“Memorias de Lorenzo Da Ponte”

“Memorias de Lorenzo Da Ponte”

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Viajar al mundo de Casanova, a la Venecia enmascarada del siglo XVIII, a la Viena de Mozart y al Nueva York que comienza a recibir grandes cantidades de inmigrantes, son cosas que sólo pueden hacer la literatura y el cine. Carlos Saura propone “Io, Don Giovanni” como parte de ese viaje, y la editorial Siruela aprovecha para relanzar las memorias que inspiran la película. Lorenzo da Ponte cuenta su vida, sentado en su domicilio neoyorquino, bien entrado ya el siglo XIX, y a punto de quedar definitivamente arruinado tras el fracaso de su teatro, la Italian Opera House, el primer teatro lírico de la ciudad.

Título: “Memorias”

Autor: Lorenzo Da Ponte

Editorial: Ediciones Siruela (Libros del Tiempo)

Traducción de Esther Benítez

Nota de la Redacción: Acompañar a un personaje como Da Ponte, al igual que hacerlo con Casanova, supone un esfuerzo para el lector, nos tropezamos con lenguaje arcaico aunque bien traducido, pero como en el caso de Giacomo, con una edición muy reciente de sus memorias, vale la pena esta historia de un vividor que alcanzó los 89 años de edad entre un mundo imperial dominado por la religión y otro revolucionado por la ciencia. Emmanuel Conegliano nació en 1749 en una pequeña judería de Vittorio Venetto. Con catorce años se convirtió al cristianismo con su familia y pasó a llamarse como el obispo que presidió la ceremonia ,Lorenzo Da Ponte. Así su padre viudo pudo casarse de nuevo con una cristiana que le convenía y él ingresar en un seminario y darse cuenta de que se le daban bien las palabras. No es complejo encontrar más de una biografía breve por la Red.

Respondía al tópico galante italiano, aunque al definirse no se reconoce del tipo de Casanova, al que conoció cuando tenía cincuenta años y él veinticinco, con un aspecto en esa época de su vida que define así: “ …con una presencia, a lo que se decía, agradable, con un poco de ingenio, un alma poética e italiana y no ignorante en asuntos de amor, no era maravilla que no hallase grandes obstáculos en los tiernos corazones de las doncellas. Protesto, empero, que jamás abusé de ello; y desde el primer momento en que comencé a amar, lo cual fue a la edad de dieciocho años, hasta el cuadragésimo segundo año de mi vida, en que tomé una compañera para todo el resto de ella, nunca dije a una mujer «Te amo» sin saber que podía amarla sin faltar a ningún deber. Con frecuencia, mis atenciones, mis ojeadas y hasta mis cumplidos de normal cortesía fueron tomados por declaraciones de amor; mas ni mi boca pecó jamás, ni sin el consentimiento del corazón y de la razón trató, por vanidad o capricho, de instilar una pasión en un pecho crédulo e inocente que debiera terminar luego con lágrimas y remordimientos. Mi afecto por estas dos hermanas, por extraño que pueda parecer, era grande, era vivo y era parejo”.

Da Ponte se mueve cronológicamente por su Venecia natal, la Viena de Mozart, el Londres de los negocios y un Nueva York de algo más de cien mil habitantes, donde publicaría estas memorias cumplidos ya los ochenta años. Ni el pudor ni la humildad son parte de ellas, alcanzando un descaro en la búsqueda de reconocimiento que resulta tan evidente como divertido. Mozart nunca hubiera alcanzado el favor de la corte vienesa sin su ayuda… “Nunca puedo recordar sin regocijo y complacencia que sólo a mi perseverancia y firmeza deben en gran parte de Europa y el mundo entero las exquisitas composiciones vocales de este admirable genio. La injusticia, la envidia de los periodistas, de los gacetilleros y más aún de los biógrafos de Mozart no les permitió otorgar tal gloria a un italiano; pero toda Viena, todos los que nos conocieron a él y a mí en Alemania, en Bohemia y en Sajonia, toda su familia, y más que nadie el barón de Wetzlar, bajo cuyo techo nació la primera chispa de esta noble llama, han de ser mis testigos de la verdad que ahora revelo. Y vuestra merced, gentilísimo señor barón, de cuya cortés memoria tuve complacido recientes pruebas, vuestra merced, que amó y estimó tanto a aquel hombre celeste, y que también tiene una parte en sus glorias, ahora hechas mayores por la envidia y por toda nuestra época confesadas, si alguna vez llegan a sus manos estas Memorias (y yo trataré de que lleguen), hágame esa justicia que dos parciales alemanes no me hicieron hasta ahora: haga que por medio de los papeles públicos de algún verídico escritor se sepa una verdad que la malicia de los otros escondió, para que un rayo de esa verdad refulja, sea cuando sea, sobre la honrada memoria de vuestro amigo Da Ponte. Después del éxito del Gruñón, fui a ver a Mozart y narréle lo que me había ocurrido tanto con Casti y Rosenberg como con el soberano, preguntándole si le gustaría poner música a un drama escrito para él por mí. «Lo haría con mucho gusto», contestó de inmediato, «pero estoy seguro de que no me darán permiso». «Eso», agregué, «corre de mi cuenta»”.

Es muy cierto en cambio que Nueva York apenas sabía nada de la lengua italiana ni de su literatura, más allá de Dante o los clásicos romanos, y Da Ponte fue el primer literato en asentarse en Nueva York y Filadelfia, ganándose la vida como tendero y negociando en lo que fuera necesario, desde hortalizas a libros. La excelente idea que tiene de si mismo no le hace ocultar sus errores de juventud, donde se forja el carácter de un pícaro conocedor de las artimañas y engaños que sufre y practica para encontrar un sitio en una sociedad petrificada, donde el nacimiento condicionaba la vida de la inmensa mayoría.

Juego en Venecia.htm

Las Memorias de Lorenzo Da Ponte, en ocasiones tan novelescas cómo los argumentos de sus creaciones para el teatro, fueron redactadas entre 1823 y 1827, y su versión definitiva se publicó en italiano en 1830 en Nueva York, donde el libretista vivió hasta su muerte en 1838, nombrado sólo poco antes profesor de italiano sin sueldo en una Columbia en desarrollo.

Su lectura es un viaje a un mundo donde vivieron los bisabuelos de nuestros abuelos y donde confirmar la certeza de que la desaparición de las clases sociales facilita la convivencia.

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