In Memoriam: Jonathan Demme, el director con oficio que hizo brillar a sus actores

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Querido Teo:

Combatiendo con el cáncer de esófago hasta el último momento (en Septiembre de 2015 se le veía muy deteriorado por la enfermedad cuando presidió el Jurado del Festival de Venecia), ha fallecido a los 73 años el director Jonathan Demme. Un nombre del que se echa de menos que en la última década no tuviera mayor presencia en el cine ante su innegable talento. Precisamente esa ausencia le hizo caer en cierto olvido, que no merecía, en el panorama contemporáneo.

Alumno aventajado de la serie B de maestros como Roger Corman (que produjo su primer trabajo “La cárcel caliente” en 1974), acercó este estilo a Hollywood con el que fue el mayor exponente de todo ello y la única película de su género en ganar el Oscar. Fue “El silencio de los corderos” que en 1992, un año después de su estreno, lograba hacerse con la estatuilla frente a “JFK”, “La bella y la bestia”, “Bugsy” y “El príncipe de las mareas”.

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Un director multidisciplinar que no se encasilló y que demostró en su cine tanto su oficio como su melomanía, con imágenes muy potentes como la de Tom Hanks escuchando a María Callas en “Philadelphia” (1993) o la música de Bach asociada al sibarita Hannibal Lecter, además de varios documentales sobre la figura de uno de sus ídolos, Neil Young, la imprescindible “Stop making sense” (1984) en un visionario trabajo a la hora de representar en pantalla un concierto de The Talking Heads, o un último título sobre una cantante de rock frustrada por no haber podido estar al lado de su familia cuando más hacía falta en “Ricki” (2015).

Gran director de actores, como demostró desde sus inicios con cintas como “Luchando por mis derechos” (1976) o la intriga de “El eslabón del Niágara” (1979), facilitó estatuillas a varios de ellos siendo el primer Oscar actoral bajo su responsabilidad el de Mary Steenburgen por “Melvin y Howard” (1980), a los que se unirían Anthony Hopkins y Jodie Foster por “El silencio de los corderos” y Tom Hanks por “Philadelphia”, arrepintiéndose por esta película de no haber dado más metraje a un Antonio Banderas que tenía en este título su lanzamiento en Hollywood. A reivindicar cintas ochenteras en las que sacó lo mejor de sus actrices como Goldie Hawn y Christine Lahti en “Chicas en pie de guerra” (1984), Melanie Griffith en “Algo salvaje” (1986) y Michelle Pfeiffer en “Casada con todos” (1988).

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Pudo hacer una película sobre la esclavitud en “Beloved” (1998) y realizó un remake modélico en “El mensajero del miedo” (2004). Muchos reivindican hoy “La boda de Rachel” (2007), una cinta en la que se pasaba al cine “indie” (algo Dogma) en una descarnada mirada al seno de una familia y sus prejuicios y etiquetas sobre el mantenimiento de las apariencias. La demostración del talento de Anne Hathaway, el descubrimiento de Rosemarie DeWitt y el regreso de una actriz como Debra Winger formaron un triunvirato interpretativo bien engrasado bajo las órdenes de Demme.

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Documentales y series de televisión como “En cuerpo y alma”, “Iluminada” y “The killing” fueron la actividad principal en los últimos tiempos de una figura a reivindicar y que, como tantas otras, hemos perdido demasiado pronto y a la que sólo hay que agradecer los buenos momentos vividos.

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Nacho Gonzalo

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Comentarios

Javier - 28.04.2017 a las 18:58

Se nos está yendo una cantidad increíble de gente, y gente impresionante. Se van dejando, al menos, un legado único de películas para la historia. Habrán ganado o no el Óscar de la Academia en su momento, pero sin duda han ganado el verdadero Óscar, el del paso del tiempo, trascendiendo incluso a sus creadores.

Solamente por “El silencio de los corderos” la vida artística de Demme ya ha valido la pena. Aquella fue una película de factura relativamente sencilla pero con un gran guión, unas intepretaciones inmortales y una historia de dejarte sin aliento. No ocurre así con sus secuelas, superproducciones de gran envoltorio, efectos y efectismo que la implacable Academia de la historia, que es el paso del tiempo, castigará sin duda.

Johnatan Demme ya tiene su sitio entre los grandes, lamento mucho que se nos fuera a los 73 años, hoy prematura edad para irse. Una última reverencia a un maestro consumado y un hasta siempre.

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