Sociedades director y compositor: Kenneth Branagh y Patrick Doyle, del fervor shakesperiano al rescate de Hollywood

Sociedades director y compositor: Kenneth Branagh y Patrick Doyle, del fervor shakesperiano al rescate de Hollywood

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Querido Teo:

La totalidad de la carrera del Kenneth Branagh director no podría entenderse, o al menos no hubiera alcanzado tales cotas de reconocimiento y aceptación entre los cinéfilos, sin la figura de Patrick Doyle. Parejas estables de director y compositor se han dado y se dan con bastante frecuencia, pero es bastante extraño que esas uniones permanezcan sólidas y sin fallar ni una sola película. Es precisamente el caso del actor y director norirlandés y el compositor escocés, quienes llevan la friolera de 25 años colaborando ininterrumpidamente película tras película. Únicamente una vez Branagh no pudo contar con los servicios de Doyle, pero por motivos obvios: “La flauta mágica” en 2006, adaptación de la ópera de Mozart que llevaba, como es lógico, su propia música. Hoy en día, con Branagh cómodamente instalado en el mainstream de Hollywood tras sucesivas colaboraciones con Marvel y Disney, la alianza es tan sólida como siempre, aunque los cinéfilos con más edad añoramos los tiempos en que Shakespeare sacó lo mejor de ambos y les otorgó fama y reconocimiento. Y precisamente fue el que dio pie a que ambas carreras comenzaran al mismo tiempo allá por 1989.

Es posible que uno de los motivos por los que conectaron tan bien director y compositor fuera que precisamente Patrick Doyle también fue actor teatral, graduándose en 1974 en la Royal Scottish Academy of Music and Drama, alternando trabajos actorales con sus estudios de música. En 1987 se unió a la Renaissance Theatre Company, una pequeña compañía autofinanciada especializada sobre todo en obras de William Shakespeare. Uno de sus dos fundadores era Kenneth Branagh, quien con solo 28 años ya estaba rumiando por aquel entonces dar el salto de las tablas a la gran pantalla, no solo actoralmente, sino aplicando todo lo aprendido en el teatro en cuanto a dirección y escenografía en un auténtico salto mortal: “Enrique V”. Doyle ya había compuesto la música de diversas obras representadas por la Renaissance, y Branagh le encargó la partitura de su ópera prima.

Contra todo pronóstico, “Enrique V” fue un tremendo éxito a ambos lados del Atlántico, toda una sorpresa tratándose de una adaptación teatral, de la primera película de un desconocido e incluso de su primer papel relevante, tras varios secundarios en películas pequeñas. Branagh sorprendió a todo el mundo con una adaptación majestuosa, poderosa y emocionante, alejada por completo de apolillamiento, decorados de cartón y actores declamando a gritos. 3 nominaciones en los Oscars de aquel año, nada menos que al mejor director y al mejor actor, y ganando el de mejor vestuario, fueron la lanzadera definitiva al estrellato de Kenneth Branagh… y de Patrick Doyle. Absolutamente nadie que haya visto la película puede quitarse de la cabeza y de la memoria la fastuosa y mayestática partitura con que el escocés remarcó las secuencias de discursos, traiciones y batallas de la película. Navegando entre furiosas melodías presididas por instrumentos de metal y viento, y bellísimos temas que describen las consecuencias de la guerra y las traiciones, Doyle fue quien dio vida y sentido a las imágenes de Branagh. Y como cima de esta obra monumental, una canción, unos coros in crescendo, una melodía y un momento: Non nobis Domine, tras la sangrienta batalla de Agincourt. Como curiosidad, el soldado que empieza a cantar la melodía es el mismo Patrick Doyle…

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Ascenso y caída

Tras el fulgurante éxito de “Enrique V”, Branagh y Doyle vivieron la mejor etapa de su carrera. A lo largo de la década de los 90, el director siguió cosechando éxitos como el relato de intriga “Morir todavía” (1991), la deliciosa “Mucho ruido y pocas nueces” (1993), el relativo fracaso crítico de “Frankenstein de Mary Shelley” (1994), etc…, hasta llegar a la otra cima de su carrera en 1996: “Hamlet”. Doyle, aunque también realizó en esta época composiciones para directores como Régis Wargnier (“Indochina”, 1992) o Brian de Palma (“Atrapado por su pasado”, 1993), siguió siendo su compositor de cabecera, creando temas tan memorables como la partitura de “Mucho ruido y pocas nueces” (con una fanfarria inicial llena de fuerza, vitalidad y alegría que ya es uno de sus mejores temas de siempre) o el tema de la creación de la Criatura en “Frankenstein”. Sin embargo, también fue en “Hamlet” donde Doyle volvió a dar lo mejor de sí mismo con una partitura impresionista, creando pinceladas musicales para cada personaje y situación, y elaborando el perfecto marco para la monumental adaptación shakesperiana, ayudado por el tema In pace, cantado por Plácido Domingo.

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De nuevo, Branagh y Doyle fueron reconocidos por la crítica como el perfecto equipo para adaptar teatro y declamaciones de la mejor manera posible al ritmo y las posibilidades cinematográficas. Doyle también certificaba un momento de forma espectacular, más allá de su sociedad con Branagh. Composiciones como las de “Sentido y sensibilidad” (1995), nominación al Oscar incluida, o “Grandes esperanzas” (1997), su segunda colaboración con Alfonso Cuarón, marcan los puntos más altos de la trayectoria del escocés. En 1998 le fue diagnosticada leucemia mieloide aguda, de la que pudo recuperarse sin problemas a pesar de la gravedad de la enfermedad. Como si de un signo funesto se tratara, esto y el final de la década marcaron el comienzo de una etapa irregular en la carrera de ambos. Tras la deliciosa y jazzística “Trabajos de amor perdidos” (2000), Branagh dio su primer traspiés serio con “Como gustéis”(2006), otra adaptación shakesperiana que no convenció a la crítica y que ni siquiera se estrenó en España. Ese mismo año se atrevió a adaptar nada menos una ópera, concretamente “La flauta mágica” de Mozart, una propuesta casi experimental con actores desconocidos cantantes de ópera que pasó sin pena ni gloria por las carteleras y la que casi nadie hizo el menor caso. Doyle tampoco consiguió cotas de brillantez reseñables, si bien colaboró con cineastas de la talla de Robert Altman (“Gosford Park”) o en propuestas taquilleras como “El diario de Bridget Jones”. Incluso probó suerte en la saga de Harry Potter con la partitura de “El cáliz de fuego”, teniendo que lidiar con el recuerdo de las tres anteriores partituras compuestas por John Williams. Un trabajo en general aplaudido por los fans.

Branagh, mientras, decidió apartarse definivamente de Shakespeare, aunque no de las adaptaciones teatrales. En 2007, en una decisión muy arriesgada, dirigió nada menos que una nueva adaptación de “La huella”, la obra teatral de Anthony Shaffer que ya llevara al cine Joseph L. Mankiewicz en 1972 con Michael Caine y Laurence Olivier en una película imprescindible para cualquier cinéfilo. El peso de aquella obra maestra pudo con Branagh, que a pesar de contar con Harold Pinter en la adaptación del guión, pinchó en hueso y decepcionó a crítica y público con una película extraña, innecesaria y por momentos ridícula. Y Doyle se contagió de la extrañeza de todo aquello y firmó una de las peores partituras de toda su carrera en la que no hay absolutamente nada que pueda rescatarse de ella.

Hollywood al rescate

Tras aquel fracaso, Branagh regresó a su querido teatro, mientras Doyle proseguía su carrera con un tono gris general con alguna que otra digna excepción en el género fantástico y aventurero, como las partituras de “Eragon” o “La isla de Nim”. Pero las carreras de ambos darían un giro cuando Marvel, que apenas había comenzado su Fase 1 en la que planeaba rodar una serie de películas presentando a personajes icónicos de la casa como el Capitán América o Thor, le ofreció el puesto de director a Branagh para que llevara a buen puerto la primera película sobre el dios nórdico. A falta de más proyectos, e interesándose por la mitología del personaje y ciertos toques shakesperianos en la relación entre Thor, su hermano Loki y el padre de ambos, Odín; Branagh aceptó. Con Doyle creando la primera partitura para este personaje, por supuesto. El resultado fue una aceptable película-presentación donde a Branagh no se le vio incómodo en las escenas de acción y efectos especiales y le dio un cierto empaque a las relaciones entre los personajes, sobre todo los asgardianos. Y Doyle hizo lo que pudo para adaptar su estilo sinfónico de siempre al encorsetado estilo de la industrial música de cine de hoy en día.

Aun a años luz de los tiempos de “Enrique V” o “Hamlet”, Doyle compuso un buen y retentivo tema principal para el héroe, así como diversas melodías poderosas para retratar Asgard y la fantasía de aquel universo. Lástima que en las secuencias de batallas y acción lo electrónico y lo rutinario primara sobre todo lo demás. Pero sin duda, el compositor escocés recuperó aquí algo de crédito tras demasiados años de trabajos anodinos.

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Ese mismo año, Doyle también compuso la música para “El origen del planeta de los simios”, una composición demasiado atada a los convencionalismos del género, a pesar de contar con un buen tema principal, y cuyas sonoridades electrónicas no convencieron a nadie. En otras palabras, esta obra venía firmada por Patrick Doyle, pero podría pasar perfectamente como la obra de cualquier otro compositor del montón. Mejores resultados obtuvo en su colaboración para Pixar. “Brave (Indomable)” marcaría una vuelta al sinfonismo con un score lírico, aventurero y de claras influencias celtas de las que supo sacar un buen partido.

Ya definitivamente instalado en Hollywood y su universo de adaptaciones, reboots y remakes, Branagh aceptó el siguiente trabajo que le ofrecieron; el relanzamiento de las aventuras de Jack Ryan, el analista de la CIA creado por la pluma de Tom Clancy. “Jack Ryan: Operación sombra” volvería a demostrar una vez más que Branagh sabe manejarse bien con las escenas de acción y suspense, pero un argumento más bien normalito y no demasiado interesante, unos personajes fríos y un villano poco carismático (interpretado por él mismo) dejaron insatisfechos a crítica y público, y Doyle no escapó de la indiferencia general, una vez más, al firmar de nuevo una música industrial, corriente, con puntuales destellos sinfónicos, pero que resulta tan insustancial como la propia película.

Pero esta larga historia de colaboraciones fecundas (y no tan fecundas) tiene su final feliz, a día de hoy. Con motivo del reciente estreno de “Cenicienta”, que ha devuelto a Branagh al éxito taquillero, los fans del Patrick Doyle de siempre, el auténtico y sinfónico, estamos de enhorabuena. Hacía prácticamente décadas que el compositor escocés no firmaba una banda sonora que recordara tanto a sus mejores obras. Una composición plena de emoción y magia, con momentos orquestales y coros que nos trasladan casi de inmediato al mundo de los cuentos de hadas, con un sentido de la maravilla a la hora de retratar musicalmente a los villanos y a la heroína sencillamente radiante. Un Doyle de la vieja escuela, el de las adaptaciones shakesperianas, el desatado de las melodías furiosas y rítmicas. Sin duda, y para los amantes de la música de cine, una de las noticias del año.

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25 años después, y como hemos podido ver, la unión y la sociedad entre estos dos amigos y hombres de cine y música está tan fuerte como siempre, y sólo podemos esperar que esta “Cenicienta” que tan buenas noticias está trayendo a uno y a otro marque una buena racha en la que ambos reverdezcan laureles definitivamente. Tal vez esa posible y esperada adaptación de “Macbeth” por parte de Martin Scorsese pueda ayudar en ello.

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Isaac Duro

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Comentarios

Ravenwood - 02.05.2015 a las 19:39

Me ha parecido un artículo muy interesante, por que no solemos enterarnos de lo que pasa detrás de las cámaras. Me apunto la película de cenicienta 😉

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