de Margot, no estaba preparado para todo lo que eso conllevaba. Uno de los visitantes a la casa, no precisamente un progresista de la época, ha contado que:

“Estábamos en la casa que Stanley Donen tenía en la playa y Steven se presentó con Margot,que llevaba un vestido blanco largo y suelto; ella se echó junto a Steven en la arena, pero se había quitado el vestido para broncearse. ¡Y no llevaba bragas! Steve se puso como un tomate. “¡Margot!”, gritó, muerto de vergüenza. Después, durante el almuerzo, Margot estaba lo que se dice, bueno…, un escándalo -era como si un chico de Arizona hubiera conocido a una furcia-, sentada con las piernas abiertas, comiéndose tranquilamente su chile con carne.”

Margott era muy impulsiva, no pensaba en las consecuencias de sus acciones, e iba de crisis en crisis. Rompía corazones y llevaba a juicio a los productores; además, era miembro muy activo del movimiento pacifista. Sus amigos la tenían por una persona poco estable. Tenía algo de Frances Farmer y se drogaba como si el mundo fuera a acabarse; siempre era la primera del grupo en fumar, esnifar o tragarse la pastilla de moda.
Un día, el actor Peter Boyle llevó un frasquito con cocaína. Como todo el mundo seguía con la hierba y las drogas alucinógenas, le tocó enseñarles cómo se tomaba.

“Pensábamos que las drogas expandían la mente, que las tomábamos para desinhibirnos, así que, ¿qué problema había?”, recuerda Kidder, en una entrevista para la obra “Moteros tranquilos, toros salvajes”, se consideraban revolucionarios, y las drogas eran una herramienta. La única pregunta era: “Bueno, ¿cómo se toma?” Yo, claro, acepté. “Oh, sí, la probaré”, dije, pues yo no tenía tanta sensatez paranoica como los demás.

Metí una pajita en la cocaína y esnifé, me metí casi medio frasquito. Recuerdo que se me congelaron los pulmones y me quedé sin respiración. Me pasé jadeando y temblando, no sé, puede que medio minuto. Ésa fue mi introducción a la cocaína.

“Consumir drogas te daba un montón de ideas delirantes, pero también mucha creatividad y, lo que es más importante, rompías tus barreras personales, ese orgullo ridículo, dejabas de aferrarte a ti mismo, abandonabas esa máscara con la que te movías socialmente. Si no hubiera sido así, ninguno de nosotros habría desarrollado su talento.

Sin embargo, Steven Spielberg no se drogaba, y tampoco Brian de Palma. Marty Scorsese tampoco, hasta más tarde, cuando se metió en la cocaína. Los directores que terminaron teniendo éxito protegían mucho su cerebro.”

Cuando la década se aproximaba a su fin, del grupo sólo Spielberg, siempre de éxito en éxito, llegó a la década siguiente sin sufrir las consecuencias. “Ninguno de nosotros estaba preparado para los ochenta”, dice Margot Kidder en una entrevista para un libro publicado en los 90. “Nuestra mente seguía en los setenta, estábamos perdidos en una industria manejada por jóvenes agentes que se peinaban con secador de mano y cepillo.”

Kidder siguió trabajando en cine y televisión hasta que le llegó el papel de su vida: Lois Lane, la ambiciosa y romántica periodista enamorada de Superman, pero aparte de las tres secuelas de “Superman”, ninguna de sus posteriores películas (con la excepción, quizás, de “Terror en Amityville” tuvo éxito, y su carrera entró en un declive al que no fueron ajenos sus malos modos en los sets de rodaje, su adicción a las drogas y al alcohol, su caótica vida personal y una larga serie de problemas mentales, físicos y financieros.

Kidder fue diagnosticada en 1988 como maníaco-depresiva, pero rechazó el diagnóstico y el tratamiento prescrito por los médicos. En 1990 sufrió un accidente de coche y se dañó tres vértebras, pero se negó a operarse y quedó durante casi dos años en una silla de ruedas. Los productores de la serie la despidieron y la actriz les demandó, pero perdió el caso y en 1992 tuvo que declararse en bancarrota, viéndose obligada a vender su casa y sus joyas.

Comprendiendo que las puertas de Hollywood se le habían cerrado, trató de ganarse la vida impartiendo clases de interpretación, labrándose una carrera teatral y prestando su voz a series de dibujos animados. Pero su pesadilla no había terminado.

En abril de 1996, desapareció en el aeropuerto de Los Angeles cuando iba a tomar un vuelo para participar en un taller de interpretación. Tres días después, la policía la encontró escondida en el patio trasero de una casa, a 40 kilómetros del aeropuerto. Magullada y vestida con harapos, se había cortado el pelo con una navaja, se había arrancado las fundas de los dientes y parecía estar bajo los efectos de un ataque de histeria.

Kidder afirmó que la perseguía su primer marido. De repente, la antigua estrella volvió a las portadas de los periódicos cuando fue ingresada en un hospital para ser sometida a un examen psiquiátrico.

A finales del mismo 1996, Kidder protagonizó una de las historias favoritas de Holywood: el regreso. Enfrentándose a sus adicciones y a sus viejos demonios, trabajó sin descanso hasta el final de la década en telefilms, series y películas independientes.

En estos momentos vive de eso, la televisión, y del rastro de Luisa Lane porque la semana pasada dedicó dos días a firmar autógrafos en la convención anual del cómic en Usamérica, pero también hace algo de cine. Su próximo estreno se llama “Lenguaje universal”, donde los protagonistas son sordos y emplean su lenguaje ante la cámara. Se acaba de nacionalizar usamericana porque no quiere que la deporten con las nuevas leyes de Bush, cuando practique el activismo contra la guerra de Irak.

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