Cannes 2017: Netflix tiene su bautismo de fuego con “Okja”, Ruben Östlund y el arte grotesco y la lucha frente al sistema

Cannes 2017: Netflix tiene su bautismo de fuego con “Okja”, Ruben Östlund y el arte grotesco y la lucha frente al sistema

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Querido Teo:

La sección oficial del Festival de Cannes sigue sin tener todavía (las ansias nos pueden teniendo en cuenta que sólo es el tercer día) esa película sensación que ponga todas las apuestas a su favor bien por su calidad, sus valores o por su pertinencia (al margen luego de que luego el Jurado decida lo que considere). De momento la rusa “Loveless” es la que tiene más hechuras de ganadora ya que con el resto de cintas Cannes (de momento de manera demasiado arriesgada) ha salido de los cauces habituales con propuestas que bordean, desdoblan y reinventan géneros como el fantástico y la crítica social sin ningún pudor. Películas como “Okja” y “The square” se suman a ese corriente al igual que “Jupiter´s moon” de la que hablábamos en la anterior crónica.

“Okja” ha sido el bautismo de fuego de Netflix (con la polémica por la exigencia de Cannes de que distribuya sus películas en los cines franceses si quiere participar en el certamen a partir del próximo año) y la verdad es que no ha podido ser más sonado teniendo en cuenta el problema técnico que ha interrumpido la proyección en su inicio al estar desenfocada la pantalla. Los abucheos iniciales (y unos tímidos aplausos) cuando ha salido el logo de la plataforma de Ted Sarandos han pasado a ser directamente pataleos y palmadas de reprobación hasta que, cinco minutos comenzada la película, se ha bajado el telón y se han vuelto a encender las luces hasta arreglar lo sucedido y reanudar desde el inicio.

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“Okja” ha terminado dando la vida (sin ser de Hollywood) a aquellos que demandaban algo de cine espectáculo a gran escala sin ser una cinta de acción funcional. Esta producción de Netflix, una perfecta baza a la hora de ser exportable por todo el globo, es una cinta altamente entretenida tocando tantos palos como el cine espectáculo, la denuncia al capitalismo y la reivindicación de la preservación de la naturaleza, sin renunciar al lirismo y a la ternura oriental de alguien como un Bong Joon-ho que salta a la sección oficial tras ganarse renombre internacional con “The host” y “Snowpiercer (Rompenieves)”. Un prólogo protagonizado por Tilda Swinton (que recuerda a la Elizabeth Banks de “Los juegos del hambre”) da paso a la relación tan bucólica, tierna y épica de una niña coreana, Mija, con su criatura, una creación de la empresa Mirando Corporation que busca hacer una competición en busca del mejor “supercerdo” (tal cual) entre esas mastodónticas figuras mezcla de elefante, cerdo, hipopótamo y perro de las que son responsables y que son criados por campesinos hasta su consumo humano. La fe y amistad de la niña con la criatura que le toca cuidar, ayudada por un grupo de activistas en busca de la preservación animal, dan forma a una intensa, épica y apasionante aventura por las calles de Nueva York de principio a fin con analogías a películas como “E.T., el extraterrestre”. Joon-ho parece tener claro lo que el público quiere y “Okja” es una buena muestra de ello demostrando también su querencia por los intérpretes como demuestra que cada vez más actores del cine de Hollywood quieran trabajar con él, como son en este caso la siempre camaleónica Tilda Swinton, el carismático y siempre eficaz Paul Dano y un excesivo Jake Gyllenhaal, así como la niña Anh Seo-hyun, Lily Collins, Giancarlo Esposito, Shirley Henderson, Steven Yeun y Devon Bostick. Al margen de que tenga presencia en el palmarés o no (quizás pueda aspirar a dirección o a mención del jurado), Netflix tiene aquí una gran posibilidad de éxito para seguir incrementando su deseado dominio tanto en cine como en televisión.

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Mucho menos afortunada ha sido “The square” de Ruben Östlund, en su salto también a la sección oficial tras maravillar a todos con “Fuerza mayor” quedándose a las puertas en 2015 de la nominación al Oscar. Envalentonado por ese éxito, el director ha pecado de ambicioso pretendiendo construir un drama de denuncia con toques de comedia surrealista grotesca sobre la banalidad de nuestro tiempo, el esnobismo de los que hacen negocio con el arte y la susceptibilidad que genera el mismo. Todo centrado en lo que le ocurre a un engreído director artístico de un museo de arte contemporáneo ante su nueva exposición que pretende fomentar valores humanos y altruistas; todo hasta que la campaña promocional se les va de las manos mientras el desorden general en la vida personal del protagonista también le acaba condicionando a través de situaciones cotidianas que se le acaban escapando de las manos. Una película excesiva y compleja que pretende ser un tratado de filosofía de nuestro tiempo pero que se mueve en unos extremos tan grandes y con un humor tan poco orgánico dentro de lo que cuenta que acaba siendo una cinta que enerva (con escenas realmente molestas de ver como esa performance simiesca que casi acaba en tragedia) y cansa en sus dos horas y veinte más que fomentar la reflexión a través de sus múltiples capas. A destacar el trabajo del protagonista, el danés Claes Bang, acompañado de Elisabet Moss (con los mejores momentos cómicos), Dominic West y Terry Notary (ya acostumbrado a participar como especialista en películas de Hollywood con monos de protagonistas) y que aquí es el autor de la performance, Oleg. Una apuesta tan irregular como sólida en su mensaje abstracto sobre el concepto del arte y sobre las hipocresías de nuestra sociedad que la convierte en una opción que podría convencer a un Jurado que quisiera tanto arriesgar como dar peso a una apuesta con mensaje.

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Una cierta mirada ha albergado uno de esos descubrimientos a los que le auguramos un buen recorrido internacional. Se trata de “Beauty and the dogs” de Kaouther Ben Hania, una cinta en la que una joven es violada por dos policías durante una noche de fiesta con sus amigas. La película cuenta en unos intensos 100 minutos la desesperación de una mujer denigrada que sufre en un país como Túnez enfrentarse a toda la maraña burocrática del sistema policial y sanitario, impregnado más en el primero por el corporativismo propio teniendo en cuenta quienes son los causantes de ese hecho. Se transmite la vulnerabilidad de esta joven que sólo tiene el apoyo de un chico al que conoce en esa fiesta y que vela por ella en este camino desarrollado de sala en sala y de pasillo en pasillo en una destartalada comisaria durante toda una madrugada en la que sale a flote todo lo peor de una sociedad machista, retrógrada y que sigue tratando a la mujer, en el mejor de los casos, sólo como objeto de deseo cuando no directamente figura inutil y repudiable. Los ojos de la actriz Mariam Al Ferjani lo dicen todo y nos llevan por una historia en la que como espectadores sólo queremos ser ese abrigo que proteja de esa banda de hipocráticas funcionarios públicos (que en el peor de los casos directamente acosan y en el mejor asisten impasibles y sin querer ni poder hacer nada) a esta joven ante la peor noche de su vida en el que su país (ese en el que le chantajean del que tiene que sentirse orgullosa no metiéndose en una denuncia y un juicio que iría contra su propia sociedad y modo de vida) le da la espalda cuando más la necesita. Una película más que notable, que adopta el tono de cintas como “Gett: El divorcio de Viviane Amsalem” y que deja una profunda huella sin contar con grandes recursos ante su intensidad y verdad, y que bien podría ser la representante de Túnez para los próximos Oscar.

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Nacho Gonzalo

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