“Mis almuerzos con Orson Welles. Conversaciones entre Henry Jaglom y Orson Welles”

“Mis almuerzos con Orson Welles. Conversaciones entre Henry Jaglom y Orson Welles”

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El centenario de Orson Welles ha sacado a la luz esta serie de charlas de restaurante grabadas a lo largo de los últimos tres años de la vida de Welles. Han aguardado dos décadas en una caja de zapatos.

Título: “Mis almuerzos con Orson Welles. Conversaciones entre Henry Jaglom y Orson Welles”

Edición de Peter Biskind

Editorial: Anagrama

Tras un prólogo explicativo, se ofrece una transcripción casi literal de las grabaciones hechas por el cineasta, colaborador, confesor, agente y mayor admirador de Welles, Henry Jaglom. Jaglom empezó a grabar en 1983 y continuó hasta que Welles sufrió el ataque al corazón que acabó con su vida la noche del 10 de Octubre de 1985. Jaglom metió las cintas, unas cuarenta, en una caja de zapatos y ahí estuvieron casi treinta años.

El resultado es una lectura ágil, fresca, directa y demostrativa del talento de Welles, de su capacidad de provocación, su espíritu independiente y, al mismo tiempo, expresión de sus prejuicios y valores. Welles puede “decapitar” en pocas frases y con argumentos sólidos, a algunos de los personajes y películas más admirados universalmente.

HENRY JAGLOM: “¿Es Bogart tan bueno como yo creo que es?”

ORSON WELLES: “No, ni remotamente. Bogart era un actor de segunda fila. En serio, era un actor de segunda fila. Tenía una personalidad fascinante y sedujo a medio mundo, pero no hizo una buena interpretación en su vida. Era un actor pasable, nada más…”

HJ: “Sé que te encanta Gary Cooper, pero en mi opinión no es muy distinto de George Raft. Yo sólo veo a un actor atascándose con sus frases, tratando de recordar de qué va la escena. Pero tú estás loco por él”.

OW: “Pues sí. Veo a Gary Cooper y me convierto en mujer. Y tú estás loco por Bogie. Ninguno de los dos era muy bueno. Pero estamos enamorados de ellos”.

HJ: “Ya, pero tú me dijiste que Gary Cooper era grande, y que…”

OW: “Bueno, no, sólo que era una gran estrella de cine, una gran creación del cine. Es lo que ocurre con las estrellas de cine, en realidad no los podemos juzgar como actores. Son criaturas de las que nos enamoramos en su momento. Tiene que ver con nuestra idea de lo que es ser un héroe. Es completamente imposible mantener una discusión crítica seria acerca de nuestro entusiasmo por las estrellas de cine. Porque una estrella de cine es un animal muy distinto del actor. Hay veces que sí, que se trata de grandes actores, o de grandes actrices, pero otras veces sólo son actores de tercera categoría. Y da igual, de una estrella te enamoras”.

Welles habla de sus finanzas, sus esposas o sobre detalles convertidos en anécdotas de éxito.

HJ: “¿Qué les pasa a tus moules (mejillones)?”

OW: “Que no están como los que tomé ayer”.

HJ: “¿Y no quieres decírselo al camarero?”

OW: “No, no, no. Con una queja por mesa es suficiente, a no ser que quieras que te escupan en el plato. Deja que te cuente una anécdota de George Jean Nathan, el mejor crítico teatral de Estados Unidos. George Jean Nathan era el hombre más agarrado que haya existido, más agarrado todavía que Charles Chaplin. Estuvo viviendo cuarenta años en el Hotel Royalton, que está enfrente del Algonquin. Presumía de ser un bon vivant… un amante de las mujeres. Le oí decirle a una chica una vez, mientras bailaba a mi lado en la vieja Cub Room del Stork Club hace mil años, después de que ella le riera una gracia: «Puedo ser igual de divertido en alemán y en francés»; y se largó, ¿te imaginas? En el Royalton no daba propina jamás, ni cuando le llevaban el desayuno, ni en Navidad; ¡Nunca! Tras diez años sin propinas, el camarero del servicio de habitaciones empezó a mear en su té. Toda Nueva York estaba al corriente menos él. Los camareros del Royalton corrieron a contárselo a los camareros del Algonquin, que estaban impacientes por ver cuándo se daría cuenta. Pasaban los años y en la taza cada vez había más orina y menos té. Para la gente de teatro era una satisfacción mirar a un crítico importante y saber que rebosaba de pis. Y yo oí con estas orejas cómo se quejaba a un camarero del 21: «¿Por qué —le decía—, por qué no pueden ustedes hacer el té tan bien como en el Royalton?» Me revolqué por el suelo de risa”.

De película en película, suyas o ajenas, de actor en actor y de opiniones sobre las cosas más variadas, Welles y su amigo nos hacen un auténtico regalo. Es un libro que no falla por poco que te atraiga el cine clásico y las historias que lo rodean.

Carlos López-Tapia

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