David Kenyon Webster, el enlace entre “Hermanos de sangre” y “Tiburón”

David Kenyon Webster, el enlace entre “Hermanos de sangre” y “Tiburón”

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Querido Teo:

La novela “Tiburón” es cultura en forma de cine, imanes de nevera, iconos de todo tipo que recuerdan las mandíbulas más populares. Nunca falta en las programaciones televisivas del verano. Al rebufo del éxito editorial amplificado por Spielberg, hay una historia menos conocida. Se aprovechó aquel momento para lanzar una edición masiva de bolsillo de un libro ya editado hacía algunos años que hablaba de tiburones. Su autor comenzaba a ser olvidado, desde que, en Septiembre de 1961 había zarpado desde el Puerto de Santa Mónica con cebo de calamar, un sedal grueso y anzuelos para la pesca del tiburón. No regresó. Al día siguiente descubrieron su barco a unos ocho kilómetros de la costa. Había perdido un remo y la caña del timón. El cuerpo de David Kenyon Webster nunca se encontró.

Murió sin poder imaginar que, pasados algunos años, su viuda conseguiría publicar el libro sobre escualos que a él le habían rechazado 29 editoriales, ni mucho menos que sería Spielberg con Tom Hanks quien rescataría su memoria en una serie de televisión excelente, de nuevo basada en un libro, pero que no tendría nada que ver con aquella dedicación a los tiburones durante tantos años. “Hermanos de sangre” es un libro de investigación que fue transformado por la atracción de Spielberg por la Guerra Mundial, en diez horas de serie realista con ribetes heroicos, cuyos capítulos comienzan entrevistando a los supervivientes del equipo de élite de los paracaidistas de la compañía Easy, la versión de los actuales Delta Force, en la II Guerra Mundial. Webster llevaba ya años desaparecido pero todos los entrevistados lo recordaron como uno de los mejores.

Los menos de 200 paracaidistas de la compañía Easy procedían de ambientes y partes distintas del país. Había granjeros y mineros del carbón, montañeses e hijos del sur profundo. Algunos de ellos eran pobres de solemnidad, otros pertenecían a la clase media. Uno venía de Harvard, otro había estudiado en Yale, había dos de UCLA. Sólo uno pertenecía al viejo ejército, apenas un puñado procedía de la Guardia Nacional o de los Reservistas. Eran ciudadanos soldados. David Kenyon Webster sobrevivió al salto tras las líneas alemanas en el Desembarco de Normandía. Desde una elevación observó en su diario: «Vimos una extensa flota de lanchas anfibias que se acercaba lentamente a la playa; nunca antes había visto tantos barcos juntos al mismo tiempo; una flota de invasión es la visión más impresionante del mundo».

Lo que Webster no había visto era lo ocurrido la noche anterior, una parte del desastre logístico que había anticipado Winston Churchill; Lanchas torpederas alemanas se habían infiltrado entre los transportes y otros grandes barcos de asalto que transportaban a la 4ª División de Infantería. Los alemanes enviaron dos barcos al fondo del mar y provocaron graves daños a varios más; más de 900 hombres se ahogaron aquella noche. El incidente fue silenciado por los aliados por temor a que afectara la moral de las tropas que debían cruzar a Francia en esos barcos (se mantuvo oculto durante más de cuarenta años, evidentemente por vergüenza). Una vez que el trabajo terminó, la compañía había sufrido más de 150 bajas, fue licenciada y los supervivientes regresaron a casa. Mantendrán el contacto toda la vida.

Webster quería ser escritor. Se trasladó a California y pagó sus facturas con una variedad de trabajos extraños muy amplia, mientras enviaba artículos y escribía un libro sobre sus experiencias en la guerra. No logró que ningún editor se interesara por el libro pero consiguió que le publicasen numerosos artículos, el más importante de ellos en el Saturday Evening Post. Se convirtió en reportero, primero en The Daily News de Los Ángeles y luego en The Wall Street Journal. Webster había sentido desde siempre una enorme fascinación por los tiburones. «El tiburón para él —escribe su esposa Bárbara—, se convirtió en un símbolo de todo aquello que el mar tiene de misterioso y feroz. Comenzó a reunir material para escribir un libro. Su investigación le ocupó varios años. Estudió a los tiburones de primera mano, bajo el agua, nadando entre ellos; y atrapó a muchos, pescando con sedal desde su esquife de ocho metros al que había puesto el nombre de Tusitala, que significa “narrador de historias”».

Volved a ver “Tiburón” si cae en vuestra pantalla, es una estupenda manera de asustarse de no ver al tiburón.

Carlos López-Tapia

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