Los cabarets de “Cabaret” (IV)

Los cabarets de “Cabaret” (IV)

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Querido Teo:

Del Berlín que estaba recreando el equipo de “Cabaret” en 1971 no había quedado apenas nada, hasta su magnífica red de rieles para tranvías había sido destruida al 95%. Los bombardeos aliados destruyeron también todos sus famosos cafés, parte esencial de la cultura diurna berlinesa, como los cabarets lo eran de la nocturna.

El Europa Center ocupa hoy el lugar en el que estuvo el Romanisches Café, el templo de la intelectualidad en las primeras décadas del siglo XX. Max Reinhardt, Bertolt Brecht, Tristán Tzara y los demás miembros del movimiento Dadá, acudían primero al próximo Café des Westens y, tras dejarse ver por la media docena de cafés literarios de la zona, fondeaban en el Romanisches. En sus mesas, Billy Wilder preparó sus primeros proyectos cinematográficos, Otto Dix dibujó decenas de caricaturas en servilletas de papel, y Joseph Roth escribió dos de sus novelas durante aquellos siete “grandes años”, “Hotel Savoy” y “La marcha de Radetzky”. Roth incluso escribió un artículo sobre la figura del camarero encargado de distribuir gratuitamente la prensa nacional y extranjera, todo un oficio en esos grandes cafés, con tertulianos de países muy diversos y columnistas habituales.

Aunque hay un estilo y un precio para todos los gustos, el Romanisches sobresale por su mole neorromántica espantosa, inhóspita, con un interior iluminado crudamente que se divide en dos salones y una galería. Un escritor contemporáneo, Anton Gill, lo describe así: «Un lugar lleno a todas horas de hombres con barba que llevaban chaquetas de tweed y pajaritas, y mujeres rellenas o esbeltas con pelo corto, fumando puros recortados y moviendo largos dedos cargados de anillos».

El Romanisches es un local bohemio, con una cantidad enorme de mesas desnudas en las que los clientes hacen garabatos sobre servilletas de papel mientras se pasan tiempo y tiempo desayunando: «Los más pobres del Romanisches, podían pasarse con dos huevos duros como única comida del día».

El local tiene varios espacios, una estación de tren o una galería con mesas de ajedrez. Un millar de clientes puede beber café, fumar cigarrillos y burlarse de sus amigos, todo al mismo tiempo y en el mismo establecimiento. Las excentricidades no sólo se toleran sino que se alientan, hay un escritor por ejemplo, que es famoso por presentarse disfrazado de cowboy americano, con botas y espuelas. En dos palabras, el Romanisches es todo un espectáculo en una ciudad donde abundan.

Otro joven de los que se convertirá en gran escritor de estos tiempos, Stefan Zweig, convence a sus padres para venir a estudiar aquí desde Viena, pero sólo pasaría por la universidad dos veces en un semestre: una para matricularse y otra para que le certificaran su supuesta asistencia a clase. Busca una libertad que no tiene en Viena y años después escribirá sobre aquella época en Berlín: «Los alemanes llevaron a la perversión toda su vehemencia y amor al sistema. Chicos maquillados con cinturas artificiales se paseaban a lo largo de la Kurfurstendamm [. . . ]. Ni la Roma de Suetonio había conocido orgías como los bailes travestidos de Berlín [. . . ]. Entre el colapso general de valores, enraizó una especie de locura precisamente entre los círculos de clase media que habían sido hasta entonces inconmovibles en su orden. Jóvenes damas presumían de que estaban pervertidas; ser sospechoso de virginidad a los dieciséis habría sido considerado una desgracia en todas las escuelas de Berlín».

Carlos López-Tapia

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