Mundo futuro: “2001: Una odisea del espacio” (1968), tótem referencial evolutivo

Mundo futuro: “2001: Una odisea del espacio” (1968), tótem referencial evolutivo

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Querido Teo:

“2001: Una odisea del espacio” es una de las películas visualmente más fascinantes, científicamente más rigurosas y, por encima de todo, una de las más influyentes de la Historia del cine de ciencia ficción. Una especie de antes y después dentro del género y de todo el séptimo arte, ¿por qué no? Para su gestación, el director Stanley Kubrick se alió con el escritor Arthur C. Clarke, que veinte años atrás, en 1948, había escrito la novela “El centinela”, sobre la que está basado bastante fidedignamente el filme. Asimismo, el cineasta británico acudió a una cincuentena de expertos en distintos campos de la ciencia, como la física, la cosmología y la tecnología aeroespacial, incluyendo asesores de la mismísima NASA, que en esos momentos estaba embarcada en una aventura de enormes proporciones; la llegada del hombre a la Luna. De ahí que “2001” sea comúnmente considerada como la película de ciencia ficción más realista, al menos hasta entonces, y por muchos años.

Lógicamente, se escaparon algunos pequeños errores, como lo exagerado del relieve lunar o las escenas en las que no se aprecia la gravedad de nuestro satélite. Para descargo de Kubrick hay que decir que, cuando se estrenó la cinta, en Abril de 1968, todavía faltaba más de un año para que el ser humano pusiera el pie sobre la Luna, y no se conocían todos los datos que ahora sí sabemos a ciencia cierta. Pero esos elegantes movimientos de las naves (acompañados de los valses de Richard y Johann Strauss hijo), la ausencia de sonido en el espacio exterior (lejos de las ruidosas explosiones de las pelis de serie B) y, en general, muchos detalles de la vida fuera de la Tierra o de la inteligencia artificial del superordenador HAL 9000 están tratados con la máxima corrección y debieron suponer un verdadero shock para los que acudieron al estreno por aquel entonces.

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Ciertamente, no es una obra fácil de seguir. No contiene la esperada acción de una cinta espacial, los diálogos son frecuentemente superfluos, abundan los planos generales (dando más relevancia así a la magnitud de los acontecimientos) y hay muchos momentos en los que directamente no se habla; desde los tres minutos en negro y música instrumental con que comienza la película, pasando por todas las escenas iniciales de los primates, y culminando con el psicodélico viaje a otra dimensión que el astronauta Dave Bowman protagoniza durante casi 10 minutos hacia el final. Y, sobre todo, rebosa de metáforas y filosofía de tanta trascendencia que puede o bien enganchar o bien desconectar al alucinado espectador. Pero la fuerza de sus imágenes y de sus ideas es tan grande que ha pervivido en el tiempo como una obra clave del género. Para facilitar un poco su comprensión, pasemos a explicar qué se nos pretende contar.

“2001” es, ante todo, una película acerca de la evolución y, asímismo, una digresión sobre el potencial de la inteligencia, sea ésta desarrollada por el hombre, por una computadora de última generación o por misteriosas presencias extraterrestres. Ese tema central de la evolución se estructura a través de los cuatro famosos monolitos que aparecen a lo largo del metraje. Así, el mensaje de fondo es que estos artefactos funcionan como una especie de transmisores procedentes de seres extraterrestres que promueven el salto evolutivo, en este caso del hombre hacia un estadio cada vez mayor de desarrollo basado en la inteligencia.

2001 una odisea del espacio 3Así, el primer monolito aparece hace cuatro millones de años, cuando lo descubren unos primates, antecesores del hombre actual. Al contactar con el objeto, esos animales salvajes, sujetos a los peligros del entorno y sin capacidad intelectual alguna, empiezan a razonar y a tener ideas que les permitirán superar las dificultades. En ese momento descubren la primera herramienta; un simple hueso, con el que podrán cazar (y, por tanto, saciar su hambre), pero también matar a los rivales con los que luchan por los limitados recursos. Aquí es donde Kubrick realiza el mayor y más atrevido flashback de la Historia del cine; el hueso es lanzado al aire y, cuando cae, aparece en pantalla una nave espacial que flota majestuosamente en el espacio. Es el año 1999 y el hombre se ha desarrollado tanto que ha salido de su propio planeta. Pero está llegando lejos y aquí es donde entra en acción el segundo monolito que, enterrado bajo la superficie lunar, tiene como misión lanzar un aviso a los alienígenas una vez es descubierto por el ser humano. Es la prueba de que la inteligencia del hombre puede estar preparada para el contacto con otra dimensión.

Año y medio después, la nave Discovery 1 viaja hacia las inmediaciones de Júpiter, de donde procede la señal de aviso del segundo monolito. En el transcurso de este trayecto se desarrolla la historia autoconclusiva del ordenador HAL 9000, una inteligencia artificial tan avanzada que, además de conocimientos, desarrolla sentimientos. El problema es que a HAL 9000 se le ha explicado la realidad última de la misión (el contacto con extraterrestres en Júpiter) y no a los astronautas. Por tanto, la máquina debe bascular entre servir y obedecer a los tripulantes, para lo que está programada, y al mismo tiempo ocultarles el propósito de su viaje. Esta contradicción se hará tan fuerte que acabará por sumir al pobre HAL 9000 en una neurosis tremenda que, a su vez, provocará su primer fallo. Esto crea desconcierto, primero, y desconfianza, después, en los astronautas, que deciden desconectarlo. Entonces, HAL luchará por su supervivencia y logrará matar a todos menos a Bowman, que conseguirá desenchufarlo (es decir, matarlo) en una escena memorable.

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Ya en Júpiter, y sin ordenador, es decir, sin posibilidad de vuelta atrás, el superviviente se enfrenta al tercer monolito flotando sobre la luna de Ío. Aquí el filme se adentra en su fase más psicodélica, metafórica y surrealista, para tratar de explicar el contacto con esa civilización extraterrestre avanzada. Algo similar a lo que, 29 años después, Robert Zemeckis visualizó en “Contact”. El tripulante Bowman acaba en lo que parece una especie de habitación de hotel claramente artificiosa, construida para él por alguien ajeno que piensa que puede reconocer y sentirse cómodo. Entonces, llega el cuarto y último monolito, que permitirá a Dowman dar el salto evolutivo final; un ser eterno simbolizado en un feto que flota en el espacio y ve la Tierra con la indiferencia de quien ya es un ser superior. Es el Hijo de las Estrellas, la cumbre de la evolución.

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Paco Mota

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