Cine en serie: "The new Pope", una joya de Paolo Sorrentino cincelada con estilo, filosofía y emoción

Cine en serie: "The new Pope", una joya de Paolo Sorrentino cincelada con estilo, filosofía y emoción

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Querido Teo:

"The new Pope" llegó a HBO en los primeros días de 2020 y decir que ha cubierto las expectativas es poco revelándose como una joya cincelada por ese maestro del estilismo absurdo, el barroquismo hipnótico y el sentimiento bañado de lirismo y filosofía que es Paolo Sorrentimo. Tras las buenas críticas de "The young Pope", la coproducción de HBO, Sky y Canal + impulsó una segunda temporada de la serie con nuevo título y nuevos retos. No sólo saber abordar el destino de un Lenny Belardo cuyo ciclo parecía haber terminado en la anterior tanda de capítulos sino por el hecho de abordar temas de pleno debate en el seno de la iglesia en la actualidad como la pederastia, la corrupción de los altos mandos del poder y el papel de la institución en un mundo viral y de gran consumo banal, así como la definición y reafirmación de uno mismo como persona y un entorno marcado por los fanatismos religiosos representados por el terrorismo islámico.

Con un Lenny Belardo (Pío XIII) en coma, con su sombra fantasmal que no deja de calar a los personajes y la silla de San Pedro en estado vacante, el grupo fuerte que se mueve entre las entretelas vaticanas, encabezado por el Secretario de Estado, el Cardenal Voiello, intentan contrarrestar ese vacío de poder y la creciente idolatría que rodea al que muchos consideran Santo eligiendo a un nuevo pontífice nueve meses después de lo ocurrido en el final de la primera temporada.

Frente a los deseos de poder siempre irrefrenables de Voiello, en uno de esos cónclaves que demuestran todos los tejemanejes que hay detrás de la fumata blanca, se llega a una de esas vías de consenso representada en un nuevo Papa, Tommaso, confesor oficial del resto de cardenales, que coge el nombre de Francisco II enarbolando el legado de los franciscanos y llenando el Vaticano de una corriente de austeridad mesiánica alejada de todo boato que termina afectando a toda la curia que sigue moviéndose entre el egoísmo fruto del lado más oscuro del poder y la represión del homoerotismo que sobrevuela los muros de la institución.

Es ahí cuando surge otra opción representada en un aristócrata inglés que vive retirado con sus padres catatónicos en una mansión de la campiña entre el hedonismo, la misantropía, consejos sobre moda a Meghan Markle y el trauma arrastrado de la muerte de su hermano gemelo cuando eran poco más que unos adolescentes tras un accidente de esquí que provocó desde ese momento que sus padres renegaran de él sin dirigirle la palabra. Sir John Brannox es abordado con clase y ambigüedad por un John Malkovich que en su rol de aristócrata inglés recibe a esa comitiva procedente de El Vaticano ofreciéndole ser el nuevo Papa. Es en ese segundo capítulo cuando brilla la elocuencia persuasiva de Voiello frente a las dudas de un Brannox, admirador devoto del cardenal John Henry Newman, que tiene como mayor aval haber convertido a un gran número de anglicanos en católicos.

Brannox, delicado aristócrata que toca el arpa y suele llevar delineador de ojos, se convierte en Juan Pablo III definiéndose como una figura frágil fascinado por su nuevo papel, y temeroso ante cualquier entrevista, con la sombra a su alrededor de Pío XIII, ingresado en un hospital de Venecia y con legiones de fieles agolpados de vigilia esperando el milagro, y moviéndose entre los sinuosos círculos de El Vaticano con Voiello intentando seguir manteniendo su esfera de poder frente al nuevo círculo de confianza del que se rodea el nuevo Papa, entre ellos el Cardenal Spalletta, nombrado Secretario personal del pontífice.

Es ahí donde se teje una red de perdición e interés en la que están inmersos el Ministro de Economía del gobierno italiano y un importante empresario (marido de la directora de comunicación de la Santa Sede) que amenazan el estatus de los miembros eclesiásticos con una serie de medidas, entre ellas la eliminación de los tributos fiscales destinados a la Iglesia lo que llevaría a la misma a su irrelevancia y extinción.

Paolo Sorrentino aborda con magisterio los 9 capítulos de este “The new Pope” dejando patente su estilo y forma, casi como una dosis reconocible y necesaria para su legión de adeptos. Y es que el director siempre sorprende sin caer en el ridículo que podría suponer ese triple salto mortal representado en unas novicias libidinosas y sedientas de baile ante una cruz de neón (al ritmo de Good time girl de Sofi Tukkeren) en el Monasterio San Giorgio de Venecia o en un Pío XIII en calzoncillos y marcando paquete en un paseo lujurioso por la playa, escenas que han sido las cabeceras de esta temporada que, una vez más, no han dejado indiferente.

Al igual que los cameos de Marilyn Manson y Sharon Stone, iconos a los que desea conocer el mismísimo nuevo Papa, y los títulos de crédito finales de cada capítulo con cardenales bailando como gogós o escenas oníricas en el que el manejo de la imagen que tiene Sorrentino le confirma como un creador de mundos digno heredero del mejor Fellini.

Donde ha ganado peso y calidad la serie respecto la primera temporada es en la parte más humana dando profundidad y dimensión a los personajes que rodean a los Papas. Mención aparte merece el magistral Voiello de Silvio Orlando que, después de ser ya de lo mejor de la a anterior tanda de capítulos, aquí es el absoluto dominador de la escena tanto en su maquiavelismo (“He formado parte de una minoría toda mi vida. De hecho, pertenezco a una concreta minoría de la que soy el único miembro”), sus intrigas con los compañeros cardenales, no temblándole la mano a la hora de destinar a cualquier díscolo a Kabul, o con esas monjas que reivindican sus derechos, representadas en la voz de la hermana Lisette, y que ya no quieren seguir lavando y planchando calzones a la curia, como en la parte más emotiva de un hombre amante de su trabajo y del Napolés, el club de fútbol que le lleva a la mundanidad del día a día ("¿Ha visto Su Santidad si el Nápoles ganará algún título?").

Voiello es defensor ante todo de esa Iglesia de la que forma parte y a la que ama con cada poro de su ser, así como la amistad sincera que mantiene con Girolamo, el discapacitado psíquico al que cuida, con el que comparte momentos en un invernadero ante la paz de las plantas, y al que rinde tributo en un hermoso discurso sobre las bondades del prójimo en el capítulo octavo conociendo al Voiello más tierno y humano que, a pesar de todo, es el más fiel a su pragmatismo, por ello más cercano a la felicidad, y a unos valores marcados por el respeto y la devoción a una organización que es a lo que ha destinado toda su vida como, a él le gusta recalcar, siendo el Secretario de Estado más longevo de la Historia de la institución.

Muy importante también el papel de las mujeres esta temporada con una Cécile de France ganando peso como Sofia Dubois, una de las aliadas de Voiello en su visión panorámica del devenir de la Iglesia junto a su mano derecha, Monseñor Luigi Caballo, y que se convierte en la confidente del Papa interpretado por John Malkovich y quizás en una representación de la mujer como ideal a la hora de que este hombre pueda conocerse a sí mismo.

También se recupera al personaje de Esther (Ludivine Sagnier), abandonada por su marido y con su pequeño Pío malviviendo entre favores poco honestos utilizando su cuerpo y su figura como desahogo del cura del pueblo e incluso de un nuevo pretendiente que le lleva a meterse en la vía del dinero fácil para dar placer a Attanasio, un joven rico y escondido del mundo castrado por su madre y frustrado por su hirsutismo. "El sexo no tiene valor, porque vive y muere en el presente. Pero el amor no. El amor es peligroso porque se proyecta al futuro".

Todo mientras la fe en la santidad de Pío XIII (atención a la delicia del capítulo 7 que funciona casi como una historia independiente) sigue firme estando sus fieles dispuestos a todo porque éste se vuelva a manifestar en una temporada en la que las mujeres han cobrado peso, importancia e interés en los muros puramente patriarcales de la Iglesia en un mundo donde la pluma es más poderosa que la espada y cada palabra cuenta en el camino al poder. Como afirma Voiello: "Se puede debilitar al fuerte, llevo haciéndolo toda mi vida. Pero hay una cosa que no se puede hacer: hacer fuerte al frágil".

“The new Pope” ha abrazado también, a través del carácter más moderado de Juan Pablo III frente a la pomposidad de su predecesor, basado en no ver al mundo como algo feo y malvado, y que conectará con los fieles precisamente por esos años de pasado de los que intenta huir, con temas como el drama de los refugiados (afectando a una monja que queda embarazada) o la sinrazón del terrorismo islámico y el papel de la Iglesia Católica a la hora de contrarrestar para evitar una contienda entre religiones con efectos más devastadores que una explosión nuclear.

Algo que se aborda de manera clara en la segunda parte de la temporada (a partir del capítulo 7) con un desenlace que hace confluir a todos los personajes evitando una tragedia, así como el crecimiento exponencial de la escalada de terror, y con unas almas que, tras el final abrupto y ambiguo de la primera temporada, quedan especialmente reconfortadas y, sobre todo, habiéndose encontrado a ellas mismas y al destino para el que cada uno parece abocado.

Paolo Sorrentino no ha hecho una serie para ensalzar o criticar a la Iglesia, aunque sí que la antepone ante sus fantasmas y la imagen dimensionada que tiene ante fieles y detractores, pero sí para utilizarla como marchamo, como paraguas frente a unos personajes en permanente soledad y que no saben cómo enfrentarse a su dolor, sea causado por lo físico, lo espiritual, lo carnal o lo psicológico, en su búsqueda de respuestas en un mundo en el que no se sienten entendidos ni queridos. Sorrentino vuelve a sacar belleza creando un universo tan reconocible como embriagador llevando a cabo un tratado no sobre la fe, sino sobre el camino para que cada uno encuentre su lugar en el mundo.

Un fresco brillante en el que lo audiovisual, más al servicio de la historia que del puro alarde de regodeo estético, alcanza cotas de divinidad y de rendido magisterio ante uno de los genios de nuestro tiempo en forma de poeta tan abigarrado como certero en un ejercicio brillante de retroalimentación entre forma y fondo en la más hermosa de las sinfonías.

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Nacho Gonzalo

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