El espíritu olímpico de Mr. Pinkerton

El espíritu olímpico de Mr. Pinkerton

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¡Hola muchacho!:

¿Cómo se encuentra mi enfant terrible?. Espero que ya hayas superado la depresión post Madrid 2016. Ya sé que estabas muy ilusionado y que pensabas presentarte como voluntario y todo. Precisamente, estas últimas semanas he estado muy comprometido con la causa, ya que recibí una llamada del alcalde pidiendo mi colaboración y mi presencia en Copenhague: “Estimado Mr. Pinkerton, el alcalde y Madrid necesitan de tu astucia. Quiero que vengas con nosotros para que hagas de lobby, pero, sobre todo, para que pongas mil ojos y otros tantos oídos, y allá donde veas un contrincante hablando mal de nuestra candidatura, allá vayas a impedirlo. Las Olimpiadas del 2016 tienen que ser para Madrid”.

Así que de repente me vi subido en un avión lleno de celebridades deportivas, auténticos genios que tantas satisfacciones nos han dado los fines de semana, retumbados en nuestros sofás mientras ellos se dejaban la piel y parte del intestino para llegar el primero a meta o ser el mejor entre los mejores. En el avión me tocó al lado de Induráin, y con él hablé de lo divino y de lo humano. Conocedor de mi afición por el séptimo arte, me dijo que hay que ver lo malas que son las películas con temática deportiva, y que es una pena que apenas traten el ciclismo. Le comenté que es verdad, que sólo recuerdo “El relevo”, con Dennis Quaid, “La carrera de la vida”, con Kevin Costner, y una española: “El prado de las estrellas”, de Mario Camus.

PinkertonOlimpismoElrelevoLlegado a la capital danesa, aquello parecía una entrega de los Oscar. Grandes medidas de seguridad, ambiente de expectación, rumores de dimes y diretes, que si Obama, que si el Rey, que si Lula… La verdad es que me costó entrar en mi papel. Quieras que no, detrás de todo detective hay un gran tímido, y en medio de toda aquella gente estaba yo un poco en plan Peter. Ya sabes, en plan Peter Sellers en “El guateque”. Así rodeado de gente, con mucho ruido de fondo y con nadie con quien hablar. En cierta manera era lo mejor, pues mi objetivo era detectar posibles fraudes y conversaciones inadecuadas para nuestra candidatura.

Pero, estando allí, me di cuenta de que el alcalde, al convocarme, no tuvo en cuenta un pequeño detalle: no tengo ni idea de inglés ni francés. Así es, muchacho, tu Pinkerton sólo se maneja en castellano. A ver, lo fundamental sé decirlo: “My house is red”. “My dog is big”. Pero con este vocabulario no se llega muy lejos en el mundo del espionaje internacional. Así que de mi bolsillo contraté a una traductora, Ingrid, para que hiciera de oídos por mí. Ingrid era idéntica a Lauren Bacall en los tiempos de “El sueño eterno”, y me confesó que estaba súper emocionada con esta misión, la cual, por cierto, no era nada fácil.

Lo primero que hice fue informarme de los lobbys contrincantes con peor fama. Había algunos duros de pelar. A pesar de que el olimpismo es un sentimiento que transmite paz y deportividad, había tantos intereses creados que aquello parecía una mini guerra fría. Sabía que iba a ser una carrera muy dura, digna de “Carros de fuego”. En una de éstas, me crucé con un japonés que le decía a uno del comité: “Madrid está siempre en obras, siempre en obras; ¡pero si hasta han cambiado el oso y el madroño de su rincón de toda la vida!”. Aquello fue un golpe bajo, pero nada comparable con lo que le dijo un lobby de Chicago a otro comisario: “¿Se puede usted fiar de una ciudad en la que convierten sus legendarios cines de Gran Vía en tiendas de moda?. ¡El Palacio de la Música está tapiado y todo!”.

PinkertonOlimpismoBanderaComo podía, iba hablando con todos ellos con la ayuda de Ingrid para limpiar la imagen de Madrid. Les fui animando para que decantaran su voto a nuestra candidatura en caso de que su primera opción fuese descartada. Les iba explicando que Madrid es una ciudad maravillosa, llena de vida, con espíritu olímpico y multicultural. Que en un mismo día podías esquiar, remar en el Retiro, hacer footing en la Casa de Campo, ligar en un gimnasio, ver “Ser o no ser” en el Pequeño Cine Estudio; comer en un japonés, en un brasileño o en un… bueno, en un McDonald. En fin, Madrid, la ciudad que no duerme, pero que se echa siestas. Los ojos de los comisionistas olímpicos hacían chiribitas tras mis palabras, pero por cada discurso mío, había tres contrincantes vendiendo sus ciudades como si fueran la octava maravilla del mundo. Y cuando me di cuenta, llegó la hora de las presentaciones.

Madrid era la última, y eso podía ser positivo. Debo reconocerte, muchacho, que ver a Obama defender a Chicago fue especialmente emotivo. Me imaginé a millones de niños estadounidenses viendo en sus casas el discurso, en uno de esos televisores que ponen a ras de suelo… e igualmente me imaginé a sus padres despotricando por lo innecesario del gasto que suponía todo aquello. Me preparé para la presentación de Madrid llenando mis bolsillos de kleenex. Sabía que iba a ser tan emotivo que me preparé por si lloraba más que mi madre viendo el final de “Los puentes de Madison”. Y así fue, con cada video no podía evitar moquear a moco tendido. No pude más con tanta emoción y nerviosismo y me fui de aquella sala, refugiándome en el bar del hotel. Allí, de repente, veo una cara conocida, un rostro familiar, de esos de los que ves todos los días… ¡Su majestad el Rey!.

PinkertonOlimpismoBarondeCoubertinMe puse tan nervioso que no pensé ni en saludarle. Allí se encontraba él, tomándose un café con leche, hasta que me vio y me habló: “Hombre, Pinkerton, ¿qué haces por aquí?. Yo me he escapado un poco, prefiero no estar en la votación final, me lo recomendaron los médicos. Ya sabes, desde lo del “por qué no te callas” me altero con facilidad… ja, ja, ja. Oye, hay que ver lo que te pareces a Sean Penn. Yo, en cambio, no me parezco a nadie, qué curioso. ¡Ja, ja, ja!. Bueno Pinkerton, te dejo con tus pensamientos. Ah, y no dejes de ir a ver “El secreto de sus ojos”, es buenísima. La otra noche me escapé de palacio y me fui de extranjis al cine, con la platea llena de gente, ¡y nadie advirtió mi presencia!. ¡Ja, ja, ja!.

Me quedé tan aturdido que le hice la reverencia medio minuto después de irse. En el televisor del bar vi que Madrid llegaba a la final, pero no pudo ser… Río de Janeiro se llevó el premio del olimpismo. Fue triste, pero en estos casos es cuando más hay que acordarse del Barón de Coubertin, y decirnos más de cien veces eso de que lo importante no es ganar, sino participar. Por cierto, ¿cuándo hará alguien una película sobre este barón y sus primeras olimpiadas?.

Bueno muchacho, ahora estoy con Ingrid de excursión por la costa danesa. Te mandaré pronto una postal.

¡Saludos!

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