San Sebastián 2020: El enganche sexual de una relación y el culto al alcohol de Thomas Vinterberg

San Sebastián 2020: El enganche sexual de una relación y el culto al alcohol de Thomas Vinterberg

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Querido Teo:

El Festival de San Sebastián continúa con su recorrido recibiendo a Johnny Depp, la estrella (aunque venida a menos) más rutilante de esta edición que llega como el productor del documental a competición “Crock of Gold: A few rounds with Shane MacGowan”. También ha estado Isabel Coixet que ha recibido el Premio Nacional de Cinematografía defendiendo el papel de las mujeres e invocando a Agnès Varda. Se ha proyectado una película más de la sección de Perlas, “ADN”, dirigida por Maïwen y con el sello de Cannes 2020, y el sometimiento a una pasión sexual y un desenfreno alcohólico han comandado la sección oficial.

“Passion simple” de Danielle Arbid es una de las cintas con el sello del Festival de Cannes que han pasado tanto por el Festival de Toronto como por la sección oficial del Festival de San Sebastián. Una cinta que exuda erotismo en referencia a su título centrándose en una mujer treintañera y con un hijo, Hélène, que trabaja como profesora universitaria mientras está trabajando en una tesis doctoral. La cinta se mueve en el desenfreno que siente hacia un joven diplomático ruso casado con el que mantiene encuentros sexuales periódicos encontrando en ellos la excitación salvaje de una vida anodina y ordenada que este hombre le pone patas arriba.

La cámara se detiene en estos cuerpos compenetrados que emanan deseo corporal con escenas y desnudos integrales explícitos en cada uno de los momentos. Una propuesta en la que vemos como el placer sexual termina encadenándose en una dependencia que les hace quedar engullidos por ello no encontrando raciocinio en sus actos o motivación en el resto de su vida, lo que lleva a una espiral enfermiza con un polvazo como único bálsamo.

Un mensaje en el que la inicialmente empoderada protagonista, que encuentra en el sexo con este chico algo libre y sin ataduras, acaba siendo minada cuando entra en juego la dependencia, la sumisión tóxica y la obsesión que, sobre todo, le afecta a ella tanto en la vida como en el trabajo lo que deja un mensaje interesante de sobre cómo una mujer feminista y libre en el amor puede sufrir que precisamente sea ello lo que le acaba convirtiendo en una esclava del mismo, casi como un drogodependiente en busca de su chute.

Danielle Arbid vuelve a lucirse mostrando muy bien este cuelgue entre dos personas a través de sus cuerpos en pantalla de una manera voyeurista y salvaje, algo habitual en su filmografía, ahora en un entorno urbano y acomodado que se pregunta, como en un momento hace la protagonista, si el resto de mujeres que ella ve por la calle todos los días esconderán también esa sed sexual que le hace tener la cabeza perdida en esos pensamientos anhelando el siguiente encuentro.

Una cinta abordada con intimismo, naturalidad y con un tono de Nouvelle Vague con halo de cuento contemporáneo. Laetitia Dosch, ya carnal y desinhibida en “Mi amor” (2015) y “Bienvenida a Montparnasse” (2007), y Sergei Polunin ponen rostro y cuerpo a una propuesta con guiños a “Hiroshima mon amour” (1959), “El último tango en París” (1972) y “El amante” (1991) que se redondea con una playlist memorable destacando estupendos temas como Only you, versionado por The Flying Pickets, If you go away, con Helen Merrill y Stan Gertz interpretando el clásico Ne me quite pas de Jacques Brel, Linda Vagel poniendo voz al I want you de Bob Dylan, el C´est merveilleux l´amour de Charles Aznavour por Gilbert Bécaud, o The stranger song de Leonard Cohen y Guarda che luna de Marino Marini.

“Druk (Another round)” es otra de las cintas que llega a San Sebastián con el sello del Festival de Cannes estando destinada a ser uno de esos títulos que marquen la temporada a nivel europeo. Thomas Vinterberg nos introduce en la historia de cuatro profesores, Martin (Mads Mikkelsen), Tommy (Thomas Bo Larsen), Peter (Lars Ranthe) y Nikolaj (Magnus Millang), que trabajan en el mismo colegio cada uno de ellos impartiendo una especialidad; Historia, Educación Física, Música y Psicología.

Todos pasan de los 40 y tienen esa crisis de la mediana edad en la que hastiados en la rutina, y pensando que ya han pasado los mejores años de su vida, se encuentran en un momento de decaimiento, algo que a raíz de una conversación les lleva a que el alcohol pase a ser un estímulo para mejorar tanto a nivel profesional como personal ya que uno de ellos les convence a todos de que hay una serie de estudios que demuestran que los grandes genios de la cultura, la política o la retórica no dudaban en regar su cuerpo con alcohol para potenciar sus habilidades teniendo en cuenta el déficit del cuerpo humano del 0,05% de alcohol en sangre. Algo con lo que pretenden emular la emoción creativa de Chaikovski o la retórica infalible de Churchill que mantenía sólo una excepción respecto al alcohol, no ingerirlo nunca antes del desayuno.

Una cinta bien rodada y con el estilo sólido y reflexivo de un Vinterberg que ha vuelto a confiar en Mads Mikkelsen dándole un papel de profesor, como aquel que terminaba acorralado por los cuchicheos prejuiciosos y las miradas de reproche en la espléndida y desoladora “La caza” (2012). Ésta es menos oscura y se permite ciertos momentos de humor negro sobre el cuarteto protagonista ante el hecho de llevar a cabo un experimento sociológico entre ellos para optimizar la tasa correcta de alcohol para mejorar sus cualidades, tanto para estimular a unos alumnos que se juegan graduarse este curso como para, incluso, mejorar sus relaciones personales como es el caso de lo que le ocurre al personaje de Mikkelsen que siente que hace mucho tiempo que ha perdido a su mujer fruto del aburrimiento y que está fantástico en su transición de hombre apocado a carismático vividor.

Un halo de tristeza inunda a una cinta que en parte tiene ese culto al hedonismo de los placeres de la comida y la bebida de “La gran comilona” (1973) y el enfrentamiento con la sociedad desde el estilo de vida nórdico de “Los idiotas” (1998). Una película solida pero que da la impresión de que no deja el poso ni logra la rotundidad de otros trabajos del director. Al final lo que cuenta es la anécdota de unos amigos que exploran sus límites saliendo de la monotonía en una cultura del éxito en la que lo que prima es alcanzarlo aunque los métodos no sean los más recomendables.

Una sociedad que enaltece al alcohol como elemento de desinhibición y que banaliza su consumo asociándolo a pasarlo bien desconectando de todo y aspirando a ser más chispeante y divertido para los demás. Una circunstancia que demuestra un fracaso como ciudadanos a la hora de no desprendernos de la sombra y adicción del mismo en cualquier fiesta o evento social, entre botellones y barras libres, cuestionándose incluso al que no se deja llevar por los devaneos del mismo. Y es que la película parece empaparse de ello y su estructura para reflejar en sí misma una borrachera con su momento de atracción inicial, éxtasis y efervescencia, bajón y duelo en forma de resacón y vomitera final liberadora.

“Druk (Another round)” cautiva con sencillez y estilo en una cinta que habla de la amistad masculina cuando la juventud ya ha pasado y ese momento de la vida en el que uno echa la vista atrás y se ve en el espejo como una desdibujada proyección de lo que uno pretendía ser. Una crisis vital bañada del recurso etílico con el fin no sólo de olvidar los problemas, sino de volver a recuperar sensaciones perdidas y pretender alcanzar un grado de brillantez tan efímero como ficticio. Una burbuja para congelar el paso del tiempo en un momento en el que uno se da cuenta que ha dejado de ser joven y que se aproxima un futuro de perdida de facultades en mayor o menos medida, algo sobre lo que parecen rebelarse los protagonistas en una prodigiosa última secuencia coreografiando el What a life de Scarlet Pleasure con el que a través del baile, tan desaforado como libre, intentan agarrarse a esa sensación de poder, ensoñación e invencibilidad.

Respecto a "Crock of Gold: A few rounds with Shane MacGowan" de Julien Temple se lleva a cabo un viaje por los orígenes del punk en un homenaje a un espíritu libre como Shane MacGowan, líder de The Pogues, un personaje lleno de excesos que, no obstante, supuso todo un hito para la cultura irlandesa bañando el estilo tradicional celta en su música.

Una mirada salvaje y vibrante que contrasta con la realidad social de los 80 tirando de entrevistas y un rico material de archivo que hace que no sorprende que alguien también tan singular como Johnny Depp se haya interesado por él, al que considera amigo desde hace 35 años, un alma entre borrachos, drogas y artistas malditos, pero lleno de vicios y una figura desdentada fruto de una personalidad destructiva que encaró su carrera musical tras salir de un psiquiátrico y que no dudó en ser simpatizante del IRA a pesar de trasladarse a Londres durante los años más intensos del conflicto.

Un nuevo paso para Temple en sus trabajos musicales tras comenzar su carrera rodando cortometrajes sobre Sex Pistols y posteriormente dirigiendo videoclips para músicos como David Bowie, Joe Jackson, Neil Young, Blur, Depeche Mode o The Rolling Stones, entre muchos otros. También ha firmado documentales alrededor de Marvin Gaye, Wilco Johnson, Sex Pistols, The Rolling Stones o The Clash. 

Nacho Gonzalo

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