Las listas de Moriarty: El MacGuffin son The Beatles

Las listas de Moriarty: El MacGuffin son The Beatles

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Querido Teo:

Dicen que cada canción que nuestro cerebro es capaz de recordar es debido a que está asociada a un hecho de nuestras vidas que realmente nos ha marcado. La banda sonora de mi cabeza se puede decir que cuanto menos es ecléctica y entre sus grandes hits se puede encontrar todo tipo de ritmos y compases. Pero si hay algún grupo que está grabado a fuego en mis pensamientos, ése es, sin duda alguna, The Beatles y eso que no tuve una relación fácil con ellos. Como buen hijo de la Gran Bretaña, los cuatro fantásticos de Liverpool siempre han estado muy presentes en mi vida, a pesar de que mi madre me tenía prohibido escuchar cualquier canción suya. La razón de este odio a los escarabajos, por lo que he podido averiguar con el paso de los años, procede de la época en la que todavía no era Mrs. Moriarty, la mujer recta y seria que yo siempre he conocido…

A comienzo de la década de los 50, la joven Patricia se iba a pasar los veranos a casa de una de sus tías que vivía en Liverpool. Lo que comenzó siendo una obligación por parte de sus padres (siempre se ha rumoreado las malas pulgas que se gastaba la tía Emma), terminó siendo un premio por el que merecía la pena esperar 10 meses cada año.

Mi madre, una señorita educada, estudiosa, religiosa y muy respetuosa por las tradiciones (nada que ver con mi padre), con el paso de los veranos se fue convirtiendo en una mujer independiente, con ideas transgresoras para su época, que fumaba y escuchaba música inapropiada para la que, hasta entonces, era el ojito derecho de las monjas. Mis abuelos, al ver la evolución que se estaba produciendo en la “pequeña de su casa”, decidieron cambiar de estrategia y, en lugar de enviarla a la ciudad norteña, la “invitaron” a pasar unas semanas en casa de los tíos Amanda y Michael en Kingsbridge.

Consecuencia: La pequeña Pat desapareció de un día para otro y estuvo en paradero desconocido 5 días. Finalmente, y gracias a la intervención de una llamada anónima, la encontraron en Liverpool en casa de un amigo. El susodicho muchacho respondía al nombre de John Winston.

El joven vivía con su tía en una humilde casa en la calle Penny Lane y, a pesar de que no era mal estudiante, dedicaba todo su tiempo a su gran pasión, la música. En aquel momento, toda su atención estaba centrada en el grupo que acababa de montar con unos amigos y del que decía con seguridad y, porqué no negarlo, con engreimiento, que se iba a convertir en la mejor banda de toda la Historia de la música. Y mi madre, ante tal demostración de gallardía y valentía, no tenía ojos para otra cosa que no fuera él, incluso era capaz de escarparse del internado donde terminó después de su aventura veraniega para ir a verle a alguna actuación. Así pasaron unos cuantos años, hasta que con 17 años de los de entonces, mi madre, sin miedo a los comentarios que rondaban en el pueblo y al disgusto que les supuso a sus padres, decidió independizarse e irse a vivir a Liverpool. Los primeros meses fueron toda una experiencia vital y, por lo que poco que ha contado, tuvo tiempo de experimentar con muchas cosas nuevas para una niña recién llegada de un pueblo.

Sin embargo, con el paso de los meses, se dio cuenta que el éxito que estaba alcanzado John era inversamente proporcional al éxito de su relación. Ya no era ella sola la que les acompañaba fielmente a los conciertos, sino que siempre había una corte de mujeres dispuestas a cualquier cosa fueran donde fueran. Mi madre, con una paciencia a prueba de bombas, asumió que eso eran cosas de la nueva fama y que tendría que convivir con ello, hasta aquella noche del 13 de Abril. La gota que colmó el vaso ocurrió en Hamburgo, cuando después de uno de los conciertos, al llegar a la habitación del Hotel, la pequeña Pat se encontró a John en la cama con 5 chicas que, por su aspecto, no estaban precisamente componiendo ningún nuevo hit.

Ése fue el último día que mi madre vio y habló con John, a pesar de que éste lo intentó en numerosas ocasiones. Ella, aunque nunca lo reconoció, llegó a perdonarle y cuando nadie la veía, aprovechaba para escuchar en la soledad de su habitación esa canción que tan buenos recuerdos la traían…

“Love, love me do. You know I love you, I’ll always be true”.

Vivir es fácil con los ojos cerrados (David Trueba, 2013)

Javier Cámara, magnífico como siempre, encarna en la última película de David Trueba a un profesor de inglés en los revueltos años 60 que utiliza las canciones de sus admirados Beatles para enseñar la lengua de Shakespeare a sus alumnos. En esa época en que internet era sólo una quimera en la mente de locos visionarios, encontrar las letras de sus canciones era algo sólo al alcance de gente con muy buen oído o para valientes e intrépidos como el bueno de Antonio que, ante la noticia de que el mismísimo John Lennon se encontraba en Almería, no se le ocurre otra cosa que dirigirse hacia allí para conocerle. En el camino, al más puro estilo road movie, se va encontrando diferentes personajes a cual más extraño y que terminan convirtiendo el viaje en toda una experiencia vital.

Basada en la historia real de Juan Carrión, profesor de inglés de Cartagena que pudo conocer brevemente al propio Lennon durante la estancia que éste hizo para rodar la comedia antibélica “Así gané la guerra”, y donde se dice que compuso la canción Strawberry fields forever. Ese encuentro de apenas 30 minutos cambió la discografía de The Beatles puesto que, atendiendo a su petición, empezaron a incluir las letras de sus canciones en todos los discos.

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Nowhere boy (Sam Taylor-Wood, 2009)

La directora Sam Taylor-Wood debutó en el mundo del cine con esta visión de la juventud (no tan edulcorada como en otras versiones) de un indomable y rebelde ya por esa época, John Lennon. En ella podemos ver la peculiar relación que mantuvo el joven Beatle con su madre biológica y su tía mientras se iba labrando la formación de los Quarrymen, predecesores de los futuros Beatles y ya con Paul, George y el propio John en sus filas.

El reto de encarnar a Lennon recayó sobre Aaron Johnson y, a pesar de que el parecido físico no está tan logrado como en otras ocasiones, salva la papeleta con nota en una actuación más que aceptable. Además, se llevó el “premio gordo” del rodaje puesto que no sólo recibió buenas críticas, sino que salió de él con una boda bajo el brazo con la directora de la película y que hizo correr ríos de tinta por la diferencia de edad entre ambos.

Esta peculiar versión adolescente del genio de Liverpool le ha valido a su directora el honor de ser la elegida para llevar a la pantalla la adaptación de ese bestseller de soft-erotismo femenino llamado “Cincuenta sombras de Grey”. Que se prepare para la lluvia de críticas que le van a caer, haga lo que haga con el bueno de Christian y Anastasia…

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Across the universe (Julie Taymor, 2008)

La barroca y recargada Julie Taymor se embarcó en la aventura de llevar a la pantalla este musical escrito a seis manos con la música de The Beatles como telón de fondo e hilo conductor de la historia. Y la originalidad de la película acaba aquí, porque el resto del argumento no deja de ser la típica historia de niño rebelde y humilde (Jude) que se enamora de niña mona y rica (Lucy) y, a pesar de todos los inconvenientes y zancadillas que se encuentran por el camino, termina juntos y felices, comiendo perdices (aunque para seguir la tónica del tema, habría que decir “comiendo manzanas”) mientras suena de fondo el Come together.

Como curiosidad comentar que se debe tratar del primer musical de la Historia basado en una banda que no cuenta con los derechos de ésta para que suenen sus canciones originales. Aunque todo sea dicho, la alternativa de versionar las canciones, incluidas las realizadas por el “Walrus” Bono y The Edge de U2 (en aquel momento en pleno proceso de creación del “exitoso” musical de Spider-Man con Taylor a la cabeza), fueron un acierto para el desarrollo de la película.

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El asesinato de John Lennon (J. P. Schaefer, 2007)

Supuestamente basada en la biografía de David Chapman, nos describe cómo fueron los últimos días antes de que éste encañonara a Lennon a sangre fría junto al edificio Dakota en Nueva York.

Lo que intenta ser un retrato psicológico de Chapman, y una búsqueda de las razones por las que realizó tal acto, se queda a mitad de camino y, en ocasiones, parece más una burda comedia sacada de contexto que un thriller psicológico. Siguiendo la estela de lo ya comentado en múltiples artículos, muestra referencias continuas a varias de las filias y fobias que compartían tanto Chapman como Lennon: El libro de “El guardián entre el centeno”, la numerología y su obsesión por el número 9, etc…

Lo único salvable de la película de J. P. Schaefer es la interpretación, y especialmente el cambio físico a lo Robert de Niro, que llevó a cabo su protagonista Jared Leto (ganó más de 30 kilos), que vuelve a estar de actualidad por a su interpretación en la película “Dallas Buyers Club”, la cual aparece entre las favoritos para las nominaciones a los Oscar de este año.

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Yo soy Sam (Jessie Nelson, 2001)

El drama lacrimógeno que interpretó un Sean Penn en estado de gracia y donde daba vida a un padre de familia disminuido psíquico que, por cosas de la vida, tiene que hacerse cargo de su hija recién nacida y criarla solo, es un must para los amantes del cuarteto de Liverpool. Y no precisamente por el argumento, puesto que no puede estar más lejos de la onda beatlemaniaca, sino por la banda sonora que acompaña toda la película donde se pueden oír diferentes versiones de las canciones míticas de The Beatles que recalcan las imágenes de manera increíble.

A destacar esa imagen de la pequeña Lucy (in the sky with diamond) acompañada por Sam y toda su corte de amigos, cruzando un paso de cebra con globos en el brazo a los acordes de “Across the universe”, interpretada por Rufus Wainwright. No será como la mítica imagen de Abbey Road, pero tampoco tiene nada que envidiarla.

Tampoco se debe olvidar la presencia de la guapísima (como siempre) Michelle Pfeiffer en un papel que es un caramelo para ella.

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“El mal nunca duerme, simplemente se echa la siesta”.

James Moriarty

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