Mr. Pinkerton y el misterioso robo estratosférico

Mr. Pinkerton y el misterioso robo estratosférico

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¡Hola muchacho!

Me han dicho que te llevaste a un grupo de guiris estudiantes de Erasmus de excursión por el anatómico forense y te castigaron secuestrándote tus DVDs de “A dos metros bajo tierra”. Llevo mucho sin escribirte, pero ha sido por una razón importante, una razón, digamos, estratosférica. Te cuento. Estaba yo allá por Junio corriendo por la calle. No es que estuviese persiguiendo a un sospechoso, sino que estaba haciendo deporte ya que me estaba poniendo algo fondón. Estaba en el Parque del Retiro, y de repente vi cómo dos señores enchaquetados y con gafas de sol se pusieron detrás de mí y tan cerca que notaba su respiración golpeando con mi nuca. Como me pareció una situación harto desagradable, decidí pararme en seco, con lo cual acabaron chocando contra mí y fuimos los tres al suelo rodando como niños de guardería. Después de quitarnos el polvo, en un inglés de Misuri, me dijeron que tenían que llevarme a la embajada estadounidense.

Fueron muy amables y me dejaron ducharme en sus dependencias, y hasta me regalaron ropa de vestir de una marca americana. Allí me sentaron en una oficina donde un Obama enmarcado sonreía como si estuviese viendo el “Saturday Night Live”. Se abrió la puerta y apareció un mandamás con aspecto de estar en su último día de trabajo, en plan mañana me jubilo y mis compis me habrán llenado el cajón de arena. El mandamás, que se llamaba Montgomery, se acercó a mí y me dijo: “Mr. Pinkerton, el Gobierno estadounidense quiere contratar sus servicios. Tenemos un pequeño problema en la Estación Espacial Internacional, y queremos mandarle allí para que resuelva ese pequeño problema”.

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Muchacho, no pude parar de reírme al escuchar su petición. Le dije, entre carcajadas, que cómo iba a llegar allí si yo me montaba en la Nube y me mareaba nada más empezar…que qué problema iba a arreglar si yo no sabía ni cambiar una bombilla. Mont esperó a que se me pasara el pato, y continuó hablando: “Mr. Pinkerton, no se preocupe que gracias al programa que tiene establecido la NASA para adaptar a civiles al entrenamiento de los astronautas, en dos semanas estará usted preparado para subirse en un transbordador espacial. Y el problema que tiene que resolver no es técnico, sino más bien un misterio que tiene que resolver. Verá, se trata de un pequeño robo que se ha producido dentro. Pero ya sabe que allí arriba, cualquier mínimo problema puede generar un conflicto de tamaño estratosférico. Resulta que a nuestro astronauta Philip le ha desaparecido su amuleto de la suerte, y cree que se lo ha robado el ruso Ivanov. Y tal y como están las cosas por aquí abajo, pues no es cuestión de que salte una chispa ahí arriba”.

Muchacho, pocas cosas me faltaban a mí por vivir, y una de ellas era ser astronauta. Así que acepté la oferta y me dieron dos horas para hacer las maletas. De mi casa me llevaron al aeropuerto y de allí en avión privado a un centro que alquila la NASA en algún lugar perdido de Kazajistán. Me imaginaba que el famoso programa para civiles iba a ser difícil de superar, y efectivamente así fue. Muchacho, lo pasé peor que Clint Eastwood y sus compadres en “Space cowboys”. Después de todo lo que tuve que pasar en esas dos semanas, la atracción de feria de la Nube se convirtió en un triciclo de bebé para mí. Adelgacé diez kilos a base de vomitar todo lo vomitable. Eché la raba, llamé a Juan… como lo quieras llamar, pero todo lo que ingería lo echaba cada vez que me montaba en esos juguetitos voladores que tenían allá. Los técnicos de la NASA parecían torturadores de la Inquisición, y notaba un brote de sonrisa en sus labios cada vez que me montaba en uno de sus aparatos. El bueno de Mont apareció por allí para ver cómo me iba. Me dijo que lo estaba haciendo muy bien, y que se me estaba quedando un tipazo de tanto adelgazar.

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Pasaron las dos semanas y una mañana a primera hora me vi montado en un transportador espacial. Estaba que no me lo creía, me miré en el reflejo del cristal y me sentí como Tony Leblanc en “El astronauta”. Sentado mirando hacia arriba, con el traje espacial, sólo se me venía a la mente la peli de “Apolo 13”, y recé todo lo rezable para no escuchar eso de “Houston, tenemos un problema”. Casi prefería escuchar un “¡Nos mataaamoooos!”… Pero una vez pasado el terror inicial, aquello se tranquilizó tanto que me quedé dormido y me despertó el piloto con un “despierta, que ya hemos llegao”. Abrí los ojos y me vi una factura plantada en la cara. “Son 300.000 euros, IVA incluido”. No supe qué decir y el piloto echó una carcajada y me dijo que era la típica broma que se hace a los no profesionales. Le pregunté que si acaso esto de subir a la Estación Espacial gente no profesional se hacía a menudo, y me contestó: “¡Claaaro! Cada mes subimos a la señora de la limpieza, y según qué ocurra subimos a fontaneros, electricistas, al chaval del Telepizza…”. Y se fue echando una gran carcajada imaginándome que me estaba tomando el pelo.

Una vez instalado, el personal de la Estación me recibió con una cena de bienvenida; una cápsula de potaje, otra de hamburguesa con bacon y de postre una cápsula de tiramisú, regado todo con una cápsula de Rioja. Ellos no sabían que yo era detective y que mi misión era descubrir qué había pasado con el amuleto; les contaron que yo era un periodista que estaba escribiendo un reportaje sobre la vida en la Estación. Así que tenía que ser muy perspicaz para que no se notara que estaba investigando el caso. Tuve que abandonar mis tics detectivescos (nada de observar al sospechoso simulando leer un periódico) y formular las preguntas de forma más periodística. Lo primero que hice fue hacerme amigo de Philip. No tardó en cogerme cariño, cosa habitual allí arriba con la gente nueva que llega, y me mencionó a su osito Pleky en seguida. Me dijo que lo necesitaba para dormir por las noches, y que creía se lo había robado Ivanov, porque antes el ruso sufría de insomnio y desde que le desapareció el osit dormía como un lirón. Al día siguiente, me acerqué a Ivanov y se hizo amigo mío también. Me habló de su casa en Moscú, de su pony, de lo mucho que echa de menos el vodka y de lo bien que dormía desde que le robó a Philip el osito. Muchacho, el ruso se delató sin tener yo que hacerle ninguna pregunta infiltrada. Me dijo que se le olvidó su osito en el hotel y que si no agarraba un osito no podía dormir. Yo traté de hacerle entender que ese osito no era suyo, y que al quitárselo a Philip ahora era él el que no podía dormir, y encima pensaba que por no tener su osito-amuleto un cometa iba a estrellarse en la Estación y que iba a estar flotando en la estratosfera como Sandra Bullock en “Gravity”. Me dijo que le daba igual, que Philip se lo merecía por yanqui. Yo le dije que ahí arriba los problemas de abajo de sus respectivos países no tenían que influir en su relación. Ivanov me dijo que y un cuerno. Yo le dije que en la Estación no había nacionalidades, que imaginara que esa enorme nave era un territorio común, que al llegar es como si nacieras allí. Me dijo que bueno, vale, va, que le devolvería el osito. Pero yo le dije que era mejor simular que no se lo había robado adrede, sino que se lo había encontrado tirado y que decidió quedárselo, para así evitar futuras inquinas.

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Así que en esa estábamos, muchacho, haciendo la devolución del osito, cuando uno de los astronautas, el libanés, abrió una de las compuertas para salir a colocar bien la antena de Canal +, y el osito salió disparado hacia fuera. “¡Madre del amor hermoso!”, le escuché decir a Ivanov en ruso. La cara de los dos era un poema. Daba por hecho que ambos entrarían en depresión, y entonces se me ocurrió decirles que no se preocuparan, que yo me encargaría de recuperar al pequeño osito. Lo que hice en verdad fue pedirle a Mont que comprara un osito igual, que los vendían en los Toys “R” Us, y que, con el fin de quitarle el olor a nuevo, durmiera con él todas las noches hasta que vinieran a recogerme dentro de tres meses. Porque sí, muchacho, resulta que con el caso resuelto o sin él iban a tardar un mes en recogerme. Así que, durante tres meses, estuve de vacaciones pagadas en la Estación Espacial Internacional, jugando a las cartas a todas horas con Philip e Ivanov, y comiendo píldoras a cada rato. No es que pueda decir eso de “el año que viene repito seguro”, pero como experiencia ahí queda. Cuando me recogieron, el piloto les dio el osito, diciendo que se lo habían encontrado por el camino. Obviamente no le creyeron, pero agradecieron mis esfuerzos por complacerles. Decidieron compartir el osito, de forma que cada uno dormiría con él una noche sí y otra no.

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¿Ves, muchacho, cómo los americanos y los rusos pueden entenderse una vez que dejan de lado su orgullo imperialista?

¡Un saludo!

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