“La balada de Buster Scruggs”, el canto de los Coen a la soledad y la fatalidad en clave de antología western

“La balada de Buster Scruggs”, el canto de los Coen a la soledad y la fatalidad en clave de antología western

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Querido Teo:

Esa plataforma, que también contenedor, tan disfrutable y matatiempos de ocio y entretenimiento llamada Netflix alberga desde hace unas semanas uno de los mejores títulos del año. “La balada de Buster Scruggs” es el título del nuevo trabajo de los hermanos Coen en lo que supone su nueva incursión en el western, género que los directores disfrutan y sienten como propio y en el que se han movido directa o indirectamente a lo largo de su carrera. Y es que toda su cinematografía respira el aroma de esas historias, con personajes solitarios pero también nobles y empecinados que son carne de cañón a merced de la fatalidad del increíble destino. Lo que nació como una miniserie en clave de antología ha pasado a ser una de las mejores películas de este tándem.

Ganadora del premio al mejor guión en el Festival de Venecia, “La balada de Buster Scruggs” vertebra una cadencia narrativa e independiente, pero no irregular, con seis relatos breves que aúnan todas las claves y estética del género, todos ellos protagonizados por personajes que deambulan por sus historias con diversos propósitos, radicando especialmente en ellos el propósito de prosperar. Ya lo vemos en una primera historia, que da título a la película, y en la que tras la preciosa melodía inicia de Carter Burwell (que ya nos empapa del ambiente al que los Coen quieren llevarnos), vemos a un forajido buscado por las autoridades y que, con sorprendente bonhomía, enarbola su buena puntería hasta que corra el riesgo, henchido de ego y sobrevaloración, de encontrar la horna de su zapato. Tim Blake Nelson interpreta a ese Buster Scruggs en una primera historia fresca y genuina con un duelo final en el que esa canción de redención ya te tiene totalmente vendido de cara a lo que a partir de ahora las historias vayan ofreciendo al espectador.

Es la segunda historia, iniciada en una delegación bancaría en un inhóspito paraje, la que juega más con ese humor negro característico de los western centrada en un James Franco que nunca hubiera deseado intentar robar ese banco, más cuando la espiral de su destino como una soga apretada a su cuello llama a su puerta y ya es demasiado tarde coger la senda del amor en vez de la codicia, permitiéndose los directores un brochazo de ese humor caustico marca de la casa.

Algo parecido ocurre en la tercera historia, para el que escribe la más impactante y certera, en la que Liam Neeson es una especie de feriante que exhibe a un tullido que recita y declama como si fuera el Tenorio dejando absortos a todos aquellos lugareños frente a los que actúan desde su barraca de feria recitando el Ozymandias de Percy Bysshe Shelley o la Biblia. Todo hasta que precisamente ese sentimiento de mezquindad bañada de materialismo lleva a tomar una decisión en la que la ceguedad de la novedad fulmina el pasado sin ninguna consideración, precisamente ahondando en ese individualismo marca de ese espíritu del llanero solitario en el que el sobrevivir no entiende ni de lealtades ni compañerismos.

Quijotesca empresa la de un cuarto relato que nos presenta a un veterano buscador de oro que, con una determinación a prueba de cualquier avatar que se le presente, sigue empecinado día y noche en explorar cada rincón del perímetro en busca de una quimera que sabe que más tarde o temprano la naturaleza le brindará. Un excelso Tom Waits da empaque con su rostro ajado por las arrugas y el sol, así como greñudo por el descuido físico, que no busca riqueza gratuita sino culminar su última gran empresa vital. Una pradera verde, frondosa y rica genera la estampa idílica que da una tregua con esa muerte que como personaje vertebrador también sobrevuela estas historias marcadas como decíamos por la soledad, la incomprensión y la fatalidad.

El quinto y sexto relato siguen explorando esa filosofía sobre la condición humana marcada por el aguijón negro de los Coen basado en un hecho fortuito, fugaz y fatal o la típica réplica que rebaja de gravedad el conjunto ante cualquier situación. Y es que allí sobresale especialmente una Zoe Kazan que en el quinto relato se adentra en el papel de la mujer en un entorno de marcado carácter masculino en el que la determinación no encaja con el modo de subsistencia predominante que no es otro que seguir el rumbo de esa caravana a la que le haya llevado en la vida el hombre más cercano a ella, y encontrar en un buen marido el modo de seguir adelante para no morir presa de las deudas.

El tono elegiaco del conjunto se subraya en un último relato, casi una cadencia teatral, en la que varios personajes llevan a cabo una serie de diálogos marcados por una sugerencia que juega con la muerte y que hubiera hecho las delicias de Hitchcock jugando con los espacios cerrados de una diligencia en una filosófica conversación sobre la condición humana.

Entre transiciones de ese libro figurado que va dando paso a cada una de las historias, “La balada de Buster Scruggs” es una libre adaptación de obras de Stewart Edward White y Jack London, así como obras del western clásico rodándose en lugares Nebraska, Nuevo México y Colorado que sirven de escenario a un guión en el que los Coen han trabajado durante 25 años. Un tiempo en el que los hábitos de consumo han cambiado y, siendo conscientes de ello, confiaron en Netflix como un paladín de un contenido que va más allá el clásico blockbuster al que parecen encaminados los grandes Estudios que manejan Hollywood.

“La balada de Buster Scruggs” es una auténtica delicia, no sólo para los aficionados al empaque e ingenio de los Coen, aquí depurado y plasmado con maestría, sino en una exquisitez técnica que se apoya en la fotografía de un Bruno Delbonnel que saca postal pictórica hasta del mayor tugurio llegando a su máximo apogeo mostrado una verde pradera, un condenado a muerte anclado en el horizonte, o la transición de un atardecer, todo elevado por la música de Carter Burwell que sigue creciendo cada vez más en el panorama musical cinematográfico.

Los Coen no inventan la rueda, ni falta que hace, pero homenajean como nadie el legado de toda una forma de narrar cine aprovechándose de la financiación, distribución y técnica de los tiempos actuales pero provocando la adicción propia de querer más de esas viejas historias con moraleja, profundidad y pureza a la hora de indagar en los recovecos de la psique más humana mientras asistimos a ellas embelesados y con las orejas y ojos bien abiertos dispuestos a escuchar y no perderse detalle sólo por la lumbre de una vela mientras el chisporroteo de la leña ardiendo suena a nuestro alrededor con ritmo de balada melancólica como una vieja canción que siempre irá vagando por nuestro recuerdo mientras vivamos.

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Nacho Gonzalo

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