Los cabarets de “Cabaret” (III)

Los cabarets de “Cabaret” (III)

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Querido Teo:

El cabaret que reconstruye el cine para nosotros vive la década dorada entre los años 1924 y 1933, desde el fin de la inflación hasta la llegada de Hitler al poder. Esos años representan, a pesar de todo, una pausa en la serie de catástrofes de las que había sido testigo y víctima la población berlinesa desde 1914.

El joven Wilder esperaba abrirse camino sin demasiadas dificultades. Se trataba de una urbe de lectores, y un periodista joven que buscara trabajo podía encontrar bastantes más oportunidades que en Viena. En 1930 se publicaban 149 periódicos, veinte de los diarios sacaban dos ediciones; Tempo, tres. Se editaban cerca de cuatrocientas revistas. Pero además, Berlín contaba con decenas de lugares donde bailar. El baile moderno en locales públicos se extendió hasta dar trabajo a alrededor de novecientas bandas de baile. Fue la salvación para poder pagarse un cuarto en un hotel barato y sobrevivir. Lo recordaría desde Hollywood en muchas ocasiones: «Bueno, éramos jóvenes y la gente comenzó a bailar por entonces en público. Yo estaba entre los que se puede decir que sabían bailar. En el salón de baile del Hotel Edén de Berlín comencé a bailar por dinero, lo que se llamaba un gigoló bailarín. Actualmente suena más romántico de lo que era».

La imagen que ofrecen algunos salones de baile es lúgubre. Varios gigolós sentados a una mesa en un salón lleno de mujeres ávidas de baile, acompañadas por maridos decrépitos. Por formalidad, los chicos preguntan a las mujeres si quieren bailar, aunque sean ellas quienes controlan las transacciones con sus monederos. Según Wilder, cuanto más viejas y gordas fueran las mujeres, mejores eran las propinas. Billy ganó 400 marcos en los diez primeros días, más de lo que cobraba al mes un redactor joven en un periódico berlinés. «Bailo con jóvenes y viejas; con mujeres muy pequeñas y otras que me sacan dos palmos de altura; con bonitas y no tan bonitas; con muy delgadas que beben té; con damas que me mandan al camarero y disfrutan bailando el tango con ojos cerrados y arrebatados; con esposas, algunas muy elegantes que lucen monóculos de montura negra mientras sus maridos, incapaces de bailar, me observan; con viajeras embarazosamente torpes para quienes carece de sentido un viaje a Berlín sin el té de las cinco; con espléndidas extranjeras, que reparten su estancia en Berlín entre la habitación del hotel, el vestíbulo y el salón de baile; con mujeres que vienen un día sí y otro también, pero que no se sabe ni de dónde vienen ni adonde van; con un millar de clases distintas».

Contó en uno de sus reportajes la tarde que se pasó bailando con dos hermanas incansables, bajo los ojos vigilantes de sus padres. Tras bailar con las dos chicas durante horas, alternándolas, finalmente llegaron al límite de sus fuerzas y se dispusieron a irse. El padre deslizó la propina en la mano del gigoló danzarín: «Percibo algo en la palma de mi mano: papel. Ya están en el guardarropa. Me meto la mano en el bolsillo del pantalón y corro, enrojecido como una cigala recién hervida, directamente al lavabo de caballeros, me encierro dentro y, con dos dedos, saco el papel del bolsillo. Un billete de cinco marcos».

Tras terminar cada día de rodaje de “Cabaret”, Liza Minnelli regresaba al hotel situado a dos minutos de la popular “iglesia rota”. Quedó tan fascinada como el resto del equipo americano ante el contraste de un edificio conservado en ruinas, para simbolizar la ciudad destruida, y la nueva iglesia octogonal de vidrio azul levantada una década antes, en 1961, para simbolizar la reconstrucción.

Carlos López-Tapia

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