“Indignación”, la complejidad de la pasión en la mejor adaptación de Philip Roth

“Indignación”, la complejidad de la pasión en la mejor adaptación de Philip Roth

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Querido Teo:

Con dos años de retraso ya está disponible para los usuarios de la plataforma Netflix “Indignación”, una de esas películas que no encuentran distribución en salas entre el maremágnum de apuestas que llegan todas las semanas por un lado y, sobre todo, por el convencimiento por parte de los que deciden ésto de que no sería una película que encontrara su público. Una pena teniendo en cuenta que la cinta dirigida y adaptada por James Schamus queda por el momento como la mejor película que hemos visto basada en una obra de Philip Roth, un autor tan complejo que no ha tenido suerte en sus adaptaciones pero que aquí encuentra una cinta a la altura de su genio sabiendo captar la esencia de un relato efectivo y sensible pero, también en cierta manera, triste y desesperanzador como una hoja de otoño que sabe que ha cumplido su ciclo y queda privada del árbol del que ha formado parte hasta que le toca volar sola.

“Indignación” no es la obra más conocida y alabada de Roth y, precisamente por eso, su adaptación tampoco ha pecado de una ambición que sí que han tenido cintas como “La mancha humana” (2003) o “American pastoral” (2016), lastradas por ello y quedándose muy por debajo de la fuerza de la historia como ejercicios abstractos y sin alma con actores declamando y sufriendo como meras marionetas accionadas por un resorte. Fue Isabel Coixet la que con “Elegy” (2008) más cerca había estado de comprender y estar a la altura de Roth en la adaptación de “El animal moribundo”, pero el mérito se lo lleva ahora un James Schamus que da en la diana en la que es su ópera prima como director a pesar de contar ya con un amplio y polifacético bagaje como demuestran sus nominaciones al Oscar por “Tigre y dragón” (al mejor guión adaptado y a la mejor canción) y por “Brokeback Mountain” (a mejor película).

“Indignación” nos presenta al joven Marcus Messner que junto a sus padres es miembro de la comunidad judía de Newark (New Jersey) consiguiendo una beca para estudiar Derecho en el prestigioso y elitista Winesburg College (Ohio). Una manera de empezar a vivir, ahogado como está de ser el perfecto buen hijo (único), ayudando a su padre en la carnicería familiar, y presentar un expediente académico inmaculado además de ser capitán del equipo de béisbol del instituto. Tiempos turbulentos los de 1951 en lo que a su alrededor ve como amigos y primos caen sin remedio ante la cruenta Guerra de Corea a la que han sido enviados, algo de lo que podido quedar eximido ante su talento para los estudios. En Winesburg College, estigmatizado desde el principio (pero siempre de manera muy sutil) a tener que relacionarse con los que son judíos como él, tanto con sus compañeros de habitación como la fraternidad en la que pretenden que se afilie, conocerá a Olivia Hutton, una fascinante alumna que le descoloca primero por su belleza y desparpajo y después por practicarle una felación en el coche cuando él la invita a cenar en una primera cita. Algo que desmontará todos sus esquemas y creencias sobre la vida, las relaciones y lo que es él en el mundo.

Hay que destacar en esta película a un Logan Lerman que confirma que puede llevar un personaje de este tipo sobre sus hombros tras revelarse en cintas como “Las ventajas de ser un marginado” (2012), “Un invierno en la playa” (2012), “Percy Jackson y el mar de los monstruos” (2014) o “Corazones de acero” (2014). En el reparto le acompañan Sarah Gadon como Olivia Hutton, Danny Burnstein y Linda Emond como unos preocupados padres que han sustentado su matrimonio en su hijo, Philip Ettinger y Ben Rosenfield como sus petulantes compañeros de cuarto universitario y, en especial, un Tracy Letts que con su habitual sobriedad inunda la pantalla como el decano Caudwell. El que fuera director de la CIA en “Homeland” (temporadas 3 y 4) y el comprensivo padre de “Lady Bird”, vuelve a destacar en un enfrentamiento dialéctico lleno de ingenio verbal y de tensión inquisitiva en su despacho con el personaje de Logan Lerman que conforma uno de los mejores momentos de la cinta, de indudable referencia teatral y con unos actores que brillan como unos personajes acostumbrados a tener siempre la razón y que intentan tomar postura ante la motivación y creencias que reside en el otro en la eterna diatriba entre el control y la libertad, la rigidez y la flexibilidad, la razón y la pasión.

El deseo, desde un punto de vista iniciático, vuelve a ser protagonista como uno de los temas que más preocupan a Philip Roth desmontando las convenciones burguesas y dejando sin su coraza de seguridad a personajes escudados en su pretendida fuerza mental, culta y lógica, así como un ateísmo racionalizado, como es el caso de este joven virgen, que ha basado su vida en los estudios, y experimentando a través de lo leído en obras como la del ensayista Bertrand Russell titulada “Why I am not a christian” (1927). Cuando la tentación y la pasión se pongan en su camino eso supondrá una bocanada de aire fresco en una vida condenada a la rutina y con relaciones sociales mortecinas, aunque ello también pueda verse como un inicio a la perdición ante la fragilidad y la imprevisibilidad que supone algo como un sentimiento como el amor a la hora de canalizarlo en pro del crecimiento de uno más allá de un atajo placentero en un vehículo sin frenos ante una curva pronunciada.

Una fuerza que te hace descarrilar pero que también te empuja a que uno, aunque sea por una vez en su existencia, se sienta vivo. Una dualidad que se refleja en un deselance imprevisible y amargo, resulto con elegancia y emotividad en el que (incluso el paso del tiempo) ha dejado en un jarrón de flores dibujado en un estampado el símbolo de aquello que fue. Y es que el amor puede condenarnos, con consecuencias fatales en la fina línea entre el placer y la fragilidad de nuestro bagaje como personas, pero (en verdad) pobre de aquel que no lo haya vivido.

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Nacho Gonzalo

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