San Sebastián 2018: Rodrigo Sorogoyen saca la corrupción española de debajo de la alfombra, insatisfacción y crisis de fe desde Suiza y narcotráfico en las chabolas de Filipinas

San Sebastián 2018: Rodrigo Sorogoyen saca la corrupción española de debajo de la alfombra, insatisfacción y crisis de fe desde Suiza y narcotráfico en las chabolas de Filipinas

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Querido Teo:

La segunda jornada del Festival de San Sebastián ha venido marcada por la presentación de “El reino” de Rodrigo Sorogoyen, un director que no ha hecho más que crecer desde que se reveló con “Stockholm” (2013) y se confirmó con “Que Dios nos perdone” (2016) que también compitió en Donosti hace dos años. No sabemos cuál será su suerte en el palmarés pero nos da la impresión de haber visto la ganadora del próximo Goya a la mejor película. También hemos visto en sección oficial “Der unschuldige (The innocent)” de Simon Jaquemet y “Alpha, the right to kill” de Brillante Mendoza. Eso sí, Perlas se ha llevado gran protagonismo con “Cold war” de Pawel Pawlikowski y “Mirai” de Mamoru Hosoda de las que hablamos en las crónicas desde el Festival de Cannes.

“El reino” de Rodrigo Sorogoyen es la película que nuestra industria necesitaba a la hora de vernos las caras como país y sociedad, especialmente la de una clase política y económica que durante décadas ha hecho lo que ha querido dentro de las cloacas, pasadizos y atajos del capitalismo que sustenta el estado de bienestar mientras la ciudadanía, bañada en un modelo idealizado de opulencia, segundas residencias, coches cada vez mejores e hipotecas, simplemente ha mirado para otro lado hasta que la burbuja estalló y la crisis económica de 2008 se confirmó como una realidad que fue una posibilidad evitable pero sobre la que nadie hizo nada. En el caso de España todos estos desmanes y desfalcos se han manifestado en un sistema de partidos políticos, que sigue anclado en el bipartidismo, a pesar de la relativa fuerza de movimientos emergentes que no dejan de ser más de lo mismo, y que con cierta connivencia con los medios de comunicación hasta hace pocos años, han podido hacer y deshacer todo lo que han querido. Días de vino y rosas como los que refleja Sorogoyen en una potente escena inicial en el que varios miembros destacados de un partido político bromean entre ellos, hacen chanzas sobre otros, alardean de sus trapicheos y engullen marisco a manos llenas. Todo hasta que uno de ellos, Manuel, vicesecretario autonómico con ínfulas y muchas posibilidades de saltar a la política nacional como alto cargo en el partido, acaba siendo excluido por esas débiles e interesadas amistades que, por cobardía e instinto de supervivencia para que el partido (el reino) no se hunda, pretenden hacerle caer aunando en él toda la responsabilidad de una trama de corrupción sustentada y financiada por éste que salta a los medios y que señala a uno de sus mejores amigos en el partido, Paco, antes de que todo salte y el partido acabe desmembrado.

Lo que vemos en “El reino” lo hemos visto en periódicos, telediarios y reportajes de investigación a la hora, incluso, de revelar conversaciones telefónicas y mensajes privados entre cargos importantes conchabándose con fines particulares pero utilizando dinero público. Nada nuevo bajo el sol en una película necesaria y pertinente que va a ser uno de los títulos más comentados del año ante las evidentes referencias que tienen los personajes en conocidos nombres del panorama político y periodístico español. Y es que no hace falta especificar personas ni siglas ya que todo lo que aquí se cuenta, y ha llenado los noticiarios, ha sido mal endémico de un sistema que ha permitido (y en ocasiones facilitado) este tipo de prácticas amparándose en lo mejor para la vida profesional y familiar de los infractores. Potentísimo retrato de la corrupción de la política y la sociedad española en un ejercicio sólido, descarnado y sin cortapisas retratando de manera fiel el gran mal de lo que aquí se narra, el poder protegiendo al poder caiga quien caiga anteponiendo la poltrona a cualquier relación humana. Vuelve a ser marca de la casa un efectismo (que no deja de ser efectivo) a través de una música tan intensa como asfixiante, apoyada en la electrónica, y escenas que quitan el aliento como esas conversaciones de despacho entre los reproches velados, las sospechas de en quién se debe confiar y en quién no, y las consecuencias que puede tener cada movimiento y cada tecla que se toque. La espiral en la que se introduce el protagonista llega a ser asfixiante, pero con una intensidad perenne en un descenso a los infiernos de un tipo que es capaz de todo, cómo se demuestra a la hora de conseguir unos documentos en una de las escenas más brillantes de la cinta, más que por salvar su honor para demostrar que todos los que han estado a su lado o amparándole deben de caer con él. La cinta es cíclica abriéndose con la opulencia del chanchullo y cerrándose con un despertar a la conciencia propio de “Network, un mundo implacable” en un duelo dialéctico de altura entre una periodista televisiva de renombre que quiere encontrar “su gran historia” y el político caído en un cierre tan improbable como catártico para una ciudadanía que sólo quiere saber la verdad y que los causantes de todo esto paguen por ello. Sorogoyen, como es habitual, se apoya en un reparto brillante en el que destacan todos pero mención aparte merece un Antonio de la Torre que demuestra que es ese animal interpretativo que puede con todo acompañado de unas estupendas Bárbara Lennie y Ana Wagener (maravillosa en sus escenas y con claras referencias a una política con poder desde Triana) y dos robaescenas que son carne de Goya, uno por una presencia digna de la mejor escuela británica (Josep María Pou), y otro por siempre estar impecable y con una vis cómica envidiable a pesar de su voz cascada de eterno cabreado (Luis Zahera). Una película soberbia, valiente y arriesgada que pone puntos sobre las íes en una necesaria radiografía de nuestro país en sus años más recientes haciéndolo con una solvencia y una intensidad que hace sentirnos un micrófono oculto en toda esta maraña de poder mal entendido y ambición enfermiza.

“Der unschuldige (The innocent)” de Simon Jaquemet es una cinta suiza que se centra en una trabajadora en un laboratorio de investigación en neurociencia que tiene una vida asentada, quizás demasiado, tanto en lo profesional como en lo personal, con un marido y sus dos hijos. Una rutina que hace que su vida vuelva a avivarse cuando reaparece, tras veinte años en la cárcel, su antiguo amante. Una descolocante propuesta que quiere jugar a ser sórdido, tortuoso y polémico como el griego Yorgos Lanthimos en un batiburrillo de crisis de fe, teorías evolutivas y escenas bizarras a través de la insatisfacción personal de una mujer con monos descabezados. Un conjunto tedioso con unos mimbres que no llegan nunca a casar pretendiendo abarcar demasiado queriendo ir de sociólogo moderno pero sin brío ni interés.

También en la competición en sección oficial el nuevo trabajo de Brillante Mendoza, “Alpha, the right to kill” en la que, con el trasfondo de las enérgicas medidas del gobierno para luchar contra las drogas ilegales, narra cómo la policía, liderada por los SWAT, el cuerpo de élite, lleva a cabo una operación para arrestar a Abel, un importante distribuidor de metanfetamina, con el sargento Moisés Espino y su confidente Elijah aportando información. Una de narcotráfico en los bajos fondos con chabolas, miseria, traiciones, encubrimientos y violencia. Una hora y media tan desasosegante como plomiza a pesar de que el director haya querido hacer su “Ciudad de Dios” en Filipinas después de que su anterior cinta (“Ma´Rosa”) con la que comparte varios elementos en común tanto en temática como estilo se alzara (sorprendentemente) con el premio a la mejor actriz en el Festival de Cannes 2016. Esta tiene más empaque e interés que aquella pero la forma de narrarlo es esquiva para un espectador ya trillado a la hora de ver en pantalla el lado descarnado de una vida en la que metido en estos asuntos uno es permanentemente carne de cañón.

También día para el premio Donostia a Danny DeVito por una carrera llena de personajes variados e inolvidables a pesar de un físico que ha sido un arma distintiva para él más que para un limitación dando fuerza en su discurso a las generaciones que vienen pegando fuerte por detrás y que nunca tienen que dejar de trabajar y pelear por sus sueños. El actor ha presentado también la cinta animada “Smallfoot” en la que él participa dando voz a uno de sus personajes.

Otro homenaje para Esther García, primera mujer productora en recibir el Premio Nacional de Cinematografía que, como todos los años, se ha entregado en el marco del Festival de San Sebastián.

Nacho Gonzalo

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