A propósito de Mr. Pinkerton

A propósito de Mr. Pinkerton

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¡Hola muchacho!

¿Cómo estás? Me han dicho que aún estás riéndote por la segunda caída de Jennifer Lawrence en los Oscar. Bueno, te comprendo, a todos allí se nos escapó una sonrisita diabólica al enterarnos.

Así es, muchacho, este año he estado otra vez allí, en todo el meollo hollywoodiense. Estando dando un paseo en barca en el estanque del parque del Retiro, noté cómo dos barcas se acercaban a mí. Sus caras me resultaban familiares, pero no conseguía averiguar quiénes eran. Cuando por fin sus barcas chocaron con la mía y casi me hacen caer al agua, me percaté de quienes eran: “¡Joel! ¡Ethan! ¡Los hermanos Coen!”. Uno de ellos, el más alto, dijo: “Yo soy Joel”, y el bajo dijo: “Y yo soy Lucas. Digoooo, Ethan”. Y se quedaron callados y enigmáticos observándome antes de abrir la boca para decirme: “Verá, Mr. Pinkerton, queremos que vaya usted a Hollywood para que averigüe cómo es posible que los académicos hayan sido tan obtusos para ignorar nuestra peli. Como este domingo es la gala de los Oscars, aproveche que allí va a haber muchos y después nos hace un informe. Eso sí, que no se note que está investigando. Queremos saber la verdad sobre el ninguneo a nuestra, quizás, mejor película”.

Y tras dejarme un sobre con los billetes de avión, un cheque y una enigmática nota que decía: “Soy yo mismo”, los hermanos se alejaron con sus barcas y se echaron una siesta en mitad del estanque aprovechando la solana madrileña de aquel día. Durante el vuelo, estuve recordando casos similares, grandes películas que fueron denostadas por los académicos: “Cadena perpetua”, con 7 nominaciones y ningún premio…. O “L.A. Confidential”, que tuvo bastantes nominaciones pero se llevó casi todo “Titanic”… O “Ed Wood”, que se mereció algo más que el Oscar para Martin Landau y para el maquillaje… Y “Una historia del Bronx”, que no se llevó ninguna nominación y sólo ganó el premio Sant Jordi al mejor actor extranjero…. o “Thelma y Louise”, que sólo ganó el Oscar al mejor guión… o “La misión”, que no ganó el Oscar a la mejor banda sonora… y… muchacho, atento: “El piano”, ¡¡que los académicos ni siquiera nominaron la banda sonora de Michael Nyman!!

Tras esta reflexión en el avión, no era de extrañar que tuviese ganas de llevar a la ceremonia unas tijeras para destrozar los vestidos de todas las señoras. Pero me calmé, y elaboré un pequeño cuestionario tal que así:

“1- ¿Ha visto usted “A propósito de Llewyn Davis”?

2- Si la vio, ¿votó usted por ella en alguna de sus candidaturas?

3- Si no la votó, ¿está usted en su sano juicio?”

Tenía una reserva en el Hotel Chateau Marmont, ese famoso en el que Sofia Coppola rodó su peli “Somewhere”. Llegué un día antes de la ceremonia, así que no me dio tiempo a ir a Disneylandia, pero sí me di un paseo por Venice, y llegué hasta la pasarela donde Michael Douglas se caía al agua en “Un día de furia”. Comí perritos, presencié un par de tiroteos y firmé autógrafos a un grupo de japoneses que, como no, me confundieron con Sean Penn. Después me volví al hotel y caí rendido. Llamaron a la puerta, y era un botones que traía un smoking de alquiler y en el bolsillo la entrada para los Oscar y una armónica.

A la mañana siguiente me levanté tarde para ir a pasear, y de repente un coche se puso a mi lado y me pitó. Se bajó la ventanilla y, al otro lado, estaba Sam Elliott. ¡Sam Elliott, muchacho! ¡Mi bigotudo ídolo! Me gritó desde su asiento: “Mr. Pinkerton, súbase”. Elliott se puso a hablar de los ranchos americanos, pero por más que le preguntaba que a dónde íbamos no me lo decía. Tenía puesto un CD de John Fogerty a todo volumen, y me costaba escucharle. Llegó un momento en el que simplemente me dejé llevar, y recé para que esa noche estuviese yo en los Oscar y no en un rancho de Colorado rodeado de vacas. Paramos en una de esas cafeterías de carretera americanas con asientos de cuero rojo y donde una camarera con chicle en la boca te ofrece café sin parar con la boca doblada. Al preguntarle a Sam éste le contestó: “¿Acaso el Papa no mea?”. Miré a mi alrededor y pensé que en cualquier momento vendría alguien a atracarnos, o que llegaría una mujer con el dedo gordo del pie sangrante, o que una poli embarazada se sentaría con nosotros a hacernos preguntas en apariencia estúpidas. Sam seguía sin decirme qué quería de mí, y yo miraba el reloj y me impacientaba. Me gusta ir duchado y relajado a las ceremonias de los Oscar.

Después del quinto café, Sam me dijo que nos volvíamos a Los Ángeles. En el trayecto me dijo que sólo quería escaparse unas horas de su mujer, y que me reconoció porque Joel le había hablado de mi impresionante parecido con Sean Penn y quería comprobarlo. En un stop, se abrió la puerta trasera y se introdujo en el coche John Turturro, sudando y deslenguado, como si estuviese escapando de alguien. Sam se echó a un lado y paró el coche para escuchar a John, y me di cuenta de que si seguía en ese coche a la mañana siguiente iba a aparecer drogado y alucinando con mantas voladoras. Así que sin más me bajé del coche, me alejé e hice autostop, deseando que no me recogiese el estrangulador de Boston.

Llegué al hotel justo a tiempo para ducharme. El smoking me lo tuve que poner dentro del taxi que pedí para que me llevara al teatro de la ceremonia. Al pasar por la alfombra roja, varios periodistas nipones me preguntaron por qué apenas había hecho películas últimamente y qué opinaba de Nicolás Maduro. Aproveché para acercarme a todos los académicos posibles para preguntarle por qué habían obviado la fabulosa peli de los Coen. Las respuestas eran de lo más variopintas: que es que no la entendieron, que es que no les gusta el folk, que es que odian los gatos, que es que tienen problemas mentales, que es que no la vieron, que es que Oscar Isaac tiene los ojos grandes, que es que los Coen nunca les llaman para trabajar con ellos… y así un interminable número de “queesques”, muchacho.

Me dieron un buen asiento en el teatro. De hecho, si te fijas bien, sale un trozo de mi oreja en la famosa foto selfie que hizo Ellen DeGeneres. En las pausas publicitarias, aprovechaba para ir al baño y seguir preguntando a los meantes. A mitad de la ceremonia, vi a John Turturro varias filas por delante de mí. No paraba de volverse, mirarme y decirme algo que no entendía. Con la mano le decía que hablara más alto, hasta que por fin entendí lo que me estaba diciendo: “Pensábamos… que te habías… convertido… en sapo”. Como puedes imaginar, muchacho, no entendí por qué me dijo eso, así que me limité a seguir la ceremonia y a reírme por dentro cada vez que “La gran estafa americana” no ganaba un Oscar.

Cuando acabó todo, me fui a la fiesta de Elton John y me pedí un par de rusos blancos. Y después de bailar un par de veces con Liza Minnelli, me fui al hotel. Al entrar en la habitación, me vi a los Coen tumbados en mi cama viendo la teletienda. Me preguntaron que a qué conclusión había llegado. Y les dije la verdad: “Joel, Ethan… olvidaos de los académicos. Son raruncios. Hacéis unas películas cojonudas y allá ellos si no las saben valorar. Yo me lo pasé genial viendo “A propósito de Llewyn Davis” con mi amigo Ariel, y aunque no os hayan dado un Oscar, seguro que el año que viene ganáis el Foreto de la web de LoQueYoTeDiga”.

Y después de decirles eso, nos pasamos la madrugada hablando de películas, de cine, de personajes, de libros, de directores… ¿qué más puedo pedir, muchacho?

¡Un saludo!

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